Economía de guerra

  • 13 Marzo, 2020

    El influyente pensador francés Jacques Attali pide que los Estados empiecen a producir productos básicos, con la misma lógica de que hubiera estallado un conflicto bélico.

    La plaza de Sant Jaume de Barcelona, semivacía, ayer. Firma de foto: Agustí Carbonell

    Ya muy poca gente niega la magnitud del problema que enfrentamos con el coronavirus, en el mundo en general y en España como uno de sus epicentros más agresivos en este momento. El Gobierno ha ido tomando ciertamente medidas, cada vez más contundentes y a más velocidad, pero lamentablemente seguimos lejos de lo que reclaman muchos expertos internacionales.

    Basta con mirar hacia Italia para saber con bastante precisión hacia dónde nos dirigimos si no se actúa con la máxima energía, mientras mucha gente sigue inundando bares y terrazas. Las previsiones de expertos del calibre de Antoine Flahault, director del Instituto de Salud Global de la Universidad de Ginebra, apuntan a que en una semana superaremos los 55.000 casos diagnosticados en España, lo que deja muy poco margen ya para dudar de que el colapso de los servicios públicos -el auténtico peligro que afrontamos- se ha convertido en una posibilidad muy real. Ello supone multiplicar por casi 20 los casos en una semana. Si la siguiente se vuelve a multiplicar por 20... es mejor ni pensarlo. Para que no haya esta progresión debe cortarse la transmisión de raíz ahora, porque los nuevos contagios de ahora aflorarán más tarde.

    Pero si pese a las evidencias abrumadoras alguien sigue despreocupadamente en bares y terrazas porque desconfía de los expertos, sería interesante que fijara su atención al menos en Jacques Attali. No es ningún médico. Fue el gran asesor de François Mitterrand y uno de los viejos zorros de la política, un gigante europeo equivalente al estadounidense Henry Kissinger, con independencia de la valoración moral que cada uno tenga de estos personajes. Attali escribió ayer: “Nada sería más desastroso que las medidas a medias. Actuar rápidamente. Masivamente. Colocarse en situación de economía de guerra. Producir respiradores y mascarillas como se habría producido [en una guerra] aviones y obuses”.

    Esta es la clave: economía de guerra.

    Si es una guerra, y cada vez lo parece más, no bastan ni siquiera las medidas típicas de un Estado de emergencia o los confinamientos masivos de población. No se trata solo de que la gente no salga de su casa. Hay que intervenir también la economía para producir al menos todo lo que se augura que va a escasear muy pronto y que puede convertirse en producto de primera necesidad para salvar vidas. No puede dejarse la fabricación e importación de productos que salvarán vidas en manos del mercado. Si van a faltar mascarillas y respiradores, que el Estado empiece a organizar su fabricación.

    No se trata aquí de obtener ventajismos ideológicos. La economía de guerra no dirimiría ninguno de los debates entre izquierda y derecha sobre el papel del Estado en la economía. Sería solo una tregua ante una situación excepcional, en la que el mercado no puede funcionar para atender la emergencia. Si la guerra se gana, que vuelva el debate convencional y que los liberales vuelvan a ser liberales. Todos los liberales que fueron a una guerra lo sabían perfectamente.

    Sí, da miedo, pero necesitamos una economía de guerra. Lo dice una de las personas menos sospechosas de alarmismo o extremismo. Y de las más informadas del mundo: Jacques Attali.

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