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El relato económico

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Febrero 2016 / 33

La economía es considerada una ciencia. Pero no se me alarmen: incluso el periodismo y la publicidad han llegado a ser calificados, universitariamente, como Ciencias de la Información. La economía es tan científica como la política o la sociología. Es decir, poco. Incluso su rama más técnica, la econometría, que intenta predecir los comportamientos humanos con fórmulas matemáticas, se parece más a la Cábala o a la astrología que a ninguna otra cosa. Ojo, no digo que la economía sea una farsa, como tampoco lo es la política. Se trata simplemente de que jamás existirá una ley general para predecir y explicar los ciclos expansivos o recesivos. Nunca habrá una simple fórmula, un E = mc2 que rija su comportamiento. En ese sentido, la economía es más complicada que el universo.

La economía viene a ser una especie de hiperliteratura. Construye relatos y nosotros vivimos de acuerdo con ellos. Podríamos decir que la economía constituye la máxima expresión de una cultura, porque decide (de forma maravillosamente arbitraria) qué es importante y qué no lo es. Desde hace casi cuatro décadas, cuando las sociedades occidentales abandonaron su fe en el paradigma socialdemócrata, nos hemos gobernado por principios aparentemente estrafalarios: es esencial que los ricos ganen más y más dinero porque las migajas que caen de su mesa alimentarán al resto; los mercados son más sabios que las personas; capitalismo y democracia son las dos caras de una misma moneda. Curioso, ¿no?

Las grandes fortunas corren más que los recaudadores fiscales

La economía viene a ser una especie de ‘hiperliteratura’

La Gran Crisis ha destruido de forma irremediable el relato dominante desde 1980. Por desgracia, de momento no existe alternativa. Las historias de ese gran narrador que fue Keynes no pueden ser recuperadas porque su clave argumental, los impuestos progresivos y las políticas expansivas contra las crisis, ya no es creíble: las grandes fortunas corren mucho más que los recaudadores fiscales. Las grandes narrativas del pasado nunca vuelven. Lo que hoy llamamos “neoliberalismo” tiene poco del liberalismo clásico y mucho de capitalismo de Estado. Cualquier cosa con el prefijo neo indica falsedad.

¿Qué hacer? Confiar en que algún oscuro economista, en alguna universidad, invente pronto un relato extraordinario que se difunda poco a poco y que logre convencernos. Mientras tanto, a pasar las de Caín.