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El trabajo del hogar cuenta otra historia

Las investigaciones de Jane Humphries ponen de relieve los sesgos de la historia económica al ignorar el peso de las actividades domésticas

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Mayo 2026 / 146

La noción de care (cuidados) se ha impuesto en el lenguaje corriente y político para calificar el conjunto de actividades —remuneradas o no— que consisten en cuidar de los demás y de su entorno vital; en asegurar el "trabajo reproductivo" y no solo el "productivo". Este conjunto abarca los servicios y prácticas sociales de ayuda a la persona, los sectores de enfermería y médicos, y también un gran número de tareas que normalmente denominamos "domésticas".

Las economistas feministas han hecho suyo desde hace tiempo de este concepto para poner en valor formas de trabajo ejercidas por las mujeres que no son reconocidas socialmente ni en las estadísticas económicas, en particular el trabajo doméstico no remunerado. No se trata de esencializar las diferencias entre hombres y mujeres, sino, al contrario, de partir del principio de que visibilizar todas las maneras posibles de trabajo es un paso necesario hacia la igualdad, el reconocimiento social y económico y el reparto de estas tareas.

Además, aunque las transformaciones sociales y tecnológicas del siglo XX disminuyeron el tiempo de trabajo dedicado a los cuidados y a las tareas domésticas, es probable que el envejecimiento de la población invierta ahora esta tendencia. Aumenta la demanda de cuidados y de atención a las personas, prácticas que pueden ser remuneradas o no, basándose en este último caso en los vínculos familiares o de amistad.

La ley de 2019 sobre los permisos para cuidadores familiares y los debates recurrentes sobre la escasez de personal para la ayuda a domicilio muestran cuánto se preparan nuestras sociedades —todavía con demasiada lentitud y dificultad— para las transformaciones económicas y sociales causadas por el envejecimiento.

Valoración monetaria del trabajo doméstico
Existe, evidentemente, un debate en el seno de la economía sobre la oportunidad de contabilizar el trabajo de care doméstico que no aparece en las estadísticas oficiales y, por tanto, de otorgarle un valor monetario. Más allá de las dificultades metodológicas de esta cuantificación, la cuestión es saber si valorar las prácticas no remuneradas como un trabajo asalariado no va en contra de la ética de los cuidados, al situar en un mismo plano formas de trabajo que no son equivalentes.

La respuesta que las economistas feministas aportan a esta cuestión es que la construcción de estadísticas y la valoración monetaria representan hoy el mejor medio para mostrar la magnitud del trabajo femenino y la persistencia de las desigualdades entre mujeres y hombres en el seno del hogar heterosexual (véase el reciente resumen de Nancy Folbre en el que presenta estos argumentos y la investigación en este ámbito, cuya primera contribución se remonta a la obra de Margaret Reid, Economics of Household Production, publicada en... 1934).

Desde Margaret Reid, y aún más desde la reapropiación del concepto de cuidados en la economía en las décadas de 1980 y 1990, especialmente por parte de Nancy Folbre, los economistas han intentado cuantificar el trabajo doméstico, ejercido en el pasado casi esencialmente por mujeres. El objetivo es observar cómo esta contabilidad cambia nuestra visión del desarrollo económico, medido por los salarios y el tiempo de trabajo masculinos, y posteriormente por el producto interior bruto, que excluye las tareas domésticas.

Hay intentos actuales para incluir las estimaciones del trabajo doméstico en el PIB, pero solo la historia económica permite tomar la medida del sesgo que la ausencia de consideración del trabajo femenino en las estadísticas causa en nuestras representaciones del desarrollo económico.

En un artículo recientemente publicado en el Journal of Economic History, "Careworn: The Economic History of Caring Labor" (Careworn: La historia económica del trabajo asistencial), la profesora de historia económica Jane Humphries busca producir dicha estimación para Inglaterra en un periodo muy extenso, de 1270 a 1860. Sus investigaciones anteriores ya revolucionaron la historia económica al mostrar cómo la inclusión del trabajo infantil, y luego la construcción de series salariales de las mujeres, cambiaban el relato tradicional de la Revolución Industrial del XIX.

Humphries comienza recordando la paradoja de las investigaciones actuales de historia económica cuantitativa que han emprendido el cálculo de series de PIB, de niveles de vida y de precios desde la Edad Media (véanse, en particular, los trabajos de Robert Allen y Stephen Broadberry). El cálculo de la evolución de los precios se basa, en efecto, en la definición de una cesta de bienes representativa del consumo básico (carne, leche, cereales, etc.). Sin embargo, lo esencial del trabajo de las mujeres necesario para transformar esos bienes básicos en consumo doméstico —imprescindible para sostener el trabajo remunerado del hombre del hogar— ¡no se tiene en cuenta en las estadísticas de producción!

Apoyo al trabajo del hombre asalariado
La autora también recuerda las numerosas horas necesarias para mantener la higiene en un hogar antes de la generalización del agua corriente y los sanitarios en el siglo XX. Reuniendo numerosas fuentes de origen y frecuencia diversos sobre el tiempo de trabajo doméstico y sobre el salario por hora de este trabajo cuando era remunerado, Humphries intenta calcular el valor total del trabajo doméstico que era necesario para que un hogar pudiera subsistir, permitiendo que el hombre se ausentara para trabajar fuera.

Incluso sus estimaciones más bajas muestran que al menos el 20% de la producción total de valor (lo que hoy llamamos PIB) se dedicaba a las tareas domésticas y, por tanto, está ausente de nuestras mediciones habituales. Y si esta cifra no fuera más importante en el pasado que hoy en día, es porque la autora valora el trabajo femenino al precio del salario de las mujeres de la época, que era muy inferior al de los hombres.

Cabe señalar que el artículo solo cuantifica las tareas domésticas ligadas al consumo y al mantenimiento del hogar; la autora subraya que no ha cuantificado lo relativo al "trabajo reproductivo", como el parto y la lactancia de los hijos.

No obstante, la profesora de historia económica se interesa aquí más por la evolución del coste y el tiempo del trabajo doméstico —en relación con el trabajo asalariado— a lo largo de los siglos. Observa, en particular, un fuerte aumento del trabajo doméstico y de su valor relativo durante la "revolución industriosa" del siglo XVIII, que precedió a la "revolución industrial" del siglo XIX.

Mirada sesgada sobre la economía
A raíz de los trabajos de Jan de Vries, se habla de "revolución industriosa" para caracterizar el aumento del tiempo de trabajo (en términos de número de horas asalariadas) causado por la necesidad de mantener o acrecentar el nivel de consumo del hogar. De manera coherente con el hecho de que esta revolución coincidía con una diversificación y multiplicación de los bienes de consumo, Humphries muestra que el trabajo doméstico necesario para sostener el trabajo del hombre asalariado aumentaba al mismo tiempo que este último.

Cuanto mayor acceso tenían los hogares a nuevos productos (tejidos, azúcar, carne, té, etc.), más debían trabajar las mujeres para que los hombres pudieran consumirlos y aprovecharlos. Para las mujeres casadas, concluye, la "revolución industriosa" no coincidió con un aumento del trabajo asalariado, sino que tomó una forma doméstica, oscureciendo así aún más la contribución de las mujeres al crecimiento económico y a la mejora del nivel de vida.

Recordemos, como la propia Humphries, la fragilidad de estas primeras estimaciones que se basan en fuentes incompletas e hipótesis estadísticas fuertes.

Sin embargo, este trabajo tiene el mérito de volver a poner de relieve hasta qué punto nuestra mirada sobre la historia económica está sesgada si no nos damos cuenta de que la actividad económica medida a lo largo del tiempo (mediante las estadísticas de precios, salarios y producción) solo podía llevarse a cabo porque era posible gracias al trabajo doméstico de las mujeres. 

No obstante, este trabajo ha sido invisible en las estadísticas de población y de producción, convertidas en el siglo XIX en un nuevo pilar de la gestión de los estados modernos y de la comprensión de la economía.

Foro CUIDA: Un espacio para el debate

Profesionales de residencias geriátricas, centros de día y servicios de ayuda a domicilio (SAD), además de personal sociosanitario, responsables públicos y entidades y organizaciones ligadas al ecosistema de los cuidados tendrán la oportunidad de debatir sobre el presente y el futuro de los cuidados en la primera edición del foro CUIDA, que se celebrará los días 27 y 28 de mayo en La Farga de L’Hospitalet (Barcelona).  "Es un foro profesional transversal que quiere reunir a todo tipo de perfiles del sector y en el que se abordarán de forma integrada la dimensión empresarial, la tecnológica y, especialmente, la social, asistencial y laboral de los cuidados", afirma Daniel Foncillas, director de CUIDA, impulsado por Profei SL y la Fundación FiraGran.

Entre los temas que abordará CUIDA figuran modelos de atención más humanos y centrados en la persona —como la implantación de unidades de convivencia y nuevos modelos como el senior living, que impliquen la participación real de las personas usuarias y sus familias en la toma de decisiones—; el bienestar y la sostenibilidd de los profesionales —habrá debates sobre el burnout (queme laboral), la captación de talento y los nuevos perfiles que se necesitan, junto con experiencias de organizaciones que mejoran la calidad de vida de sus equipos—; la integración social y sanitaria efectiva —casos reales de coordinación entre residencias, atención primaria y hospitales, además de modelos de atención compartida ya implementados—; el uso de la tecnología con criterios éticos —habrá talleres sobre telemonitorización y uso de la inteligencia artificial (IA) para la detección de riesgos, y debates sobre los límites éticos de la tecnología en los cuidados, así como los derechos y la calidad de vida —la toma de decisiones en la recta final de la vida, los protocolos legales y la responsabilidad profesional que conllevan—.  
"Queremos convertir la reflexión en acción y ayudar a los profesionales a cambiar de verdad los modelos de cuidado", subraya Foncillas.