Hedy Lamarr, mito del cine y la ciencia

  • Octubre 2019

    El documental Bombshell, una historia de Hedy Lamarr pone en relieve los logros  tecnológicos de la estrella de cine, que tuvo una vida marcada por los prejuicios.

    Hedy Lamarr.

    Pocas vidas resultan doblemente interesantes como para pasar a la historia. La de Hedy Lamarr encaja a la perfección, ya que demostró que todo lo que tenía de belleza  lo tenía de inteligencia. Su vida estuvo vinculada a su paso por la meca del cine y, más tarde, se reconocieron sus méritos en el mundo de la ciencia como inventora de mejoras tecnológicas de gran calado.

    Nacida en la Viena de 1914, Hedwig Eva Maria Kiesler, conocida por su nombre artístico Hedy Lamarr, fue toda su vida una excepción. Considerada uno de los rostros más reconocidos de su época, nadie vio quién era realmente. Gracias al documental Bombshell, una historia de Hedy Lamarr, disponible en Movistar+, se nos da la oportunidad de conocer un poco más a la que fuera considerada la estrella de cine más hermosa, capaz de combinar una carrera cinematográfica con una vida como inventora que fructiferó en grandes avances técnicos.  Suyo es el mérito de desarrollar la base de seguridad que más tarde se implementó en dispositivos wi-fi, Bluetooth, GPS, teléfonos móviles y tecnología militar. Según el  documental, el valor de mercado de su invento se estima en 30.000 millones de dólares. 

    Desde pequeña Hedy fue muy ingeniosa, apasionada por el funcionamiento de los aparatos que llegaban a sus manos. Aunque siempre quiso dedicarse a la ciencia, se convirtió en una opción disparatada por su gran belleza. Procedente de una familia de judíos acaudalados, se casó a los 19 años con Fritz Mandel, aliado  de los nazis y cuyos celos coartaban cualquier atisbo de libertad para su esposa. El ingenio, precisamente, fue lo que salvó a Hedy de una vida frustrada a su lado. Un buen día se escapó haciéndose pasar por su criada y se fue a Londres. Si bien en Viena ya dio sus primeros pasos en el cine con películas picantes como Éxtasis (sin ella pretenderlo, ya que el montaje consiguió que ciertas escenas parecieran subidas de tono), cuando conoció a Louis B. Mayer, fundador del mítico estudio Metro-Goldwyn-Mayer, se le abrieron las puertas de Hollywood. Allí adquirió gran notoriedad por su belleza y agallas para abrirse paso como productora. Los inicios fueron complicados, sin saber el idioma y a merced de que le llegaran proyectos, ya que los contratos de los estudios con los actores en aquellos años eran más bien cadenas con las que retenerlos. Aun así, consiguió seducir a todo el mundo con películas como Argel (1938), Fruto dorado (1940) y, más adelante, Sansón y Dalila (1949), que le devolvió la gloria después de un largo periplo en el que consiguió deshacerse de su contrato con la MGM y sacar adelante proyectos suyos como La extraña mujer (1946) y Pasión que redime (1947). Su carrera la forman  una treintena de películas.

    Con el compositor George Antheil,  inventó una técnica pionera, los saltos de frecuencia, que patentó sin éxito, ya que el Gobierno de los Estados Unidos se negó a compensarla económicamente, argumentando que su invento no era de interés y, después,  por haber prescrito la patente. El reconocimiento le llegó décadas más tarde  de la mano de medios especializados en telecomunicaciones, que consideraron su invento revolucionario. En 1997 la Electronic Frontier Foundation enmendó el olvido y le concedió el Premio Pionero por haber contribuido al bienestar de la sociedad.

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