Valores bajo cuestión

  • Por (Fallecido el pasado 3 de agosto, fue editorialista de Alternatives Économiques y presidente de la cooperativa)
    Junio 2020

    Utilidad social: Esta crisis nos hace redescubrir lo esencial: alimentarnos, tener un techo y energía para calentarnos y preparar las comidas, tener cobertura sanitaria en caso de enfermedad, poder comunicarnos con nuestros allegados. De paso, descubrimos que muchos trabajos  basura  y otras actividades pueden pararse sin que pase gran cosa. Pero no nos engañemos: la hibernación de una gran parte de la actividad económica debido al confinamiento no es la antesala de un decrecimiento ordenado y socialmente deseable. De hecho, la elección de una serie de actividades que se mantienen imperativamente responde a una lógica cortoplacista: sistema sanitario, distribución de alimentos, logística… Y muchas actividades que han parado o funcioado al ralentí son también fundamentales, ya sean culturales, educativas y de ocio, por no hablar de as las industrias y servicios sin los cuales, a largo plazo, no pueden ofrecerse los bienes esenciales. Ello no impide que esta crisis cuestione la jerarquía de valores dominante, obligándonos a constatar que muchos trabajos de gran utilidad social (sanitarios, ayuda a domicilio, empleados de supermercados, repartidores…) están muy mal pagados en comparación con los de la banca, la publicidad y el marketing. Se constata hasta qué punto la jerarquía de ingresos es un reflejo de los valores dominantes de una sociedad.

    Desigualdades: La crisis actual no solo revela desigualdades profundamente chocantes, también contribuye a que se agraven. El confinamiento no es tan opresivo cuando se dispone de una casa con jardín como cuando se vive amontonado en un pequeño apartamento. Además, los que están en primera fila trabajando por obligación se hallan, de hecho, más expuestos al virus que los cuadros, que teletrabajan. Finalmente, en muchos hogares no han disminuido los ingresos y ahorran mucho al verse obligados a no consumir bienes y servicios fuera de lo estrictamente necesario. Otros, por el contrario —asalariados con trabajos precarios o no declarados, pequeños trabajadores independientes— han perdido los ingresos de la noche a la mañana. Evitar caer en la recesión significa movilizar armamento pesado para impedir que las empresas se hundan y mantener los ingresos de todos. Pero también va a haber que plantearse el tema de la redistribución entre los que hoy atraviesan la crisis sin demasiado perjuicio económico y el resto.

    Doble pena: La covid-19 ha hecho que los grandes medios de comunicación franceses centren, ante todo, su información en los efectos de la pandemia en Francia y en menor medida en los otros países desarrollados. El principio de proximidad, la disponibilidad de información, el paralelismo de situaciones económicas y sociales explican este hecho. Pero las consecuencias de esta crisis en los países del sur son en muchos aspectos más dramáticas. En algunos países como en India, revelan portentosamente la violencia de las desigualdades y el desprecio de las élites hacia los más desfavorecidos. La crisis desatada por la covid-19 ha abierto el debate sobre la resiliencia de nuestras sociedades, y ha puesto de manifiesto nuestra incapacidad para disponer del equipamiento necesario para hacer frente a la pandemia debido a las deslocalizaciones de industrias y a las pérdidas de saber hacer provocadas por una globalización que solo obedece a la búsqueda sistemática del menor coste. Pero la necesidad de adoptar por fin modelos más resilientes y más estables se impone también en el Sur. 

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