Marià Moreno

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    La lógica comunitaria no puede ser más lógica. Literalmente dice que cuando una comunidad se enfrenta a un problema, la solución debe afectar a todos por igual. Esto es, si hay que hacer sacrificios, deben repartirse entre todos, ya que el beneficio de solucionar el problema será para todas las personas de la comunidad. Si se nos permite la reiteración, es una lógica tan lógica que no admite color ni partido.

    Durante mucho tiempo, la mezcla ha resultado ser fundamental para cualquier idea de progreso. Con la mezcla va el intercambio y con él, el conocimiento. Pero tenemos más evidencias, como lo es la necesidad de renovarnos genéticamente o la reconocida observación de que EEUU labró su empuje a lomos de un océano de inmigrantes de muy diversas procedencias.

    Tanto tiempo ya, y todavía no he acabado de solucionar la relación entre mis gafas y la mascarilla. El resultado es que, a menudo, en la calle se entelan sin remedio. Así ha sucedido una vez más esta mañana, mientras iba a comprar el periódico. Viéndome más o menos solo he optado por la solución más cómoda: me he bajado la mascarilla a fin de airear los cristales.

    Esta tarde he ido al súper. Es lo que se tiene que hacer cuando uno vive solo, y cuando lo hace acompañado, también. Tengo mis rituales. Justo enfrente de la puerta del súper, al otro lado de la amplia acera, hay un banco. Si hay suerte y no está ocupado, me siento en él y me fumo un purito. Se trata de una de esas recompensas absurdas que los fumadores tenemos. 

    No es extraño que una novela se inicie con un primer párrafo cuyo objetivo es ponernos en situación: "Un virus se extendió por todo el planeta, contagió a millones de personas y mató sin remedio a centenares de miles. La economía se paralizó de una forma impensable, pero lo que cambió nuestra manera de vivir fue que la fórmula para combatir la plaga se basó primero en el confinamiento en casa y después en lo que se llamó distanciamiento social. En nombre de la alerta sanitaria se refinaron las formas de seguimiento y control de la población, también en su nombre las libertades individuales se convirtieron en algo que tan pronto estaba como podía no estar". 

    Esta crónica no es un buen escaparate para las llamadas teorías conspiratorias. A su autor le parecen, muy a menudo, cuentos para adultos sin mayor argumento que el de un ingenuo cuento infantil. Sin embargo, educado en la tradición racional del pensamiento nacido en Grecia y difundido por Roma, no puede dejar de formularse preguntas ante lo que le rodea y observa. Sobre todo cuando por toda respuesta obtiene una apelación a la casualidad o es remitido a la azarosa mutación de un ser capaz de matar en masa al que no parece faltarle inteligencia o incluso astucia (José María Ordovás).

    El gran Josep Maria Espinàs escribió una magnifica evidencia: "Per primavera les dones floreixen" (en primavera las mujeres florecen). Es cierto. Ha bastado que los rayos del sol sostuvieran una mínima presencia para que en Barcelona, desde donde estas líneas se escriben, algunas mujeres nos regalaran, camino del supermercado, una explosión de vida como solo ellas pueden aportar. Este aprendiz de cronista tiene, con todo, alguna duda respecto a si invocar a un maestro es venia suficiente para introducir la belleza femenina. Como si la Belleza no constituyera, junto a la Bondad y la Verdad, la tríada de valores que ya desde Platón nos orientan hacia el buen vivir.

    Vaya muy por delante la absoluta necesidad de respetar el confinamiento. La firme voluntad de cerrar filas con quien tiene la grave responsabilidad de gobernar una situación tan imposible como inesperada. En este instante, salir a la calle puede ser un delito debidamente sancionado (no entramos en categorías jurídicas). Es un hecho, nos encontramos en un momento (que dura) que puede ser definido, en presente, como "cuando salir a la calle es un delito". Es desde nuestro apoyo a que sea así, que nos permitimos reflexionar.

    Afirmar que el causante de la covid-19 es un virus global es enunciar un hecho. La enorme popularidad del fútbol también lo es, sin duda, ya que puede estar alcanzando a 4.000 millones de personas. Si consideramos el planeta como el terreno de juego donde el equipo del coronavirus está jugando su partido, vemos que no hay nada de particular en que pueda moverse por todo el campo. Eso es lo que hacen los jugadores de un equipo de fútbol, con la conocida excepción del portero.

    Casi 3.400 millones de personas se encuentran confinadas, según un recuento efectuado ayer, 29 de marzo, por France Presse. Son casi la mitad de la población de la Tierra, que está a punto de alcanzar los 7.800 millones. Naturalmente los grados de confinamiento son diversos pero en general podemos afirmar que todas esas personas se encuentran sujetas a una acción común, con una etiqueta única y concreta: "confinamiento".

    El único modo de construir mercado como un espacio común es la libertad de las personas.

    Reto. Al arrancar, las cooperativas pueden tener una dificultad añadida en el acceso al capital: ¿cómo compensar la expectativa de beneficios de inversores que se arriesgan?