Sociedades alimentarias

  • Diciembre 2019

    Las ciudades necesitan un pacto social para avanzar con urgencia hacia modelos justos, sanos y respetuosos con el planeta.

    Lo hemos leído en los libros de historia: los primeros asentamientos humanos se edifican en lugares que agrícolamente permiten alimentar a la población en su nueva vida sedentaria. Poco a poco el número de personas va creciendo y la urbe mantiene en el centro de sus preocupaciones las fórmulas más ingeniosas para proveerse de los alimentos necesarios. En ese momento se hacía fundamental mantener fértiles las tierra productivas que rodeaban las ciudades, de la misma manera que se garantiza la llegada de agua para su riego y se ubican lugares estratégicos para el acopio y distribución de alimentos para quienes ya no los producen. En el caso de Barcelona aún podemos caminar por la calle del Rec Comtal (la acequia construida para traer agua del río Besòs a la altura de Montcada y Reixach), que servía para regar y mover molinos; podemos disfrutar de la arquitectura modernista de El Born, que hasta la década de 1970, funcionando como mercado central de abastos, era un trajín de carros y camiones de campesinos, de porteadores acarreando cajas de verduras y de comerciantes cargando sus furgonetas en el centro de la ciudad. Y contamos con la red de mercados municipales para el abastecimiento en los barrios de la ciudad, un valor internacionalmente reconocido de Barcelona.

    A medida que han pasado los años, los sistemas que proveen de alimentos a las ciudades han ido modernizándose. Ya no están tan presentes en nuestra cotidianidad y han perdido visibilidad. No es raro encontrarse con conciudadanos que desconocen la existencia de Mercabarna y su función clave o la vitalidad de la zona agraria del Baix Llobregat, que entre autopistas y aeropuertos sigue siendo una fuente alimentaria para la ciudad. Mucha gente desconoce el impacto que algunos alimentos ocasionan a diferentes escalas. 

    Conscientes de esta realidad, replicada en la gran mayoría de las grandes ciudades del mundo, en 2015 se firmó el Pacto de Milán, con el propósito de responsabilizarse en cada ciudad firmante (ahora son más de 200) de revisar y repensar cómo podemos mejorar nuestros sistemas alimentarios hacia modelos justos, sanos y sostenibles. En este marco, Barcelona ha querido ir un poco más lejos y hemos sido seleccionada para ser la Capitalidad Mundial de la Alimentación Sostenible en 2021, un reto que asumimos con responsabilidad, pero sobre todo como un punto de inflexión para situar la alimentación en la agenda política de la ciudad.

    Cuando presenté la propuesta de capitalidad a las ciudades del Pacto de Milán utilicé un concepto que nos parece que incluye los retos a los que hacía mención, “construir sociedades alimentarias”, es decir, abogar por un pacto social de la ciudad para caminar conjuntamente a sistemas alimentarios acordes a una situación actual que lo requiere con urgencia. 

    Urge corregir el modelo para reducir su impacto climático

    Asumimos el reto para situar la alimentación en la agenda política

    En primer lugar, nos lo han repetido recientemente los informes del IPCC (panel científico de la ONU para el cambio climático): los sistemas alimentarios deben corregirse para reducir su impacto climático (entre el 20% y el 30%). No podemos seguir manteniendo la base de nuestra alimentación con productos llegados de muy lejos y con sistemas de producción intensivos en petróleo y otros recursos finitos. Más si cabe porque, lamentablemente, en muchísimas ocasiones estas importaciones alimentarias van de la mano de injusticias sociales en las poblaciones del Sur, hambrientas entre productivos monocultivos de exportación. En segundo lugar, y conectado, tenemos un problema mundial de obesidad y desnutrición que en Barcelona se refleja, según  estudios de la Agencia de Salud Pública, en el 10% de niños y niñas de tres y cuatro años que padecen problemas de sobrepeso u obesidad. Y tercero, es una oportunidad económica para equilibrar nuestras economías y territorios. Si el sector primario puede encontrar viabilidad económica a su actividad, nuestros campos no serán cajas de cerillas y nuestros pueblos recobrarán vitalidad.

    Ya estamos construyendo todo este proceso sabiendo que se corresponde con el interés de la ciudadanía de Barcelona y los sectores sociales, profesionales y científicos dedicados a estas temáticas. Además, no hay duda de que hay una alianza que fortalecer y expandir entre el pequeño y mediano comercio de proximidad y la pequeña y mediana agricultura local. La alimentación no solo es vital para todos nosotros; es capital para garantizar un futuro posible, sano y justo.

     

    
    
    Las informaciones sobre la capitalidad mundial de la alimentación sostenible se publican en colaboración con el Ayuntamiento de Barcelona. Se han elaborado con los criterios periodísticos de Alternativas Económicas, único responsable del contenido. 

     

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