La bestia que cualquiera podría llevar dentro
El desamparo, la sensación de ser un olvidado, de ser el último de la fila, el desgraciado al que le ha tocado la peor parte; alguien que no ha hecho más que ensuciarse las manos, romperse el lomo y trabajar, y a quien nadie escucha. Esas cosas dan mucha rabia.
No fui la última de la fila. Probablemente me ubico en el centro. Pero no me han regalado nada. Lucho, como muchos, por llegar a fin de mes. Y puedo entender la rabia hacia el ricachón acomodado y engreído que no quiere ver ni oír. Puedo imaginar lo duro que debe de ser haber caído en el último lugar. Esa desigualdad. Y que esa rabia, quizás, tal vez, se vuelva bestial.
As bestas me hace recordar a aquellos niños guais, de buen nacer y buen comer, que con toda su buena voluntad —y su conciencia tranquila—, quieren hacer el bien ... y hacerse el bien sin realmente ponerse en los pies del otro.
Veía la película y pensaba: esos sindicalistas que nunca han sido obreros. Esos políticos que dictan leyes dañinas por dogmas teóricos, que no saben lo que es salir a ganarse el pan. Esos políticos de izquierdas con seguro médico privado que llevan a sus hijos a escuelas Waldorf, que no han conocido la pobreza ni la necesidad, pero han tenido la suerte de pisar las aulas universitarias y van dictando cátedra sin escuchar. Que saben lo que está bien y lo que está mal con rotundidad y alevosía.
También me hace...