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Lo peor

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Enero 2014 / 10

John Maynard Keynes afirmó que la deflación —es decir, el descenso continuado de los precios y los salarios— era “lo peor”. Como auténtico indocumentado irreverente, voy a cometer lo que en términos religiosos vendría a suponer una blasfemia. No, John, no. Con todo lo mala que puede ser la deflación, hay algo aún más destructivo. Como siempre lo hemos tenido alrededor, nos hemos acostumbrado a no hacerle mucho caso. Ni siquiera parece un factor económico, sino algo natural e inevitable. Pero cuando se agudiza y se agrava de forma constante, lo corroe todo. Hablo de la desigualdad.

Son frecuentes las noticias sobre lo riquísimos que se hacen los ricos. Sabemos que el 1% de la población mundial posee casi la mitad del planeta; el 46%, de acuerdo con los cálculos más recientes. Los aviones privados son cada vez más grandes y abundantes; los yates de lujo se acercan al tamaño de los transatlánticos; existe un segmento de la industria dedicado a producir artículos más o menos inútiles pero carísimos, destinados a satisfacer las necesidades de exclusividad de los megamillonarios. Podríamos pensar que eso únicamente nos afecta de modo relativo, o que, mientras nosotros podamos tener un empleo, solo supone una indecencia. No es cierto. Se trata de uno de los síntomas más visibles de un cáncer gravísimo. Esto empezó en los años setenta, cuando Estados Unidos sufría la llamada estanflación (una mezcla de inflación y estancamiento económico) y en Europa, con una estanflación similar sumada a un desempleo muy alto, se acuñó el término europesimismo. ¿Qué hacía falta para salir del atasco? Las dos mayores potencias financieras de la época, Estados Unidos y Reino Unido, confiaron en teóricos como Hayek y Friedman y eligieron como dirigentes a Margaret Thatcher (1979) y Ronald Reagan (1980), partidarios de impulsar la oferta. Tras décadas de dominio de la demanda keynesiana (mejores salarios suponían más consumo y más producción), que tendía a favorecer a los trabajadores, se apostó por aumentar los beneficios de las empresas y los magnates.

En el fondo de cualquier teoría de la oferta está la idea de la filtración: cuanto más ganan los ricos, más crece la economía y algo acaba derramándose sobre los demás.

El auge de esta teoría se combinó con la liberalización de los mercados financieros y del comercio internacional, la famosa globalización. Y con el fin de la equidad fiscal. Dado que los ricos podían mover su dinero por el mundo, refugiarse en paraísos fiscales y, en ciertas regiones, financiar golpes de Estado cuando un gobierno contrariaba sus intereses, se dio por hecho que el peso de los impuestos debía recaer sobre los asalariados. Que, además, debían ser desposeídos de la estabilidad consustancial a la clase media: la explosión demográfica mundial y el auge de las migraciones crearon el precariado, no muy distinto del antiguo proletariado, pero aún más inseguro y desmoralizante, y lo bastante disperso, heterogéneo y acojonado como para hacer casi imposibles sindicatos, huelgas y otros inconvenientes para el patrón.

Esto no es historia. Es lo que ha vuelto a pasar en España durante la crisis. El Gobierno del PP consideró que para recuperar el crecimiento había que aumentar los beneficios empresariales. Lo consiguió (no lo del crecimiento, sino lo de los beneficios empresariales) con devaluación interna, es decir, reducción de salarios y trasvase de rentas desde abajo hacia arriba, con la reforma laboral (despido casi libre, supresión de derechos y libertades) y aplicando una política fiscal aberrante, aunque relativamente común entre los países desarrollados. Eso que denominamos austeridad y no lo es para todos.

La globalización diluye las estructuras de los antiguos Estados nacionales. Combinemos eso con el crecimiento de las diferencias económicas entre los que más ganan y los que menos. ¿Alguien espera que eso conduzca a una mayor cohesión social? No, conduce a lo contrario.

Los intereses de los de arriba (engarzados con esas instituciones que consideramos too big to fail, como la banca, y a las que los de abajo tenemos que sufragar los desmanes) no hacen más que alejarse de los intereses de la mayoría. Sin embargo, como los de arriba son los dueños de medio planeta, se hace lo que quieren. La precarización del trabajo, la imposibilidad de prever ingresos y gastos, la inseguridad vital, y algunos fenómenos singularmente repulsivos (la esperanza de vida decrece entre quienes menos tienen) son el resultado de las políticas de filtración.

Con todo lo mala que pueda ser la deflación, hay algo peor: la desigualdad

La acumulación de más y más capital en menos y menos manos no lleva inversión, sino derroche

Resulta que, como era de prever, las migajas que caen desde la mesa de los ricos apenas sirven de nada. Y la acumulación de más y más capital en menos y menos manos no lleva a la inversión estable, sino a la especulación y al derroche.

Cuando el jefe gana mil veces más que el empleado, cuando el Gobierno de turno privilegia al jefe porque es creador de riqueza, cuando el lenguaje oficial asegura que no hay alternativas, no puede existir interés común ni proyecto común. Y la sociedad peligra.