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El miedo

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Noviembre 2018 / 63

El negocio del miedo siempre ha sido rentable en política. La vía más segura para alcanzar el poder, y mantenerlo, está pavimentada con enemigos inventados o exagerados. El ejemplo más académico es el uso que los nazis hicieron de los judíos como amenaza existencial, pero la lista sería interminable. Raras veces un partido político, o cualquier otro instrumento de poder, desdeña la ocasión de atemorizar a la ciudadanía. 

Se han dado casos muy honrosos. El 20 de abril de 1968, el diputado conservador británico Enoch Powell pronunció ante la convención de su partido un discurso flamígero contra la inmigración negra procedente de países de la Commonwealth. El discurso auguraba el colapso del Reino Unido y el dominio de los negros sobre los blancos. Obtuvo una acogida entusiasta por parte de la prensa y los electores de derechas. Pero la dirección tory, encabezada por Edward Heath y ya con Margaret Thatcher, expulsó a Powell de sus cargos. Eran otros tiempos.

Hasta 1989, el gran miedo fue la Guerra Fría. La amenaza del comunismo al capitalismo (y viceversa) y el riesgo de un cataclismo nuclear justificaron guerras, dictaduras y represión. Caída la URSS, hubo que recurrir al viejo arsenal de sustos. Y funcionó. Primero fue el terrorismo, un espantajo que ya fue muy eficaz en Estados Unidos en el tránsito del siglo XIX al XX: los inmigrantes italianos y judíos eran anarquistas violentos que llegaban con el propósito de subvertir el sistema. La conexión entre inmigración, ahora musulmana, y terrorismo ha vuelto a dar juego. Cuando no hay forma de achacar ninguna intención terrorista al inmigrante, se le atribuye otro tipo de peligrosidad (son violadores, asesinos y ladrones), o se les culpa simplemente por su presencia: vienen para quitarnos los puestos de trabajo, o para alterar algo tan inmarcesible como “la identidad nacional”, supuestamente inmutable desde el origen del mundo.

El peligro ahora son los fontaneros polacos (que llevaron al Brexit), los jornaleros hispanos (que justifican a Trump), las pateras africanas (que han aupado al poder en Italia a un tipo como Salvini), o los simplemente distintos (eso hace furor en Hungría). El miedo al terrorismo hizo que los ciudadanos renunciaran a muchos derechos básicos, en beneficio del poder. El miedo al forastero parece capaz de hacernos renunciar a los principios elementales del sistema liberal en beneficio de autócratas tan ridículos como dañinos. El flujo continuo de noticias negativas (las noticias casi siempre lo son) multiplica la sensación de amenaza.

En el siglo XX, el gran peligro fueron las guerras planetarias. Ocurrieron, porque estábamos preocupados por otras cosas. En este siglo, la amenaza existencial es el cambio climático. Si la historia sirve como lección, vamos al desastre, rodeados de furor, banderas y estupideces.