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La clave era prevenir

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Entre tanto ruido causado por la pandemia de covid19 ha pasado bastante inadvertido que dos territorios chinos relativamente pequeños pero muy cercanos al foco irradiador de la pandemia, Taiwán y Hong Kong, han tenido muy pocos casos de contagio. Pese a sus diferencias, les une un aspecto básico: aprendieron la lección de la epidemia de SARS del 2003 y se prepararon a fondo para combatir un futuro ataque de algún nuevo virus. A ellos, el SARS CoV2 no les ha cogido desprevenidos.

Un inciso. La alta probabilidad de que un nuevo virus respiratorio provocara una mortandad en todo el mundo es algo que las autoridades sanitarias barajaban desde hace muchas décadas y el SARS la puso en primer plano. El temor a una nueva gripe como la de 1918 siempre ha estado ahí. Lo que ha sucedido, quizás, es que en Europa y América se ha observado el problema desde lejos, como algo de asiáticos, sin valorar suficientemente su eventual gravedad, como si el intercambio de viajeros entre continentes no se estuviera multiplicando de  año en año.

Centrémonos en Taiwán, una isla con 23 millones de habitantes que por presiones chinas no forma parte de la Organización Mundial de la Salud, que impuso controles a los pasajeros procedentes de Wuhan el día de Nochevieja, tres semanas antes de que se anunciara por la OMS la transmisión entre humanos del nuevo virus. Después vinieron los controles de temperatura en los aeropuertos, las cuarentenas a pasajeros, la producción masiva de mascarillas y la entrega de dos por semana a toda la población, la desinfección sistemática de edificios públicos e infraestructuras, los controles de fiebre en las ciudades. En total 124 medidas, estudiadas y valoradas durante años. Así contuvo la epidemia en medio centenar de infectados, que en los últimos días han crecido hasta 77 debido a la llegada, ¡oh, sorpresa!, de viajeros procedentes de Europa

No es momento de reproches, pero resulta obvio que ni la Unión Europea ni el Gobierno de España ni los de las comunidades autónomas han actuado con la diligencia mostrada en Taiwán y otros enclaves asiáticos. La puesta en marcha de muchas medidas concretas y de forma inmediata es lo que se ha demostrado efectivo. Aquí, en Europa y España, se conocía perfectamente la teoría de lo que había que hacer pero no se había pensado en los detalles. No ha habido un plan claro y contundente para cortar de cuajo la expansión del virus. Ha faltado el impulso político para articular en un plan el conocimiento científico y técnico que sí existe en Europa y España.

Un buen plan de acción, con su capítulo de información sobre buenas prácticas dirigido a la población, habría supuesto sin duda un gasto, pero ínfimo si se compara con el desastre económico que tenemos encima, acompañado de dolor y muerte. Durante demasiado tiempo, en Sanidad se ha hablado mucho de recortes y muy poco de cómo mejorarla, de privatizarla para hacer más negocio con la salud pero no de ampliar su cobertura. La crisis del 2008 se saldó con la victoria de los pocos que manejan el capital financiero y la derrota del 90% de la población. Los estados demostraron entonces que eran necesarios para superar la crisis, pero lamentablemente optaron sobre todo por salvar a los bancos. Después de haber fallado en la prevención, les toca ahora demostrar que sirven para algo más.