Pequeño manual de autodefensa
Gigantescos centros de datos que dejan sin electricidad a barrios enteros y un consumo de agua descomunal: los estragos ecológicos de la inteligencia artificial (IA) son bien conocidos. Pero existen otros. Se plantean impactos éticos, como la explotación de los trabajadores del clic que entrenan estos modelos y los sesgos discriminatorios que incorporan.
Los riesgos de un uso malintencionado también son muy reales, ya se trate de ciberataques o del diseño de virus capaces de provocar nuevas pandemias. Sin olvidar los accidentes, cuando la IA escapa al control de sus desarrolladores. Ningún ingeniero ha entrenado una IA para que aconseje a adolescentes que se suiciden. Y, sin embargo, lo ha hecho.
Por último, y aunque este discurso pueda sonar a discurso desde 'la vejez cascarrabias', resulta difícil cerrar los ojos a la evidencia: los riesgos de las herramientas de la IA también son cognitivos. Bajo su aparente inocuidad, nos alejan de nuestra propia capacidad de pensar. El slop generado por IA —esa 'papilla de IA', una producción automática lo bastante aceptable como para conformarnos con ella, aunque carezca de...