La transición energética también es una guerra por el poder
El nuevo tablero ya no enfrenta fósiles y renovables: define quién controlará las tecnologías críticas y el poder económico y geopolítico de las próximas décadas.
La transición energética suele presentarse como un enfrentamiento entre combustibles fósiles y energías renovables. En realidad, la disputa es otra: quién controla el ritmo del cambio y quién ocupará las posiciones de poder en el sistema energético. Petroleras, eléctricas, grandes tecnológicas y gobiernos compiten por influir en un proceso que movilizará billones de euros durante las próximas décadas.
Las grandes petroleras han abandonado hace tiempo el negacionismo climático. La descarbonización ya no se discute; lo que se debate es cómo alcanzarla. Cada vez que una tecnología parece consolidarse, emerge otra alternativa: al vehículo eléctrico se contrapone el hidrógeno; después aparecen los combustibles sintéticos, el biometano, el metanol verde o la captura de carbono. Todas tienen aplicaciones reales, pero también responden a intereses económicos diferentes. Las refinerías encuentran nuevas oportunidades en los combustibles sintéticos; las redes gasistas, en el hidrógeno o el biometano; la captura de carbono permite prolongar la vida útil de activos ya amortizados.
La batalla ya no consiste en negar la transición, sino en decidir cómo se hace y quién controla el negocio energético.
Las advertencias del sector de los hidrocarburos sobre el impacto que la regulación europea del metano podría tener en el suministro de crudo merecen ser tenidas en cuenta, porque la transición debe preservar la competitividad industrial europea. Pero también muestra cómo todos los actores intentan influir en las reglas para proteger sus inversiones. No es una anomalía: es el comportamiento normal de cualquier empresa que opera en sectores intensivos en capital.
Las grandes eléctricas juegan una partida similar desde el otro lado del tablero. Su apuesta por la electrificación responde tanto a los objetivos climáticos como a la consolidación de un modelo de negocio basado en redes, almacenamiento y nuevos mercados de capacidad. Al mismo tiempo, el autoconsumo, la eficiencia energética y las comunidades energéticas introducen un elemento disruptivo al desplazar parte de la generación hacia consumidores, empresas y municipios.
A esta competencia se han incorporado nuevos actores con enorme capacidad financiera e industrial. Amazon, Google, Microsoft o Meta no producen energía, pero la expansión de la inteligencia artificial ha convertido los centros de datos en infraestructuras estratégicas y grandes consumidores de electricidad. Al mismo tiempo, fabricantes de baterías, semiconductores, electrolizadores, equipos eléctricos o redes compiten por ocupar posiciones clave en las futuras cadenas de valor. La batalla ya no consiste solo en producir energía, sino también en controlar las tecnologías, los componentes y las infraestructuras que harán posible la transición.
La incertidumbre se ha convertido también en un activo económico. Cuanto mayor es la duda sobre qué tecnologías dominarán el sistema energético, más fácil resulta retrasar decisiones o reclamar incentivos públicos. Diversificar inversiones entre petróleo, gas, renovables, hidrógeno, captura de carbono o almacenamiento permite reducir riesgos y mantener capacidad de influencia.
Las energéticas no defienden tecnologías; defienden inversiones, activos y posiciones de mercado.
La dimensión geopolítica añade todavía más complejidad. La dependencia europea de paneles solares, baterías o tierras raras fabricados en China ha convertido la transición energética en una cuestión de soberanía industrial, donde China y Estados Unidos compiten por la hegemonía tecnológica mientras Europa intenta no quedar relegada a un papel de mero importador de tecnologías críticas.
Esta nueva realidad obliga a replantear la propia política energética. Ya no basta con reducir emisiones o aumentar la cuota de renovables. La transición depende también de quién fabrique las baterías, controle los minerales críticos, desarrolle los electrolizadores, produzca los semiconductores o diseñe los sistemas de inteligencia artificial que gestionarán las futuras redes eléctricas.
El resultado es un escenario complejo en el que casi nadie apuesta por una única tecnología. Las grandes compañías invierten simultáneamente en petróleo, gas, renovables, hidrógeno, captura de carbono, digitalización o almacenamiento porque ninguna puede anticipar con certeza cuál será el equilibrio tecnológico dentro de dos décadas. A esta incertidumbre se añaden las tensiones geopolíticas, los cambios regulatorios y la creciente volatilidad política.
La ciudadanía recibe mensajes aparentemente contradictorios: neutralidad tecnológica, competitividad, autonomía estratégica, seguridad energética o descarbonización. Todos son objetivos legítimos, pero responden a prioridades distintas y, a menudo, difíciles de compatibilizar.
El problema no reside en que las empresas defiendan sus intereses. Esa es precisamente su función. La cuestión es quién garantiza que la suma de decisiones individuales conduzca al interés general.
La neutralidad tecnológica no puede confundirse con neutralidad política.
Por ello, la política pública no debería limitarse a arbitrar conflictos entre sectores. Su función consiste en proporcionar estabilidad regulatoria, coordinar inversiones, reducir incertidumbres y priorizar aquellas tecnologías que aporten mayor valor económico, social y ambiental. No se trata de elegir ganadores de antemano, sino de evitar que la falta de dirección retrase decisiones estratégicas o prolongue dependencias que terminarán siendo más costosas.
La transición energética ya no es únicamente una política climática; se ha convertido en una política industrial, tecnológica y geopolítica. Quien lidere la producción de energía limpia, controle las cadenas de suministro críticas y domine las tecnologías asociadas tendrá una ventaja comparable a la que otorgó el petróleo durante el siglo XX.
La planificación energética ha vuelto. Pero ahora debe convivir con empresas cuyo poder económico rivaliza con el de muchos Estados y con una intensa competencia geopolítica. La transición energética decidirá no solo con qué energía viviremos, sino también quién ejercerá el poder económico y tecnológico durante las próximas décadas.