Petróleo

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  • Por (Periodista)
    Diciembre 2014

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    Hace bastantes años, cuando era joven, pensaba que la política era sólo un trasunto de los factores económicos. Luego me pareció que, al contrario, la economía era el resultado de las ideas políticas dominantes. Pero quizá política y economía sean lados de un mismo ángulo, unidos en un vértice. Podemos mirar la política y la economía de forma integrada: funcionarían como una abscisa y una ordenada, los lados fijos de un gráfico, y a la relación entre ambas (eso que suele dibujarse en forma de curva o de línea llena de altibajos) la llamaríamos historia.

    Todos conocemos, más o menos, las siniestras consecuencias del negocio del petróleo. Sabemos que muchas guerras se hacen en su nombre, sabemos de su poder corruptor, sabemos que contamina. También sabemos que, por el momento, no somos capaces de pasar sin él. El coche eléctrico ya está inventado. El avión eléctrico, todavía no. Pero nunca deja de sorprender la inmensa capacidad del petróleo para influir en nuestras vidas. Los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y Washington y la matanza ferroviaria de 2004 en Madrid, por ejemplo, están ligados al petróleo. También lo está, por citar un caso, el futuro de Ucrania.

    ¿No se preguntan a veces por qué los países árabes están tan jodidos? Se podría responder a esa pregunta con acusaciones al colonialismo y a las continuas injerencias occidentales, entre ellas, si lo desean, Israel, aunque eso nos obligaría a plantearnos otra pregunta: ¿por qué un país que ha sufrido tantas agresiones imperialistas como Vietnam va saliendo poco a poco del hoyo, y Egipto o Siria (ambos sin petróleo) no levantan cabeza?

    Vayamos un poco hacia atrás. En los años cincuenta y sesenta del siglo XX, cuando se produjo la descolonización posterior a la Segunda Guerra Mundial, los países árabes se entregaron a un nacionalismo laico más o menos racional y más o menos modernizador. Ya existía un movimiento islamista de cierta relevancia, representado sobre todo por la Sociedad de los Hermanos Musulmanes y por el brutal régimen religioso de Arabia Saudí, pero el nacionalismo y el panarabismo ostentaban una clara hegemonía. Ese estado de cosas fue cambiando conforme las nuevas potencias árabes, como Egipto, Irak y Siria, fracasaban en sus guerras contra Israel. La guerra de 1973, en la que Estados Unidos se volcó sin disimulo del lado israelí, cambió definitivamente las cosas. La Organización de Países Productores de Petróleo (OPEP), absolutamente dominada por el mayor productor mundial, Arabia Saudí, adoptó como represalia un embargo de crudo al que se atribuyen, con cierta exageración, los desastres económicos que afligieron a las economías occidentales en los años setenta. Los regímenes nacionalistas perdieron influencia y la ganaron los saudíes, los reyes del petróleo, cuyo régimen teocrático empezó a exportar fanatismo religioso con tanto entusiasmo como exportaba barriles de líquido oscuro.

    Hoy sabemos que Arabia Saudí y sus satélites, los emiratos y minimonarquías del golfo Pérsico, han estado y están detrás de casi todas las expresiones del terrorismo islamista. De forma directa, financiando organizaciones como Al Qaeda (copatrocinada en su origen por Estados Unidos para que combatiera a los soviéticos en Afganistán) y actualmente al Estado Islámico, y de forma indirecta, fomentando a través de escuelas y organizaciones supuestamente benéficas una versión del islam (la saudí, el wahabismo) antimoderna e intolerante. Estados Unidos y sus aliados están, sin embargo, a partir un piñón con estos fanáticos peligrosos. El colmo de la connivencia entre Washington y Riad se alcanzó justo después del 11-S: se sabía que los terroristas eran saudíes, que su jefe, Osama Bin Laden, era saudí, que preconizaban la versión saudí del islam y que recibían generosas donaciones de dinero saudí; Washington decidió entonces, lógicamente, invadir Afganistán, que algo tenía que ver en el asunto, e Irak, cuyo sátrapa Sadam Husein era completamente ajeno a los atentados.

    ¿Por qué los saudíes bombardean crudo en grandes cantidades?

    Recuerden que política y economía acaba siendo lo mismo

    ¿Se debe al petróleo esa extraña y duradera alianza geoestratégica entre Estados Unidos y Arabia Saudí? Sí. Pero no al control sobre el petróleo. Estados Unidos, gracias al fracking (ya veremos las consecuencias de esa práctica tan dañina para el subsuelo), es prácticamente autosuficiente. Lo interesante de Arabia Saudí consiste en su capacidad para derrotar a los enemigos de Estados Unidos sin disparar un solo tiro. Últimamente, los saudíes están bombeando crudo en cantidades inusualmente grandes, cosa llamativa en un momento en que la demanda, debido a la crisis en la Unión Europea y Japón y al enfriamiento de la economía china, permanece estable. Como consecuencia, los precios caen. Eso perjudica a los propios saudíes, que ingresan menos que de costumbre. Les importa poco, tienen dinero de sobras para aguantar esa merma durante mucho tiempo. Sí hay tres países exportadores que están sufriendo muchísimo la merma en la entrada de divisas. Esos tres países son, curiosamente, Rusia, Irán y Venezuela. Justo los tres países a los que, por distintas razones, Estados Unidos quiere presionar.

    Cuando piensen en el petróleo, suban o bajen los precios, recuerden que política y economía acaban siendo lo mismo. 

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