Cuidar como un clavo ardiendo
Atender a personas es un trabajo necesario y digno, pero nunca debería ser un peaje que pagar
ni un rincón al que relegar a nadie por su origen
Digo yo que alguien tendrá que limpiar en sus casas, alguien tendrá que recoger sus cosechas y alguien tendrá que poner los ladrillos de las casas donde luego vamos a vivir todos los demás”. Con este exabrupto respondía hace unos meses Isabel Díaz Ayuso a las soflamas antiinmigración de Vox en la Asamblea de Madrid. Mucho se ha escrito sobre la concepción marcadamente xenófoba, clasista y utilitarista de la inmigración que rezuman estas palabras: la inmigración resulta tolerable siempre y cuando venga no solo a trabajar, sino a hacerlo en un papel subalterno en el mercado de trabajo y, por ende, en la sociedad. A limpiar nuestras casas, a recoger nuestras cosechas, a poner los ladrillos de nuestras casas. De esta lista debió de caer, por algún motivo, cuidar a nuestros mayores.
El sector de los cuidados ha sido, para muchas mujeres trabajadoras que han emigrado a España en los últimos años, una parada casi obligatoria, una pista de aterrizaje. Es un clavo ardiendo al que agarrarse mientras se resuelve la situación administrativa, mientras se espera la homologación de un título que nunca llega, mientras se encuentra otra cosa. A veces, ese mientras se alarga, y lo que se creyó provisional, deja de serlo. Por supuesto, existe la vocación por los cuidados. Cuidar, acompañar y sostener a aquellos que lo necesitan es un trabajo digno y necesario, pero nunca debería ser un peaje que pagar ni un rincón al que relegar a nadie según su origen.
El sector más feminizado
Los datos son bastante elocuentes. Al cierre de 2025, el 95% de los afiliados en el Sistema Especial de Trabajadores del Hogar —modalidad en que suelen ser contratadas las mujeres cuya principal tarea son los cuidados— eran mujeres; y el 41% de ellas, extranjeras. La comparación de los datos de afiliación con los que ofrece la EPA permite, además, estimar un porcentaje de empleo informal cercano al 40% en el empleo del hogar. No existe ningún sector más feminizado ni con más presencia de trabajadores extranjeros —trabajadoras, en este caso—. Tampoco existe un trabajo peor pagado en nuestro mercado laboral: 1.138 € brutos al mes en 2024, de acuerdo con la EPA, apenas unos euros por encima del salario mínimo interprofesional (SMI) y escasamente la mitad del salario medio global. Si nos centramos en el caso de las cuidadoras en régimen interno, de unas 40.000 trabajadoras según un informe de Intermón Oxfam , hasta 9 de cada 10 serían extranjeras.
La crisis de los cuidados en la que España lleva años inmersa tiene mucho que ver en esta situación: cuando las necesidades de cuidados de personas mayores o dependientes no se pueden resolver en el ámbito estrictamente familiar, la respuesta insuficiente o tardía de las administraciones públicas lleva a la externalización a través del mercado de los cuidados en otras mujeres, a menudo extranjeras y casi siempre vulnerables. Es una curiosa forma de proteger a las mujeres autóctonas —a las que pueden permitírselo— de la disminución o abandono de la actividad laboral. De ahí el interés en que vengan a cuidar a nuestros mayores.
La regularización extraordinaria de personas migrantes que acaba de arrancar, sin duda va a ofrecer mejores oportunidades a muchas mujeres. De todos depende dignificar el trabajo de los cuidados para que no sea más ese lugar al que nadie quiere ir.