La empanadilla

  • Por (Periodista)
    Mayo 2018

    Lo urgente, es bien sabido, va antes que lo importante. Cuando a uno se le queman las empanadillas está por las empanadillas, no por los imperativos kantianos o por el cambio climático, aunque mientras bracee en la humareda sea perfectamente consciente de que la ética y el planeta tienen muchísima más relevancia que la fritanga en la sartén.

    Pero no es saludable pasarse la vida pendiente de la empanadilla. Algún día hay que ocuparse de lo importante.

    España tiene un montón de empanadillas en el fuego. Habría que preguntarse por qué siempre acaban quemándose. El bochornoso asunto del máster de la señora Cifuentes nos ha entretenido una buena temporada; más allá de la jeta de hormigón y de los probables delitos cometidos, aparece el cenagal del nepotismo universitario (y no universitario). La desigualdad de rentas y patrimonio entre ricos y pobres aumenta de día en día y alcanza ya magnitudes cósmicas, y por razones misteriosas acabamos concluyendo que son desgracias de la nueva economía: no, la mayor parte de la riqueza, en España, sigue procediendo de la herencia, y el día que Amancio Ortega fallezca (aprovechamos para desearle al señor Ortega mucha salud) y lo suyo pase a su hija, la desproporción será de escándalo.

    El bochornoso master de Cifuentes nos ha tenido entretenidos

    La república es la causa política que podría vertebrar a la izquierda

    Nepotismo y herencia, decíamos. Podríamos seguir con una larga lista que incluiría desde la corrupción y el poder oligárquico hasta la incapacidad de reformar las instituciones y los ministros que cantan "Soy el novio de la muerte". Pero lo dejamos aquí porque es obvio que, atentos a las empanadillas, se nos pasa lo esencial. La monarquía. A la izquierda de este país, si es que alguien responde aún por ella, no se le podrá perdonar nunca la desidia con que se ha acomodado en un sistema monárquico. Que nadie diga, por favor, eso de "pues tendríamos a Aznar de presidente", porque no se ve dónde estaría el problema: cumpliría su mandato y vendría otro igualmente malo, igualmente elegido en las urnas e igualmente sustituible.

    La república es la causa política que podría vertebrar a la izquierda. Por desgracia, sus dirigentes prefieren quemar empanadillas. 

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