Totalitarismo y democracia

  • Por (Editorialista de Alternatives Économiques y ex presidente de la cooperativa)
    Mayo 2016

    Giro  En principio, el índice de paro en Francia debería volver al 9,9% a finales de junio de 2016, tras estabilizarse en el 10% el pasado diciembre. No es para echar las campanas al vuelo, pero, a pesar de la timidez de la recuperación, se ha iniciado el descenso. Si bien aumenta el empleo, la productividad, sin embargo, apenas crece. ¿Constituye ello un problema? No especialmente en la economía actual. Tomemos como ejemplo el Internet colaborativo que nos permite acceder gratuitamente a la cultura o sustituir la posesión de bienes por su uso: vivimos mejor produciendo menos. Es decir, nuestra calidad de vida está en parte desligada de la actividad. Una buena noticia en un momento en que es necesario no malgastar los recursos del planeta. En lugar de empeñarse en medir el producto interior bruto (PIB) o la productividad habría, pues, que observar si todo el mundo tiene acceso a una alimentación sana, una vivienda decente, a la sanidad, la movilidad y la educación de un modo sostenible e inclusivo. Ese es el sentido de la ley sobre los nuevos indicadores de riqueza aprobada el año pasado por la Asamblea Francesa a iniciativa de la diputada ecologista Eva Sas.

    ¿Pero qué relación tiene esto con el paro? Que una economía de baja productividad y alto nivel de empleo puede declinarse de múltiples maneras. Estados Unidos y, más cerca, Alemania demuestran que tener poco desempleo no impide el aumento de las desigualdades, pues la gran intensidad de empleo en determinados servicios va unida a unos salarios muy bajos. En un momento en que nuestros dirigentes no paran de repetir que más vale un trabajo cualquiera que ningún trabajo, no estaría mal reflexionar sobre ello. No para sentirse satisfecho con la situación presente, sino para recordar que no se trata de crear empleos a cualquier precio, sino de aumentar la intensidad en empleos de la economía a la vez que se reducen las desigualdades.

    Novlangue “La guerra es la paz; la libertad, la esclavitud”: en su novela 1984, George Orwell describe una sociedad totalitaria en la que la propaganda oficial invierte el sentido de las palabras. ¿Qué diría hoy el escritor? Desde hace unas décadas, la palabra reforma ha perdido su sentido positivo para convertirse en sinónimo de cuestionamiento de las conquistas sociales. Más tarde, el maravilloso término  plan social ha pasado a denominar los despidos colectivos. Ahora llegamos al summum, cuando Pierre Gattaz, presidente de la patronal Medef, hace un llamamiento a “proteger el despido”. En otras palabras: reducir las garantías  de que disponen los asalariados frente a la arbitrariedad patronal.

    Rusia La caída del precio del petróleo y las sanciones occidentales impuestas a Rusia la están hundiendo en la recesión: tras una disminución de la actividad de cerca del 4% en 2015, no hay ningún atisbo de esperanza para 2016. Nada de extrañar en un país repleto de recursos naturales y en el que la mejor manera de enriquecerse es tener amistades al más alto nivel para captar una parte de la renta. La incapacidad de Rusia para levantar una economía de mercado diversificada sobre las ruinas de la antigua economía planificada es paralela a su incapacidad para pasar del totalitarismo a la democracia.

    La vuelta al orden impuesta por Putin ha sido celebrada por los nostálgicos de la URSS

    La gestión autoritaria impuesta por Putin desde su ascensión al poder no ha permitido que el potencial de Rusia despunte, pues no ha establecido un auténtico Estado de derecho. La vuelta al orden impuesta por este ex agente del KGB ha sido celebrada en ocasiones por los nostálgicos de la URSS como una etapa necesaria en un país sin tradición democrática. En la práctica, Putin ha hecho de Rusia una suerte de emirato petrolero con una gran dependencia del exterior.

    Paradójicamente, aunque esta situación agrava las dificultades de los rusos, puede ser una buena noticia para el país que, al no poder importar, se ve obligado a desarrollar la producción interna. Un cambio que facilita la caída del rublo. El país dispone para ello de bazas considerables: una mano de obra bastante cualificada, un potencial científico y técnico elevado y una sociedad que está deseando ponerse en movimiento si le dan libertad para hacerlo.

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