El covid-19 resucita a Roosevelt

  • 29 Marzo, 2020

    Hay que poner en cuarentena las reglas fiscales y que el dinero fluya al corazón de las familias y las empresas.

    Un voluntario y un miembro de la Guardia Nacional se saludan en Toledo (Ohio, EE UU). Foto: US Air National Guard

    a declaración mundial de la pandemia originada por el covid-19 está generando una transformación económica a nivel planetario que, salvo que se quiera volver a caer en los errores del pasado, puede significar un vuelco sin parangón en las relaciones económicas internacionales.

    La realidad que están viviendo muchos países, entre los que destaca España, se asemeja a los que nuestros padres y abuelos nos contaron sobre lo vivido en el periodo bélico 1936-1945. Estos episodios se han calificado como épocas de "economía de guerra" en los que toda la actividad productiva, así como los recursos financieros, se encaminaron a producir aquellos bienes y servicios esenciales en aras no solo de sobrevivir, sino de vencer al enemigo.

    Debemos aprender a cuidar más lo público

    El momento actual también puede ser considerado un periodo bélico, en el que la lucha se libra contra un virus desconocido que infecta muy rápidamente y por igual a todo tipo de personas, aunque sus efectos letales sean asimétricos entre grupos de edad y colectivos con patologías específicas. Ante esta situación, y en pleno revival, las sociedades occidentales han desempolvado los manuales de historia y vuelven a expresarse con términos como "economía de guerra". Así lo hace el reputado asesor francés y fundador del Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo (BERD) Jacques Attali. Pero también históricos presidentes norteamericanos, como Franklin Delano Roosevelt, son reivindicados para llevar a cabo actuaciones públicas que devuelvan el bienestar perdido a una gran parte de la población y su aparato productivo.

    Caídos en combate

    El problema con esta guerra bacteriológica, a diferencia de las guerras convencionales, es que los principales actores que tienen que sostener a la tropa en la retaguardia, los sanitarios, corren serio riesgo de caer en el combate, por lo que el daño se puede multiplicar y alcanzar el infinito. A esto hay que añadir que el material de defensa, respiradores, oxígeno, camas hospitalarias, mascarillas y material de protección en general, escasea a nivel nacional, pero también a nivel internacional, por lo que las empresas tradicionales del sector son incapaces de subministrarlo a tiempo y en cantidades suficientes.

    El virus tiene una debilidad: tiene un tiempo de incubación muy corto, por lo que el confinamiento de la población en un periodo relativamente breve de tiempo (uno o dos meses) acaba con su expansión. Los países que, inteligentemente, han optado por esta vía, y que serán todos en algún momento, han abierto un periodo inédito de parada mundial de la actividad. Y este paréntesis en la producción, inversión y consumo tendrá un impacto económico transitorio pero brutal, que solo se puede reconducir si las instituciones internacionales multilaterales, los gobiernos y todo el sistema financiero se vuelca en garantizar la continuidad del tejido productivo hasta que el virus desaparezca. Además de esta parada, se debe reconvertir la producción industrial mundial hacia las necesidades básicas de esta guerra. Adicionalmente, la tecnología puntera y las farmacéuticas mundiales deben abandonar el secretismo y lentitud en la producción de fármacos y vacunas que ayuden a la curación y erradicación de este virus y, por extensión, del resto de enfermedades que hoy no se curan y que están a la espera de ser erradicadas.

    La reacción de gran parte de Gobiernos mundiales, también el español, ha sido tardía y lenta y siguen mostrando reticencias a esta revolución temporal en marcha, seguramente por miedo a que las sociedades occidentales vuelvan a demandar y exigir la intervención masiva del Estado en la economía. La tardanza con la que empresas industriales en España han empezado a producir respiradores con tecnología 3D, equipos de protección individual (EPI), mascarillas y test de PCR, muestran que las instituciones no habían calibrado la magnitud de la amenaza ni establecido mecanismos rápidos para responder a un reto de esta naturaleza. La regulación, la burocracia y la sacralización de ciertas conquistas en materia de privacidad y protección de datos han retardado la posibilidad de identificar los focos de contagio, las personas afectadas, y ello podría explicar la letalidad en el sur de Europa, al margen de la tipología de población y el modelo familiar. Por el contrario, China ha utilizado el Big Data para monitorizar a los infectados a través de su móvil y podría ser una de las principales armas para liquidar la curva de infectados. Es cierto que esto ha llegado después de un periodo inicial de oscurantismo, purgas de médicos y secretismo gubernamental.

    Siguiente reto

    Con la pandemia ya en una fase muy avanzada y la economía del mundo colapsada, llega el siguiente reto. Cómo financiar el sostenimiento de familias y empresas para que no se produzca una quiebra internacional similar a la de 1929 o la de 2008. En aquellos países con soberanía monetaria, la solución no es tan complicada, a diferencia de la Unión Europea. La tradicional ortodoxia monetaria vigente va a saltar por los aires y podemos ver en países como EE UU y Reino Unido, e incluso la UE, imprimir dinero sin que ello signifique que se traduzca en más deuda, ni, por supuesto, en una inflación más elevada. Los más prudentes recomiendan que se haga únicamente para cubrir los gastos sanitarios, mientras que los más arriesgados abogan por eliminar de forma estructural la regla que prohíbe la monetización de los déficits de los Estados y, por ende, utilizar la impresión masiva de dinero para acometer inversiones públicas y otros gastos sociales e incluso instaurar el trabajo garantizado. Otros incluso defienden el helicóptero monetario; es decir, la financiación directa de los bancos centrales a las familias.

    En este punto, cobra gran importancia la postura de Alemania y sus socios centroeuropeos, alérgicos en general a la deuda, al déficit y al gasto público sin límite, y también a la monetización del gasto público, pero es un momento crítico en el que la aproximación neoclásica del concepto de dinero y las reglas fiscales hay que ponerlas también en cuarentena y permitir que el dinero fluya directamente al corazón de empresas y familias, sin incrementar el endeudamiento. La suspensión temporal del Pacto de Estabilidad en la UE es, sin duda, una buena noticia que permitirá relajar la vigilancia sobre los países inicialmente más afectados, España e Italia. Esto garantizará que se pueden llevar a cabo las inversiones tangibles e intangibles que devuelvan a la senda de producción a las economías europeas, en línea con el resto de países de nuestro entorno.

    Queda para la reflexión futura qué tipo de estructura económica surgirá tras este episodio, qué instituciones políticas y financieras sobrevivirán al tsunami de este virus y qué papel tendrán a partir de ahora el Estado y el sistema financiero. Lo que sí hemos constatado y aprendido es que han sido algunos sectores denostados, como la agricultura y la industria química y textil, y, por supuesto, la sanidad pública y el Estado quienes han tripulado el barco de esta batalla contra un enemigo invisible y que ha mermado significativamente el colectivo de abuelos y abuelas que tanto han sufrido y trabajado por este país. La sociedad deberá recapacitar y aprender a cuidar y mimar más lo público, y premiar a los gobernantes que tomen decisiones valientes.

     

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