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Poliomielitis, la epidemia que el franquismo ocultó

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Este no es mi primer confinamiento. Hace cerca de 70 años estuve tres meses encerrada en casa para evitar la polio, que ya había contagiado a varias niñas de mi entorno. Fueron mis padres quienes decidieron aislarme porque el Gobierno franquista del momento nunca dio instrucciones ni adoptó medidas para proteger a la población de aquella terrible epidemia. A la falta de información oficial se sumó la precariedad médica de la época, la mala alimentación que el país había soportado desde la guerra y la ignorancia de la gente sobre unos males que se consideraban inevitables. Un castigo de Dios.

La poliomielitis atacaba sobre todo a menores de entre 6 meses y 10 años. Por encima de esa edad también había casos, pero menos. El virus causaba la muerte pero, sobre todo, parálisis en las extremidades. Hasta 1958, casi una década después de que la enfermedad hubiera empezado a hacer estragos en España, el régimen no la reconoció como un problema de salud pública.

Dada la carencia de estadísticas fiables sobre los efectos de la poliomielitis paralítica en la España de la posguerra es difícil, casi imposible, establecer cuál fue su verdadero alcance. Estimaciones oficiosas apuntan a que entre 1949 y 1964 murieron al menos 2.000 personas y 32.000 sufrieron daños en el sistema nervioso central que produjeron parálisis en brazos y piernas y daños en la columna vertebral. Sin embargo, la Asociación Afectados de Síndrome de Polio y Post-Polio de España, en una información recogida por El País estimaba en 300.000 los afectados por los últimos brotes de la enfermedad, citando un estudio realizado en 1970. Y muchos de ellos todavía sobreviven.

Pero cifras a parte, lo que sí está demostrado es que la polio fue un duro azote durante casi dos décadas, y que se alternó con epidemias de gripe, sarampión y otras enfermedades infantiles, además de la temible tuberculosis, endémica desde hacía décadas. El régimen ocultó los datos, manipuló y mintió propiciando con su actitud que la enfermedad estuviera presente en España mucho más tiempo que en otros países. Las autoridades nunca establecieron un protocolo de protección colectiva y las dos vacunas que se desarrollaron se utilizaron con mucho retraso. Nueve años la Salk y tres la Sabin.

Sin instrucciones oficiales que seguir, cuando la enfermedad se cebó en mis compañeras de colegio y en niñas del edificio donde vivía y el contiguo, mis padres decidieron actuar por su cuenta. Relativamente bien informados pero sin ser sanitarios de profesión, me impusieron una cuarentena que, dada la gravedad de la situación, se prolongó todo un trimestre. No he sido capaz de recodar si el brote de mi aislamiento fue el de 1950 o el de 1952. Yo había nacido en el 44, por tanto tenía seis u ocho años.

La niña del 2º izquierda, enferma; la del edifico de al lado, también; la hija del lechero, al borde de la muerte; gravísimas dos de mis mejores amigas (ambas estudiaron luego medicina). Todas éramos alumnas del mismo colegio aunque no del mismo curso. Y no había cifras, pero a mis padres no les hacía falta conocerlas. La enfermedad estaba ahí, en la puerta de al lado. 

Mi madre, con ayuda de algunos  libros de divulgación médica se “inventó” un protocolo. Y como tanto ella como mi padre debían seguir trabajando, la única aislada fui yo. Se prohibieron las visitas. Nada de abuelas, amigas ni mucho menos vecinos. Vivíamos en el primero izquierda de un edificio de tres plantas con seis apartamentos, y en el descansillo mis padres se quitaban el calzado y la ropa de la calle, y entraban directos a la ducha.Se restregaban el cuerpo con un áspero jabón casero fabricado en nuestra propia cocina con el aceite del racionamiento, que por cierto terminó, precisamente, en 1952. Después se vestían con ropa limpia y usaban mascarilla y guantes dentro de casa. Durante los brotes mi madre aplicaba a los alimentos el mismo tratamiento que cuando se producían las alertas de cólera (agua hervida incluso para lavarse los dientes y solo alimentos cocinados). Entre uno y otro brote, las ensaladas y las frutas se lavaban con agua abundante y unas gotas de lejía.

Los colegios creo que no se cerraron —desde luego, el mío seguía abierto cuando mis padres me confinaron— pero sí hubo una desbandada considerable de alumnos. Quienes tenían familia en el campo enviaban allí a los niños para alejarlos de la ciudad, del colegio, de sus hermanos enfermos y de sus amigos. Y caían uno detrás de otro. Perdimos muchos días de clase porque los brotes se sucedieron varios otoños, con intervalos de dos años, pero recuperábamos los programas de estudios sin contratiempos. Sin embargo, las terribles secuelas de la epidemia no se superaron. Hasta el final del bachillerato seguí conviviendo con mis amigas afectadas por la polio, contemplando los estragos de la enfermedad en sus extremidades deformes. Los niños varones se vieron también afectados, pero solo las recuerdo a ellas porque mi colegio era segregado, como casi todos en aquellos años.

El confinamiento actual me ha traído a la memoria aquella pesadilla y he tenido curiosidad por conocer  algunos detalles de la enfermedad. He descubierto que los poliovirus que causaban la polio son también de ARN, como los coronavirus. Y me ha sorprendido leer que el 95% de los infectados son asintomáticos, que los virus  no producen en ellos enfermedad alguna. ¡Hubo muchísimos más infectados de los que se creía!

Dentro de aquel terrible escenario fui una niña afortunada. Hija única  de una pareja añosa, término semidespectivo que se aplicaba a padres mayores que por la guerra no tuvieron oportunidad (o deseo) de procrear más jóvenes, recibí una atención casi obsesiva. Yo ya había observado, molesta, que las medidas de higiene siempre iban en mi casa mucho más lejos que en las de mis amigas, así que cuando me encerraron me lo tomé fatal. Pero cuando regresé al colegio entendí muy bien lo que aquello había significado. Nunca sabré si las “excentricidades” de mi madre y mi larga ausencia del colegio sirvieron de algo. Sí sé que la enfermedad pasó por delante de mi puerta.