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Riesgo

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Junio 2016 / 37

Hace tiempo hablamos aquí de la prima de riesgo. Se trata de un concepto fácil: cuanto más pobre o endeudado está alguien, más caro se le presta el dinero. El acreedor trata de compensar con unos intereses altos el peligro de no recuperar el crédito. La cosa tiene su lógica. En estos asuntos, sin embargo, el sentido común deja de ser útil a partir de un cierto punto. ¿Recuerdan 2011? La prima de riesgo española llegó a rondar los 500 puntos, es decir, un 5%. Por cada euro prestado a España había que pagar cinco céntimos más de lo que pagaba Alemania, país al que se considera el paradigma del cliente fiable. Por entonces, la deuda pública de España apenas superaba el 60% del producto interior bruto, que es todo lo que se produce en un año.

Cinco años atrás, ciertamente, el déficit presupuestario galopaba a un ritmo cercano al 10% y la deuda crecía con rapidez. Pero ahora se mantiene un déficit considerable, en torno al 5%, y la deuda pública ya ha superado el 100% del producto interior bruto. Se trata de una deuda monstruosa. Bastaría con que los tipos de interés que fija el Banco Central Europeo subieran un poquito, digamos que un 2%, un porcentaje que se consideraba ínfimo cuando la economía resultaba comprensible, para que España fuera rotundamente insolvente. No habría forma humana de pagar la deuda, que ahora, con los tipos casi a cero, ya cuesta unos 34.000 millones de euros anuales sólo en intereses. No traduzcan la cifra a pesetas porque da mareo.

Y, pese a ello, pese a que prestar dinero a España entraña un riesgo enorme, la pasta llega casi gratis. Intenten aplicar a esto la lógica o el simple sentido común.

El asalariado es la vaca lechera de todos los sistemas fiscales

Por supuesto, hay una explicación: los prestamistas están seguros de que en caso de que España suspendiera pagos, alguien (el Banco Central Europeo, el Fondo Monetario, Alemania, en fin, los sospechosos habituales) saldría al rescate con un superpréstamo que recaería, como todo, sobre el contribuyente. La idea de que ni los grandes países ni los grandes bancos pueden quebrar se ha convertido en axioma durante los últimos años. Ahí está el asalariado, vaca lechera de todos los sistemas fiscales (los ricos siempre tienen un Panamá a mano), para hacerse cargo de la cuenta. Recuerden que de todos los rescates recibidos por Grecia, los griegos han visto menos del 10%; el 90% ha ido directamente a los bancos prestamistas.

Cada vez que oigan que España, pese a su enorme deuda, se financia muy barato, recuerden quién acabará pagando. El riesgo no recae en quien presta, sino en usted.