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Los cuidados en las zonas rurales

La población que envejece lejos de núcleos urbanos tiene más difícil el acceso a determinados servicios asistenciales

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Mayo 2026 / 146

Los cuidados forman parte de la vulnerabilidad intrínseca de los seres humanos y son universales: todo el mundo necesita cuidados, físicos y emocionales. Cuando nacemos tenemos necesidades físicas de cuidados muy elevados y, a medida que nos hacemos mayores, las necesidades de cuidados físicos disminuyen, pero crecen las emocionales. Cada persona tiene un recorrido vital diferente y hay personas que llegan a los 85 años con pocas necesidades, pero, en general, la necesidad de cuidados se intensifica a medida que envejecemos.

Según datos del Instituto Catalán de Políticas Públicas (Ivalua),  el 49% de personas mayores de 75 años tiene necesidades de cuidados físicos. Además, en Cataluña la familia ha sido la encargada de los cuidados. Vivimos en un territorio con una gran familiarización del cuidado en el que es el ámbito familiar el que da el principal apoyo y, más concretamente, generalmente son las mujeres las encargadas de hacerlo. El sector público, aunque existe, no logra revertir estos índices. De hecho, España destaca por ser uno de los países europeos en los que se dedican más minutos no remunerados a los cuidados.

Además, estos hechos se contraponen con las realidades de los territorios, porque la población que envejece en una ciudad carece de las mismas características que la que lo hace en un entorno rural. En Ripollès, por ejemplo, el 25% de la población tiene más de 65 años y el índice del grado de dependencia de la población envejecida se sitúa en el 41,8%.

El caso de Hèstia Benestar
La gente que vive en municipios descentralizados tiene mayores dificultades para acceder a determinados servicios asistenciales y, a menudo, optan también por contratar asistencia domiciliaria. En Hèstia Benestar, una cooperativa de cuidados y atención a las personas mayores que ha nacido en Sant Joan de les Abadesses (Girona), priorizan la atención especializada y una mirada global de acompañamiento, aunque a menudo se topan con la economía sumergida que afecta directamente a la dignificación del sector y que también pone en jaque la continuidad de este tipo de inicio.

Todo ello, además, en un contexto en el que es necesario ajustar con calzador las necesidades de la población con el sueldo de las trabajadoras a final de mes. "Poder cubrir la demanda es muy complicado porque las personas que estamos trabajando tenemos los horarios completos. Cuando entra una demanda nueva, tienes que contratar a una persona quizás por solo 10 horas a la semana, y quizás el sueldo no acompaña, esto cuesta mucho llevarlo a cabo. Habría que pedir a las familias el doble de lo que les pedimos para tener un sueldo digno", Txell Descarrega, socia de la cooperativa Hèstia Benestar.

Descarrega, que lleva tres años haciendo malabarismos para cuadrar los intereses de todas las partes, explica que la responsabilidad económica acaba recayendo en las familias, lo que también pone en cuestión qué pasa con aquellas personas que no tienen los recursos para envejecer como quisieran. "Para que nosotros podamos mantener horarios y sueldos dignos, ahora mismo la responsabilidad repercute en las familias, aparte de las subvenciones y las ayudas que hay". Por todo ello, desde el sector reclaman políticas públicas que prioricen el bienestar de las personas y que permitan dignificar el trabajo de las trabajadoras familiares, que además de cuidar, también acompañan a usuarias y familias en algunos de los momentos más trascendentes, como los procesos finales de vida.