Cuando salir a la calle es un delito

  • Por (Socio gerente de Integral)
    16 Abril, 2020
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    Sergio Uceda

    Vaya muy por delante la absoluta necesidad de respetar el confinamiento. La firme voluntad de cerrar filas con quien tiene la grave responsabilidad de gobernar una situación tan imposible como inesperada. En este instante, salir a la calle puede ser un delito debidamente sancionado (no entramos en categorías jurídicas). Es un hecho, nos encontramos en un momento (que dura) que puede ser definido, en presente, como "cuando salir a la calle es un delito". Es desde nuestro apoyo a que sea así, que nos permitimos reflexionar.

    Salimos a la calle, siempre con un objetivo, con algo concreto que hacer. Como ir al supermercado. Pero uno tiene la costumbre de, con el carrito lleno, sentarse a la vuelta en un banco del cercano parque ¡Qué triste, está tan solo! Sin ningún padre ni ninguna madre correteando detrás de una criatura que, aunque tambaleante, no duda en explorar, una y otra vez, cuan infinito puede ser el Universo. Me siento, entonces, pero estoy inquieto ¿Me podrán multar por hacerlo? Tengo la compra como prueba y coartada, pero estar en ese banco, aún en absoluta soledad, quizás sea excesivo. No lo sé. 

    Te llega la noticia de un hijo multado pese a llevarle comida a su madre mayor. Luego la sanción le fue levantada. Uno mismo ha podido comprobar cómo un mosso d'esquadra le decía, amablemente, a una pareja que los dos no podían ir juntos por la calle. También he vivido en primera persona cómo, amablemente, un guardia urbano me hacía retroceder hacia mi casa, diciéndome que comprar pan no era motivo suficiente para salir. Queremos subrayar, igual que hemos reiterado, la amabilidad de los agentes. Es muy de agradecer ¿Quién se imagina diciéndole a una pareja que no puede caminar unida o a alguien que no puede ir a comprar pan?

    Para mi generación ganar la calle fue el símbolo de que sí, de que realmente la democracia moraba entre nosotros. La calle volvía a ser nuestra, tras insufribles años de cautiverio. Antes tan solo la podíamos raptar entre algaradas y carreras. Las embestidas policiales nos hacían retroceder. Nos retirábamos, siempre lo hacíamos, pero desde la forzada lejanía. Muchos levantábamos un puño en alto para proclamar que volveríamos, que con nuestra retirada no iba ninguna renuncia, que solo era una táctica. Que no pensábamos ceder ni un palmo, que esa calle sería nuestra. Lo fue.

    Debíamos ganar la calle, era tan evidente como imperativo. La razón era y es más que obvia. Es en la calle donde todos nos encontramos. Donde eso que somos, que se viene en llamar "el pueblo", se manifiesta. Bienvenidos sean los balcones si en ellos truena en favor de quien más se lo merece. Sean muy bienvenidos, pero solo es en la calle donde realmente nos conocemos, dialogamos, acordamos, crecemos, progresamos.

    Con un poco de fortuna es en nuestra casa donde suceden las felices escenas de nuestra niñez, que adornarán nuestra vida. Es en casa donde recibimos la carga fundamental del amor que después sabremos entregar. Es también allí donde se pone la primera piedra de algo tan complejo como será nuestra entera educación. Sí, es en casa, pero todo eso no sucede para que se quede en esa misma casa, ni en la que podamos fundar. Que acontezca solo tiene sentido para que salgamos a la calle, para que sea en la calle donde el espectáculo de nuestra existencia transcurra. También donde encontremos el amor y lo que, como él, de sentido a nuestro vivir. Por eso hay que ganar la calle, es imprescindible, porque solo cuando es de todos, todos estamos realmente vivos.

    Nuestra casa es y será siempre nuestro lugar, allí donde siempre querremos volver, capitanes de nuestra propia Odisea. Al cabo, siempre Ulises. Pero solo es en la calle donde realmente podemos ser, por eso una calle vacía, ahora por el confinamiento o como siempre lo está en la apabullante geografía de la España despoblada, es más, mucho más, que la ausencia de personas. Es un puro lamento. Es lo que no somos y necesitamos ser.

     

    Texto compartido con El Blog de Marià Moreno -  goo.gl/G44teY 

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