El secuestro de la amígdala

  • 15 Abril, 2020
    Grito de rabia de Malasaña, Madrid
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    Con el comienzo de la pandemia, mi cabeza empezó a dar vueltas sin rumbo. Se apoderó de mí una especie de parálisis, al tiempo que no paraba de leer en redes y buscar noticias día y noche, casi obsesivamente. Y pensaba: “Hace tiempo que vengo viajando en trenes a reventar, y estaba segura de que era un peligro. El gobierno podría haber evitado esta situación”. 

    A eso se le sumaron los primeros síntomas, que tomé como parte de este propio proceso mental. 

    — Mariana, eres tú. Te está secuestrando la amígdala, me dije.

    El secuestro de la amígdala es un concepto creado en 1996 por el psicólogo y psiquiatra Daniel Goleman, en su famoso libro La Inteligencia Emocional. La amígdala cerebral es un conjunto de núcleos de neuronas que se ubican en los lóbulos temporales del cerebro. Su papel principal es el procesamiento y almacenamiento de reacciones emocionales. Cuando la amígdala percibe una amenaza puede llevar a una persona a reaccionar de manera irracional.

    Lo siguiente fue una fiebre que subió a 38º. Y el cuerpo se derrumbó en una especie de paliza masiva a la musculatura. 

    Cuando la amígdala nos secuestra, nos secuestra. Esto quiere decir que ya no somos capaces de pensar con claridad, porque la química cerebral piensa por nosotros. Y los miedos se dan especialmente por la noche. Tal vez por eso, Diana Winston, directora del Mindful Awareness Research Center, de la Facultad de Medicina en la Universidad de Los Ángeles, dice: “Nunca te creas lo que dice tu cerebro en medio de la noche”.

    Tuve una noche parecida a un parto, pero cambiando la alegría final por la incertidumbre. 

    Dolor y miedo mediante, escribí artículos impublicables. Estaba rabiosa.

    — Este gobierno de mierda. Lo sabía y no hizo nada. Nos llevó al puto desastre. Irresponsables. Imbéciles. Médicos y políticos engreídos. A ver si aprenden de una vez a ser más humildes. Machitos. No tendríamos que estar pasando por esto… Y ahora mira. Inútiles. No tienen datos y toman decisiones al azar. ¡Y cómo pueden ser tan imbéciles de comprar miles de test que no funcionan! ¡Y nadie dimite!

    El malestar físico era notable. Y la amígdala, a este punto, me había secuestrado completamente. 

    Hasta que mis años de psicoanálsis y mi intento por meditar llamaron a la puerta del secuestrador, y pensé que me habían liberado: 

    — Bueno, de pronto pensé. Nadie se habría imaginado esto. No ha pasado en 100 años. Todos estamos en shock. Yo no habría sabido cómo actuar. Cualquiera se habría equivocado. Nadie lo habría hecho bien…

    Pero no me había liberado. De pronto, comenzaron a llegar las teorías conspirativas a mi teléfono móvil. Y aunque el malestar físico iba remitiendo, no remitía del todo. De hecho, luego volvió y todavía no ha desaparecido completamente.

    — ¿Por qué sabía Bill Gates tan claramente que íbamos a pasar por esto, tanto tiempo antes? Microsoft está sacando millones ahora que trabajamos desde casa. Amazon está ganando más dinero que nunca. ¿Cómo sabía la OMS que una pandemia “de índole respiratorio” era “inminente”? ¿Por qué se reunieron justo dos meses antes la industria y la OMS en el Event 201, organizado por el Johns Hopkins Center for Health Security, con altos cargos de la industria, para hacer un simulacro de una pandemia? Esto fue provocado. Alguien tiene que descubrir al culpable.

    Intenté buscar por varios medios, y recibí alguna que otra bofetada de periodistas científicos que no me explicaban bien el porqué y me ubicaban directamente en el sector de los terraplanistas. Cosa que aumentaba mi rabia. Hasta que topé con la suerte de contar con nuestro editor, Sebas Serrano, que además de ser un gran experto en estos temas es todavía mejor persona. Y me dijo, con mucho atino:

    — Mariana. Antes estabas enfadada y ahora te has pasado a las teorías conspirativas. La OMS sabía que una posible pandemia iba a ser de índole respiratorio, porque es la manera más fácil de contagiar. Por el aire. A diferencia del VIH, con este virus contagias cuando hablas. Además, por las características del virus, no hay manera de que un laboratorio pudiera haberlo creado. Ningún ser humano podría haber creado esta estructura vírica.

    Se lo discutí pero algo internamente comenzó a abrir las puertas del secuestro. Las puertas completas, o eso creo ahora mismo, se abrieron cuando entrevisté —aun y con febrícula— a Moty Benyacar, psiquiatra con 30 años de experiencia en desastres. La entrevista saldrá en el próximo número de la revista Alternativas Económicas.

    — La búsqueda de un culpable es inherente al ser humano en estos casos, me dijo Benyacar. 

    El virus funciona en la violencia como el terrorismo. En el caso de una guerra, hay una agresión y el enemigo y el culpable es claro. Podemos defendernos, reconocer y atacar al enemigo, física y psíquicamente. En el caso del terrorismo, y en del virus, no se sabe quién es ni dónde está el enemigo. Y tendemos a buscarlo en cualquier lado. Necesitamos encontrar un culpable para el daño creado, como sea.

    Evidentemente esto es sumamente peligroso. Porque el culpable puede ser tanto un gobierno como un grupo étnico.

    Después de muchos años de terapias de varios tipos, como buena judía argentina, todavía no he podido enseñar a mi neocórtex cómo inhibir a mi amígdala. Imagino que a muchos les pasará lo mismo que a mí. Imagino a miles o tal vez millones de personas que han sido secuestradas por su amígdala. Porque cuando hablamos de humanidad, hablamos de esto.

    Cuando el mindfulness, el yoga o las religiones apelan a la comprensión y a la piedad, deberían incluir elementos científicos, como los de Benyacar y los de Sebas Serrano, para la comprensión de nosotros mismos y del entorno. Esto somos. Esto nos pasa. Si somos capaces de entender, por ejemplo, que buscar un culpable es normal en momentos como éste, tal vez podamos liberarnos del secuestro de la amígdala. Y proponer mejores soluciones. O al menos no empeorar la situación.

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