Accede sin límites desde 55 €/año

Suscríbete  o  Inicia sesión

Los antivacunas, entre el higienismo y las ideologías en el siglo XIX

Comparte
Pertenece a la revista
Febrero 2022 / 99

Reacción: La aparición de las primeras vacunas generó una oleada de movimientos contra el Estado y los descubrimientos científicos. 

"Sanitation, not vaccination” (“Higiene, no vacunación”), proclamaba una pancarta durante una gran manifestación en las calles de la ciudad británica de Leicester en 1885. Era una reivindicación que sostenían médicos como W. J. Collins, que afirmaba: “La vacunación es inoperante si no hay higiene, y superflua si la hay”. Ese argumento higienista contra la obligación de vacunar a los niños ingleses contra la viruela desde 1853 no tenía nada de sorprendente: más higiene (y acceso a un agua no contaminada) era hasta entonces la única respuesta frente a epidemias como la del cólera. Tanto en Inglaterra como en el continente se esgrimieron también otros argumentos para rechazar la vacuna antivariólica. Su eficacia era dudosa si no se aplicaban dosis de refuerzo. Con razón: durante la guerra de 1870, la viruela causó 25.000 muertos en el ejército francés, frente a 500 en el alemán, que sí había administrado la dosis de recuerdo a sus soldados.

Los antivacunas invocaban también la peligrosidad de la vacuna. Consistía en inocular una enfermedad benigna para el hombre, la viruela de la vaca, que provocaba pequeñas pústulas en el vacunado de las que se extraían las vacunas para otras personas. Esa técnica, denominada de brazo a brazo, tenía un alto riesgo entonces no identificado: transmitir otras enfermedades de las que el vacunado inicial era portador (fiebre amarilla, cólera, tifus, sífilis, etcétera). Pero los antivacunas atribuían esas contaminaciones a la propia vacuna.

Otros argumentos no se basaban en constatación alguna: se temía la contaminación del cuerpo humano por una enfermedad animal, su degeneración e incluso su minotaurización, como expresa la viñeta humorística en la que figura un vacunado en cuya frente crecen cuernos (a la izquierda).

En un sentido más amplio, diversas corrientes ideológicas consideraban que las vacunas son contra natura y que lo mejor era, a falta de intervención divina, dejar actuar a la naturaleza.  

Impresiona constatar hasta qué punto los argumentos del pasado se han actualizado hoy

En el movimiento  contra las inyecciones convergen de nuevo corrientes de todo tipo

Pero el argumento principal era la defensa de las libertades frente al Estado, como las ligas de madres que defendían, en Inglaterra, su libertad de criar (y de vacunar o no) a sus hijos como les pareciera; o los que recurrían al habeas corpus, la ley que garantizaba las libertades individuales, frente a la vacunación obligatoria.

Algunos, ampliando así sus concepciones liberales de la sociedad, llegaban a contestar el derecho del Estado a imponer medidas de sanidad pública.

Los antivacunas de izquierda

También en la izquierda había personas en contra de las vacunas. En Inglaterra, los socialistas denunciaban la sustitución de la ayuda social por una medicina química, y se oponían a los guardianes encargados de obligar a las familias pobres a vacunar a sus hijos. Los sindicatos obreros estaban en contra de las campañas de vacunación en las fábricas y el movimiento owenista (el socialismo comunitario de Robert Owen) se unía al higienismo preconizando la calidad de vida y de alimentación para evitar la viruela.

En Francia, el movimiento antivacunas estuvo en auge en la década de 1880, cuando tuvieron lugar los descubrimientos fundamentales de Robert Koch y Louis Pasteur que revelaban la existencia de gérmenes específicos para cada enfermedad y cuando se acentuó la profesionalización de la medicina para disgusto de la miríada de curanderos de todo tipo.

Ilustración en la que un obrero es retenido por un policía y obligado a recibir la inyección.

Las diatribas del polemista de extrema izquierda Henri Rochefort en su periódico L’Intransigeant estaban dirigidas a atacar violentamente a Pasteur. Primero denunciaba los peligros de la vacuna veterinaria de Pasteur contra el carbunco, afirmando sin ninguna prueba que la vacunación del ganado contra esa enfermedad había provocado una hecatombe. Después ponía en duda el experimento de la vacuna contra la rabia: “El señor Pasteur ha presentado a sus amigos a un joven pastor que había sido mordido por un perro supuestamente rabioso y que, hasta el presente, no ha mostrado ningún síntoma de hidrofobia gracias a los cuidados que le ha prodigado el distinguido sabio al que pagamos anualmente veinticinco mil francos de pensión. Sería indispensable, en primer lugar, demostrar que el perro estaba rabioso; y, en segundo, lugar que ha contagiado su enfermedad al pastor a quien mordió.

Más allá de la polémica que rodea a la primera vacuna contra la rabia, Rochefort expresaba su desconfianza contra la ciencia y su colusión financiera con el Estado que la subvenciona: calificaba a Pasteur como un “químico financiero”. Su desconfianza hacia los médicos se expresaba en la conclusión de su editorial del 2 de noviembre: “En principio, consideramos prudente desconfiar de los doctores más o menos científicos que cantan victoria sin aportar a su triunfo otras pruebas que su afirmación. ¡Pues claro! Si hacemos caso a los médicos, estos tienen un remedio contra todas las afecciones humanas. Pero no es a ellos a quienes hay que hacer caso, sino a sus enfermos que son los únicos, en nuestra opinión, que tienen voz y voto en este asunto”.

Panfleto en contra de los beneficios económicos que generan las vacunas.

En su editorial del 2 de junio de 1886, Rochefort seguía insistiendo. Bajo el título Delirio de Pasteur expresaba con un curioso argumento su postura en contra de la eficacia de la vacuna antirrábica: “Han muerto de mordeduras de perros o de lobos rabiosos al menos el mismo número de personas que antes de la aparición de ese sospechoso Mesías”, sin dar la mínima cifra y sin precisar que el acceso a la vacuna era aún limitado.

Y en cuanto a la intervención del ministro de Instrucción Pública a favor de una suscripción para el Instituto Pasteur, escribía: “Es deber de un ministro no exponerse a otorgar la garantía gubernamental a errores cuyas consecuencias pueden ser un día muy graves”, sobrentendiendo que la peligrosidad de la vacuna antirrábica estaba demostrada. Y denunciaba las “peticiones de dinero” y la implicación de Pasteur en temas financieros por ser “administrador del Crédit Foncier (lo que era cierto), algo que “da que pensar”, decía Rochefort sospechando oscuros negocios financieros so capa de la sanidad pública.

Mezcla confusa

Impresiona constatar hasta qué punto los argumentos antivacunas del pasado se han actualizado hoy con unas denuncias en las que se entremezclan confusamente, los estragos de la industria química, varios escándalos farmacéuticos, supuestas mentiras de un Big Pharma ávido de beneficios y un Big Brother estatal ávido de controlar todo a expensas de la democracia. Y, en sentido contrario, se desarrolla un nuevo interés por las medicinas denominadas naturales, la defensa de la familia y la libertad individual. También como en el pasado, convergen corrientes de todo tipo. El menor fallo de la ciencia, algunos escándalos, verdades ocultadas que ponen en duda la inocuidad de las vacunas y los militantes antivacunas los hacen suyos. 

A este comportamiento se oponen con fuerza los que abordan el tema de las vacunas desde el punto de vista del bien común, desempeñando a veces el papel de denunciantes o defendiendo que cada vacuna tenga un tratamiento específico. “Cada vacunación es una iniciativa cuya pertinencia cambia en función de la epidemiología, de las otras soluciones terapéuticas, de factores económicos, de las prioridades de una nación”, considera la periodista científica Lise Barnéoud.

Es un comportamiento que perjudica también a los que, como los socialistas de antaño, temen que la vacuna dispense a las autoridades de hacer todo lo posible para mejorar las condiciones sanitarias y de vida de las clases populares.