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El claroscuro de los monstruos

El viejo mundo, caracterizado por la sacralización de lo privado y la supremacía del dinero, murió en 2008 y lo hemos mantenido con vida artificialmente. Queda por ver cuánto dolor costará parir el mundo nuevo que tarda en aparecer.

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Septiembre 2022 / 105

Ilustración
Darío Adanti

De superestructuras, bloques hegemónicos y demás conceptos gramscianos podemos hablar cualquier otro día. Hoy viene a cuento la frase más poética, certera y comprensible de Antonio Gramsci: “El viejo mundo se muere, el nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”.
El viejo mundo murió hace ya algún tiempo. El deceso ocurrió en 2008.

El viejo mundo murió en 2008 y lo hemos mantenido con vida artificialmente

La gran crisis financiera se llevó por delante las maltrechas superestructuras institucionales e ideológicas (y dale con Gramsci) con las que íbamos tirando desde hacía cuatro décadas: la presunta eficacia del libre mercado (que raramente era eficaz y aún más raramente era libre) y la presunta ineficacia de las regulaciones estatales; la sacralización de lo privado; la supremacía del dinero y de otros bienes abstractos frente a los bienes tangibles; las ventajas de la cleptocracia (la historia de las privatizaciones, desde los Estados Unidos de Ronald Reagan hasta la Rusia de Boris Yeltsin y Vladímir Putin, constituye un manual del perfecto robo de guante blanco); la necesidad de bajar los impuestos a los ricos y de destruir los sindicatos en nombre, jaja, de la libertad.
Desde 2008, los contribuyentes de todo el mundo han sido obligados a subvencionar la supervivencia de sectores económicos (pongamos como ejemplos la banca y las líneas aéreas, pero hay más) cuyo modelo de negocio había decaído hasta convertirse, básicamente, en una extorsión a la sociedad. El riesgo de dejarlos hundirse parecía inasumible. Por tanto, había que rescatarlos. De igual forma, el consumidor ha sido exprimido por las mismas compañías energéticas que han asfaltado el camino hacia el desastre climático. 

Habrá que ver cuánto dolor costará parir ese mundo nuevo que tarda en aparecer


Hemos mantenido artificialmente con vida un mundo muerto. Y no se nos ha ocurrido cómo ha de ser el mundo nuevo. En ese claroscuro han ido apareciendo los monstruos.
Afrontamos la enésima crisis (no hace falta insistir en su contorno: inflación, deuda pública, carestía energética, degradación del empleo, auge de los monopolios tecnológicos, autoritarismos) y, por tanto, la enésima oportunidad de alumbrar otras superestructuras.
Hace unos 40 años de la revolución autodenominada liberal, que se ensayó previamente en las dictaduras militares de Chile y Argentina. Hace unos 80 años de la revolución socialdemócrata o keynesiana, surgida de la Segunda Guerra Mundial. Habrá que ver cuánto dolor costará parir ese mundo nuevo que tarda en aparecer.