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Lo que no existía

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Octubre 2020 / 84

Ilustración
Darío Adanti

El 7 de noviembre de 2000 estuve en Austin, Texas. Llovía y hacía frío. Mediada la tarde, una multitud mojada empezó a apiñarse frente al Capitolio estatal. Eran republicanos que confiaban en la victoria de su candidato, George W. Bush, un hombre que propugnaba una cosa llamada “conservadurismo compasivo”. Ya saben lo que ocurrió. Pasada la medianoche, no se sabía si había ganado Bush o si había ganado su rival, Al Gore. En una circunscripción decisiva, Florida, el escrutinio daba cifras tan parejas que resultaba imposible determinar un ganador. La gente se fue a sus casas.

El recuento de Florida duró más de un mes. Imagínenlo. No se hablaba de otra cosa. El futuro de la primera potencia mundial dependía de que uno de los agujeritos que determinaban el voto en una papeleta fuera o no lo bastante profundo, o de que a otra de aquellas papeletas mariposa le faltara o no un trocito de papel en el ángulo: decenas de abogados tenían que discutir si ese voto valía o no. Finalmente, el comité electoral y el Tribunal Supremo decidieron que el vencedor en Florida era Bush, con una ventaja de 537 votos. En porcentaje, la ventaja equivalía al 0,009%. Al Gore, que en el conjunto de Estados Unidos había obtenido 543.895 votos más que Bush, pero dos delegados menos, admitió su derrota.

Luego con Bush pasó lo que pasó. Pero ese no es hoy el asunto. Imaginemos que algo parecido a lo de 2000 sucediera en noviembre próximo. ¿Podemos hacernos una idea sobre la bronca que se desataría? Creo que no.

Las redes sociales y la hiperconectividad producen graves efectos secundarios

Algo esencial ha cambiado en estos 20 años. Me dirán que el actual presidente es Donald Trump, un hombre que se maneja como nadie en el conflicto y la mentira, y que esa es la gran diferencia respecto a 2000. Pero eso no explica cómo llegó Trump a la Casa Blanca. Tampoco explica que en muchos otros países se cuestione continuamente la legitimidad de gobiernos respaldados por los votos y se desconfíe de las instituciones. La calamitosa actuación de numerosos gobernantes ante la pandemia (lo de España causa escalofríos, tanto en la Administración central como en las principales Administraciones autonómicas) constituye solo una explicación parcial a la enorme desconfianza pública.

Lo que permitió que Estados Unidos sobreviviera sin tumultos ni rencores eternos a aquella elección traumática fue la inexistencia de algo: no se conocía siquiera la expresión “redes sociales”.
Facebook se creó en 2004. YouTube, en 2005. Twitter, en 2006. Las otras, más tarde. Hace 20 años, que son 20 pero tampoco tantos, vivíamos en otro mundo. Vivíamos sin que un algoritmo nos atiborrara de información parcial a medida de nuestros prejuicios, nos convenciera de tener razón, exacerbara nuestros sentimientos, nos hiciera creer en los bulos más absurdos y fomentara el desprecio, o algo peor, hacia quienes no piensan (ni sienten) como nosotros.

Sí, pueden ser útiles e incluso divertidas. Pero las redes sociales y la revolución de la conectividad, el mejor negocio en la historia del mundo, producen graves efectos secundarios. Habría que pensar qué hacer con ellas, si es que aún somos capaces de pensar y de hacer.