Una nueva manera de medir el impacto de las entidades sociales
Más allá del valor generado y de la contribución al bien común, se necesita un índice que cuantifique la colaboración entre entidades, la circulación de recursos en el tejido social y la fortaleza del tejido solidario.
Las entidades sociales ocupan un lugar central en la construcción de sociedades más justas, inclusivas y sostenibles. Su función no se limita a prestar servicios o a atender necesidades; también generan vínculos, fortalecen capacidades, promueven derechos y contribuyen a transformar el entorno en el que actúan. Por eso, evaluar su impacto exige una mirada amplia, capaz de recoger tanto los resultados directos de su actividad como los efectos más profundos que producen en las personas, en la comunidad y en el sistema económico y social.
Durante mucho tiempo, la evaluación de las entidades sociales se ha basado en indicadores de actividad: número de personas atendidas, intervenciones realizadas, horas de atención, recursos ejecutados y acciones desarrolladas. Aunque estos datos son necesarios, resultan insuficientes si se pretende comprender el valor real generado. Una entidad social puede llevar a cabo muchas acciones y, sin embargo, no producir cambios significativos en la cohesión comunitaria o en la equidad del entorno. Por ello, el reto consiste en construir formas de medición que permitan visibilizar el impacto...