La fe

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  • Por (Periodista)
    Febrero 2018

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    Estoy mirando un billete de 10 euros. Lo que veo es el dibujo de un puente de tres arcos, el dibujo de un pórtico, delicadas filigranas y transparencias, varios dieces muy visibles, la palabra euro y las siglas BCE en tres alfabetos, un número de serie, un año de emisión (2014), una banderita europea y la firma de un tal M. Draghi. Comparo el billete europeo con otro de 10 dólares estadounidenses. En éste, además de cifras y filigranas, se ve un sello de la Reserva Federal, la frase “Este billete es moneda de curso legal para todas las deudas, públicas y privadas”, la firma del tesorero nacional y, en el reverso, una imagen de la sede del Tesoro que parece decir: en caso de reclamación, diríjanse aquí.

    El euro, evidentemente, es una moneda más moderna que el dólar. Casi posmoderna. En sus billetes, más allá de los dibujos de unos monumentos que no existen, nadie se compromete a nada: firma un tal “M. Draghi” como podría firmar “M. Rajoy”, ese personaje tan misterioso de las cuentas de Bárcenas al que nunca nadie podrá localizar, y está lo del BCE, y listos. Ahí tenemos, casi al desnudo, en qué consiste el papel moneda: se trata de un ejercicio de fe. Si yo creo que este papel en cuestión vale 10 euros y mi vecino lo cree también, y el del bar, y el de la ONCE, que lo cree incluso sin ver el billete, esto son 10 euros. ¿Y qué son 10 euros? Pues depende de la fe compartida. 10 pesos argentinos eran como 10 dólares americanos en 1999 y como 10 castañas (en el caso de que las castañas no valieran nada) en 2002.

    Si yo, mi vecino y otros creemos que este papel vale 10 euros, lo vale

    Nuestra robusta fe en las monedas sostiene el sistema económico

    Las monedas que mejor reflejan la posmodernidad son las virtuales: el bitcoin y demás. Sólo un código. ¿Valen algo? Volvemos a la fe. Valen lo que queramos creer que valen. Son susceptibles de especulación, como cualquier moneda; pueden convertirse en nada, como cualquier moneda; y, por supuesto, juegan con una ficción que el humano tiene engranada en la mente: en alguna parte hay un probo funcionario, tras una ventanilla, dispuesto a respaldar esta moneda que tenemos en las manos con unos gramitos de oro o cualquier otro bien físico.

    Nuestra fe robusta en las monedas sostiene el sistema económico mundial. No hay ninguna otra base. A veces estas cosas dan miedo. 

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