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Una economía invisible

Cocinar, cuidar a mayores y a menores, acompañar y gestionar el día a día de un hogar permite que haya empleo, productividad y bienestar

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Mayo 2026 / 146

Gran parte del debate sobre igualdad de género se apoya en indicadores visibles: la brecha salarial, la presencia en puestos directivos, la representación política... Sin embargo, una parte esencial de la desigualdad se encuentra fuera de ese foco, en actividades que sostienen la economía pero que apenas aparecen en las estadísticas.

Una de las conclusiones centrales del informe Brecha de género 2026. La desigualdad que no se ve, de OBS Business School, es que parte de la desigualdad persiste precisamente porque permanece fuera del foco: no se visibiliza, no se mide y, por tanto, apenas se incorpora a las decisiones económicas y públicas. La economía de los cuidados es uno de los ejemplos más claros de esta realidad.

La gran paradoja
La paradoja es evidente. El trabajo doméstico y de cuidados no remunerado constituye una de las mayores infraestructuras de la economía contemporánea. Cocinar, limpiar, acompañar a personas mayores, cuidar de menores y gestionar el día a día de un hogar son tareas imprescindibles para que después exista empleo, productividad y bienestar. Sin embargo, al no implicar una transacción monetaria, este trabajo queda fuera del Sistema de Cuentas Nacionales y, por tanto, fuera de los indicadores con los que evaluamos la actividad económica. 

Y no hablamos de una cuestión menor ni simbólica. La evidencia internacional muestra que cada día se dedican en el mundo más de 16.000 millones de horas al trabajo no remunerado. Una parte sustantiva de ese volumen recae sobre mujeres y niñas. ONU Mujeres estima que ellas destinan, de media, 2,5 veces más tiempo diario que los hombres a tareas domésticas y de cuidados. Es decir, la economía formal funciona poyada sobre una economía invisible profundamente feminizada.

Cuando algunos países han intentado medirla con más precisión, la magnitud resulta difícil de ignorar. México, a través de su cuenta satélite del trabajo no remunerado de los hogares, estimó en 2024 que este trabajo equivalía al 23,9% de su PIB. En otros contextos, Naciones Unidas advierte de que, si se incorporara plenamente a las cuentas nacionales, su valor sería muy significativo. La pregunta, por tanto, no es si tiene valor económico, sino por qué seguimos organizando nuestras prioridades como si no lo tuviera. La invisibilidad estadística tiene efectos claros. Lo que no se mide suele quedar fuera del presupuesto y de la planificación. 

Tiempo y dinero
Los cuidados se naturalizan como si no implicaran tiempo, energía y renuncias profesionales. Pero sí los implican. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) estima que 708 millones de mujeres en el mundo están fuera del mercado laboral por responsabilidades de cuidados no remunerados. 

Detrás de esta cifra hay un efecto acumulativo sobre ingresos, cotizaciones, progresión profesional, autonomía económica y pensiones futuras. La desigualdad del cuidado acaba convirtiéndose en desigualdad de tiempo, de carrera y de seguridad material. Esta es una de las claves menos comprendidas del debate económico actual: el tiempo también es un factor de producción y de desigualdad. Quien dispone de menos tiempo propio tiene menos margen para formarse, descansar, asumir nuevos retos profesionales, innovar o participar en redes de influencia. La llamada “pobreza de tiempo” es un concepto significativo: implica una limitación estructural que condiciona trayectorias enteras.

Además, la invisibilidad no afecta solo al trabajo no remunerado. También alcanza a buena parte del trabajo esencial remunerado. Cuidados, limpieza, educación infantil, atención domiciliaria y enfermería sostienen el bienestar de hogares, empresas y sistemas públicos. Son actividades indispensables, muy feminizadas y, sin embargo, persistentemente infravaloradas. Eurofound ha documentado que los servicios sociales siguen situándose en Europa alrededor del 20% por debajo del salario medio. La paradoja se repite: cuanto más esencial para sostener la vida, menor reconocimiento económico y simbólico.

Esto obliga a revisar una idea demasiado extendida: que la igualdad pertenece sobre todo al ámbito social o cultural. No. La desigualdad de género está profundamente inscrita en la economía real. Afecta a cómo se reparte el tiempo, quién absorbe los costes invisibles del bienestar colectivo, qué trabajos se consideran productivos y cuáles quedan en la periferia del reconocimiento. Por eso, hablar de cuidados es más que introducir un tema “doméstico” en la agenda económica, es hablar de una de sus bases. También por ello resulta arriesgado seguir diseñando políticas sin datos desagregados y sin una mirada amplia del valor económico. Si solo observamos empleo formal, renta monetaria y sectores tradicionalmente masculinizados, dejamos fuera una parte central de lo que sostiene la sociedad. Medimos mejor la producción de bienes que la reproducción cotidiana de la vida. Y esa asimetría no es neutra: tiene sesgo de género.

No es un asunto privado
La buena noticia es que esta agenda está emergiendo con fuerza. Organismos internacionales como la OIT, ONU Mujeres y Naciones Unidas están impulsando marcos para invertir en economía de los cuidados, estimar déficits, calcular retornos y conectar igualdad con planificación presupuestaria. La cuestión trasciende el terreno ético y se ha convertido en un asunto económico, estratégico y clave para la sostenibilidad social.

Rediseñar la economía para que la igualdad sea posible exige, en primer lugar, reconocer que los cuidados no son un asunto privado, sino una infraestructura colectiva. Exige también medir mejor, redistribuir con corresponsabilidad real y dejar de tratar como periférico aquello de lo que depende todo lo demás. Porque la desigualdad más persistente no siempre es la más visible. 

A menudo, es la que se ha normalizado tanto que ha dejado de parecer un problema. Y, sin embargo, lo es. La economía de los cuidados constituye una infraestructura esencial sobre la que se apoya el funcionamiento de cualquier sistema productivo. Mientras permanezca fuera del foco de la medición y de las decisiones económicas, seguiremos proclamando avances en igualdad sin abordar uno de los factores que más contribuyen a reproducir la desigualdad.