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No es la economía

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Noviembre 2017 / 52

A las personas nos gusta creer que la vida es comprensible. Y si la vida no lo es (y no lo es), nos empeñamos en que la historia, ese desorden cotidiano que los años transforman en relato, sí ha de serlo. Generalmente nos entregamos a las explicaciones fáciles. La economía, por ejemplo. Ignoro si alguien entiende la economía en su conjunto, incluyendo su amplia vertiente irracional, pero nos saca de muchos apuros atribuir los acontecimientos a razones económicas. Esa fe respalda la celebridad de aquella frase en la primera campaña presidencial de Bill Clinton: “La economía, estúpido”. En realidad, James Carville, el estratega de Clinton, escribió en la pizarra tres puntos: “Cambio o más de lo mismo; la economía, estúpido; no olvidar el sistema de salud”. Y Clinton no ganó por la economía, sino porque un tercer candidato, Ross Perot, restó votos a George Bush. Da igual, recordamos lo que confirma nuestros prejuicios.

Pese a la huida de bancos y empresas, la revuelta catalana sigue

La Revolución francesa de 1789 ocurrió en uno de los países más ricos del mundo, tras una buena cosecha. La revolución soviética de 1917 ocurrió en un país opresivo, atrasado y desigual, tras una larga campaña periodística de desinformación: como ejemplo, conviene saber que Rasputín no pintaba nada en la dirección del país, no era amante de la zarina y, además, no tenía un pene grande. Adolf Hitler no llegó al poder durante una crisis de hiperinflación, ya superada, sino, al contrario, en una fase de deflación.

Hay quien identifica las adhesiones al independentismo catalán con un lema idiota: “España nos roba”. Bueno. Resulta que la banca y las grandes empresas se van de Catalunya, las perspectivas económicas se ensombrecen de forma drástica y, sin embargo, la revuelta persiste. ¿No se trataba de dinero? No. Ni siquiera Karl Marx pensaba que la economía determinara el comportamiento de las sociedades: decía que influía o condicionaba, nada más. El raciocinio nunca es determinista en cuestiones sociales. El determinismo suele ser, de hecho, muy irracional.