Un brusco fallo del sistema inmunitario agrava la enfermedad

  • 26 Marzo, 2020

    Ocho días después de la aparición de los síntomas algunos contagiados por el coronavirus sufren un empeoramiento a causa de la inflamación de los alveolos pulmonares.

    El lento proceso que habían seguido los estudios clínicos realizados hasta ahora, basado en el recuento y comparación de los datos de un número significativo de pacientes reunidos durante años, ha saltado por los aires y ha adquirido una velocidad inusitada ante la epidemia de SARS CoV-2. La rapidez a que obliga la emergencia de la Covid-19 no impide se haya llegado ya a conclusiones trascendentes. Una de las más determinantes, comentada por algunos medios científicos tras un inicial informe de The Lancet, del pasado 15 de marzo, alude a lo que ya se conoce como el síndrome del octavo día.

    Se trata de un súbito e inesperado empeoramiento en el estado general, y en los parámetros de la infección, que sufren ocho días después del inicio de los síntomas personas que hasta entonces mostraban una aparente buena evolución. Tras ese empeoramiento, los pacientes experimentan una creciente dificultad para respirar y un fracaso en la respuesta a medidas terapéuticas que hasta ese momento les funcionaron favorablemente. Su evolución perniciosa a partir de entonces ya no estará causada por el virus sino por la exagerada respuesta de su sistema inmunitario, que inicia una desproporcionada producción de citoquinas y conduce a una brusca y potente inflamación de los alveolos pulmonares. En pocos días, u horas, esos enfermos necesitan respiración asistida y requieren los servicios de una UCI, en la que, si todo va bien, permanecerán una media de tres semanas. La respuesta inflamatoria se percibe como una imparable necesidad de toser y la sensación de que es imposible llevar aire a los pulmones, una acción que contribuye a la generación del edema pulmonar propio del proceso inflamatorio. El ahogo es progresivo.

    Esto ha sucedido a personas que hasta ese octavo día mantenían una sintomatología leve, de edades diversas, aunque con predominio de los mayores de 75 años. Cuando la función respiratoria o cardiovascular de esos enfermos estaba previamente afectada por alguna patología que le mermaba funcionalidad, el pronóstico empeora. Sin llegar a ser calificada de enfermedad autoinmune —las que desde el inicio provoca el sistema inmunitario de quien la sufre— tras la inflexión en el octavo día, el Covid-19 adquiere las características de las dolencias de más difícil abordaje, ya que cualquier intervención externa no contará con la intervención imprescindible de la respuesta defensiva del propio enfermo.

    La eventualidad del síndrome del octavo día, que se calcula afecta a entre el 15% y el 20% de los pacientes del Covid-19, contribuye a explicar las elevadísimas tasas de mortalidad que en estos momentos se atribuyen al SARS CoV-2 en algunos países, España entre ellos. Ese índice de mortalidad, que alcanza esta semana el 7% de los enfermos, surge asimismo de la insuficiente detección de la cifra de población realmente infectada. A menos afectados contabilizados, mayor porcentaje de muertes. En España, las cifras de la infección rondan oficialmente las 50.000 personas, un dato que modelos matemáticos fiables aplicados a este proceso epidémico consideran altamente irreal y que reflejaría aproximadamente un 10% de la verdadera extensión de la infección. Buena parte de estos contagiados no experimentan síntomas, o no los identifican, o deciden pasarlos en casa sin informar de ellos a ningún servicio sanitario dada la notable dificultad con que chocan quienes sí optan por comunicar con la red asistencial.

    Queda por resolver la incógnita de qué sucede en los ocho días que preceden al brusco devenir negativo de algunas infecciones. ¿Se debe al perfil de un virus en permanente mutación? ¿Surge de las características genéticas de cada individuo? A la velocidad que van las investigaciones es probable que lo sepamos pronto.

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