Accede sin límites desde 55 €/año

Suscríbete  o  Inicia sesión

El imperio impasible

Comparte
Pertenece a la revista
Junio 2021 / 92

Ilustración
Darío Adanti

La auténtica diplomacia, la que no tiene como escenario reuniones bilaterales y coctelitos en la residencia del embajador, puede arruinar el estómago más sólido. Fíjense en el escándalo que provocó el dictador de Bielorrusia, Aleksandr Lukashenko, por desviar un vuelo comercial para detener a un periodista crítico con el régimen. Un horror. Rusia, aliada de Bielorrusia, recordó enseguida que algo parecido hicieron Francia e Italia en 2013 con el avión que transportaba al presidente de Bolivia, Evo Morales: lo forzaron a aterrizar en Viena porque sospechaban que en el avión viajaba Edward Snowden, un funcionario de Estados Unidos que había filtrado documentos secretos.

Está todo inventado. Rusia asesina a disidentes en el extranjero y es una infamia. Lo mismo que el asesinato del político chileno Orlando Letelier en Washington, en 1976: Augusto Pinochet ordenó su ejecución y la CIA cumplió con gusto. A todos nos parece fatal lo que hizo Arabia Saudí con el periodista Yamal Kashogyi, torturado y descuartizado en Estambul. Como nos pareció fatal que Estados Unidos secuestrara, torturara y ejecutara a sus enemigos islamistas tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 (y también antes: quien empezó a usar las llamadas extraordinary renditions fue Bill Clinton). Casi todos los aliados de Washington, empezando por la Unión Europea, cooperaron en esa práctica infame.

China se entiende con cualquiera con tal de conseguir rutas comerciales y comida

Cuando acabe la batalla contra la covid, su presencia se notará ya por todas partes

Dado que ya sabemos cómo funcionan las cosas, no debería extrañarnos que China, el nuevo imperio impasible, vaya extendiéndose por el planeta. Los imperios de la guerra fría, Estados Unidos y Unión Soviética, tenían objetivos políticos y los imponían a sangre y fuego. A China le dan igual esas cosas. Se ha convertido en un monstruo capitalista dirigido por el Partido Comunista y, por tanto, a los estrategas de Pekín les resbalan las sutilezas ideológicas. Se entienden con cualquiera con tal de conseguir sus principales objetivos: rutas comerciales y comida.

Maná para los pobres

La expansión de China está resultando de momento casi indolora (si no preguntamos en Hong Kong ni Taiwán ni a los uigures musulmanes) en comparación con los destrozos perpetrados por anteriores imperios. En Latinoamérica y África, los dos continentes más frágiles, la presencia china crece discretamente. Se lleva proteínas y minerales y paga con obras públicas, ayudas financieras y, ahora, vacunas. En Europa no se tiene muy presente, pero esas vacunas rusas y sobre todo chinas que los países ricos rechazan son, en los países pobres, un maná. Y se agradecen. China se ha convertido en el último recurso de quienes carecen de recursos.

Es posible que un laboratorio chino sea responsable de la pandemia. Quizá algún día lo sepamos. Pero cuando se disipe la polvareda de la batalla contra la covid, lo más asombroso no serán los beneficios de las farmacéuticas. Lo más asombroso será que China estará ya por todas partes.