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Cooperativas que no cooperan entre sí

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Hemos sido entrenados para competir, y el concepto “colaborar” se asocia al buenismo. Y sin embargo, a veces suceden cosas increíbles. La plataforma edX, por ejemplo. Uno se imagina que Harvard y el MIT rivalizan como instituciones educativas de élite, pero fueron capaces de fundar una plataforma –a la que se han sumado otros centros de primera- donde pueden seguirse múltiples cursos. No importa de qué. Psicología, Arquitectura, Informática, las Ciudades del Futuro, Ciencias Políticas. Las escuelas han sabido sumar esfuerzos para crear una comunidad de estudiantes online y de paso, investigar nuevas técnicas de aprendizaje.

Es uno de tantos ejemplos de lo que el experto en coinnovación Alfons Cornella predica por medio mundo bajo el nombre del “Co-society”.

La cosa va de la energía económica que surge cuando se mezclan capacidades de empresas que en apariencia no tienen nada que ver. ¿Alguien juntaría a Biotherm (cremas) y a Renault (coches)? han cooperado para inventarse materiales que no sólo protejan el medio ambiente, sino también la salud de quienes viajan dentro de un automóvil. Danone y Starbuck’s, para lanzar una línea específica de yogures. O Cirque du Soleil ha aportado su creatividad a la marca de ropa Desigual. Muchas empresas gordas, de las que triunfan por todo el planeta, han comprendido la gracia de la mezcla. Algunas, aunque sea para vestir su imagen (Coca-Cola y su silla ecológica, fruto de la cooperación con Emeco en EE UU).

Pero encontrar ejemplos en el mundo de la economía social no resulta tan sencillo. Buena parte de las cooperativas que han generado proyectos conjuntos colabora por el simple bien del sector: para dar a conocer las ventajas del modelo cooperativo, para fomentar sus valores entre los más jóvenes, para ofrecer formación sobre esta forma de entender la empresa y el trabajo, o para hacer lobby. “Puede que cueste encontrar casos porque las cooperativas no colaboran, o quizá porque lo hacen y no suelen contarlo”, comenta Maravillas Rojo, ex secretaria general de Empleo y ahora responsable del Programa de Innovación Social del Gobierno catalán.

Da qué pensar por qué en un mundo donde todo empieza por COOP se coopera tan poco. Aunque algunos casos hay. El propio Alfons Cornella los explicó hace unos días a un puñado de cooperativistas reunidas en Collbató por Aracoop, un programa público-privado que busca multiplicar el número de cooperativas, su tamaño y su sostenibilidad, en el que participan 80 instituciones, empezando por la Federación de Cooperativas de Cataluña, y promovido por la Generalitat. Su renovado interés se explica porque las cooperativas han mostrado mayor resistencia ante la crisis, debido a su gestión participativa y al compromiso que genera entre los empleados cuando a la vez son socios del proyecto.

La cuestión es que la gente de aracoop metió a medio centenar de cooperativistas en un confortable centro de EADA, en plena naturaleza. Unos se dedicaban a los huertos urbanos; otros, al material didáctico para niños. Había empresas de reinserción y de formación. Muchas estaban relacionadas con la alimentación, otras tantas con la ecología y sin olvidar los servicios diversos de atención a las personas.

Alfons Cornella y Mónica López, que monitorizaban el experimento, nos hicieron pensar en aquello que creemos que sabe hacer cada cooperativa. No en el producto en sí, sino en las capacidades que implica hacerlo, y en los activos de que dispone cada uno.

La primera mano que se levantó fue para subrayar que éramos demasiado pequeños para plantearnos proyectos como los de, pongamos, Coca-Cola. Y la segunda, para incidir en que los pequeños no pueden permitirse destinar demasiadas energías, ni tiempo ni recursos en inventos que comprometan el propio devenir de la cooperativa.

Pero resulta que el pequeño tamaño era lo que importaba. “El mundo se ha vuelto demasiado complejo para hacer las cosas solo”, replicó Cornella. Algunas experiencias de suma como el grupo Clade corroboraron que todo puede  nacer de reuniones informales que van tomando cuerpo.

“Hay muchos radicales libres, pero hacen falta moléculas”, sentenció el consultor, quien insistió en que los ejemplos de colaboraciones deben probarse con una muestra de usuarios, desarrollar una hipótesis testarla con un grupo reducido de personas, o en realizar un prototipo rápido que contrastar entre el público.

Después de 24 horas intensas, y de mucho debate entre grupos aleatorios que al principio se miraban como extraños, surgieron un montón de ideas. La mejor valorada por los presentes fue un proyecto que sumaba para innovar. O estandarizar modelos cooperativos que funcionen para que puedan replicarse en otros lugares del territorio (algo parecido a las franquicias, pero la palabra no triunfa mucho en la economía social). Innovar no siempre tiene que ver con la capacidad financiera. Tal vez sea cierto que el futuro sea hibridar proyectos sin aparente relación entre sí. La incógnita reside en si, una vez de regreso a casa, el torrente de ideas quedará en un cajón. Por qué suena casi marciano sentarse junto a otro que comparte filosofía y valores para cruzar información, más allá del producto o servicio que cada uno ofrezca, con el fin de descubrir el potencial y las ventajas de la suma. A la cabeza me vino la experiencia del Heraldo de Madrid, que, 75 años después de su incautación por los falangistas, el pasado 30 de marzo regresó a la calle fruto de la colaboración de nuevos medios de comunicación como el diario.es, La Marea, Infolibre, fronterad, Materia, Jot Down, Revista Fiat-Lux, Libero, Mongolia y Alternativas Económicas.