La destrucción de los gobiernos bondadosos
Si quienes mandan no pueden parar el cambio climático, detener la proliferación de misiles, ofrecer vivienda y sostener una sanidad que avise a tiempo, ¿para qué sirven?
Afirmar que la bondad ya no existe en este mundo es tan falso como sostener que la acción de los gobiernos es bondadosa. Me refiero a los gobiernos de eso que llamamos naciones, tengan o no Estado propio (que ahora nadie se ofenda, por favor). Naturalmente, de vez en cuando aparecen noticias protagonizadas por algunos alcaldes y otros cargos que, quien más, quien menos, realizan algún acto de bondad, aunque solo sea en días muy señalados.
Esa bondad, sin embargo, es pequeña, es demasiado estrecha. No nos sirve. No es para nada de alcance global; por supuesto, no detiene el cambio climático. Necesitamos una bondad al por mayor, capaz de gobernar naciones, capaz de hacer que el mundo —y, ya puestos, el universo entero— se rija por las reglas de una cierta humanidad, aunque tenga el descaro de ser tan laxa como para convertir la ayuda humanitaria en un arma (letal).