Enloquecidos

  • Por (Periodista)
    Marzo 2018

    Los sistemas económicos enloquecen antes de morir. Ocurre siempre.

    El orden socialdemócrata, o keynesiano, se construyó después de la Segunda Guerra Mundial con una idea básica: el bienestar de unas poblaciones que habían sufrido muchísimo con la Gran Depresión y la matanza bélica. Era una idea razonable. Aquel sistema, basado en el crecimiento ligado a la reconstrucción, el gasto público, la Seguridad Social y el pleno empleo, tenía un efecto secundario aparentemente inofensivo: una inflación crónica.

    El sistema funcionó bien. Hasta que, a mediados de los 60, la economía británica dejó de crecer. Se daba por supuesto que recesión e inflación eran incompatibles (¿cómo van a subir los precios si no hay demanda?), pero resultó que podían ir de la mano. El fortísimo encarecimiento del petróleo trasladó el problema británico al resto de las potencias occidentales. El fenómeno llamado estanflación, por la mezcla de estancamiento e inflación, convirtió el sistema en un monstruo. Si los políticos intentaban relanzar el crecimiento, sólo conseguían disparar aún más la inflación; si intentaban frenar la inflación, sólo conseguían reducir el crecimiento.

    Cuando murió, a principios de los años ochenta del siglo XX, el sistema socialdemócrata era pura disfunción: en Estados Unidos, la gran superpotencia, la inflación rondaba el 15% anual, los tipos de interés superaban el 30%, el tramo más alto del impuesto sobre la renta rozaba el 80% de los ingresos y el desempleo estaba en el 10%.

    Y así nació el orden neoliberal, cuya idea central era la estabilidad de los precios. No hace falta enumerar las características del sistema, porque llevamos décadas experimentándolas. Señalemos que el dinero barato, la reducción de los impuestos directos (que beneficia a los ricos), la apertura de los mercados y la estúpida creencia en que la economía puede cuidar de sí misma han conducido al hiperendeudamiento y al empobrecimiento de las clases medias y bajas.

    Tampoco hace falta referirse a los síntomas de locura del sistema: convivimos con ellos desde 2007.

    Estados Unidos, con poco desempleo y la deuda federal en las nubes, acaba de aprobar un presupuesto que combina lo más arriesgado del keynesianismo (un fuerte aumento del gasto público) y lo más brutal del neoliberalismo (una tremenda reducción de impuestos a las rentas altas). Más deuda y menos ingresos. Pura lucidez. ¿Qué puede salir mal? 

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