Ciclo político y económico: ¿Convergencia o divergencia?

Para superar las miserias del presente, la izquierda debe iniciar un nuevo ciclo que dé respuesta a las necesidades sociales

Comparte
Pertenece a la revista
Julio 2023 / 115
Malabares

Ilustración Elisa Biete Josa

El comienzo del siglo XXI no ha podido ser peor: tres crisis sufridas en las dos primeras décadas, lo que ha tenido consecuencias tanto en la economía como en la política. La primera fue una crisis financiera que se trasladó a la economía real; la segunda, motivada por la pandemia; y la tercera, la guerra de Rusia y Ucrania, que ha supuesto una elevada inflación. Es un proceso que ha generado una convulsión política considerable. Los hechos acaecidos han puesto patas arriba la política tradicional y dentro de todo ello el hecho más preocupante es el crecimiento de la extrema derecha. 

El declive de la socialdemocracia

El auge de la extrema derecha resulta coincidente con la decadencia de la izquierda. La progresiva desaparición de los partidos comunistas en Occidente y la crisis de la socialdemocracia explican la pérdida de influencia política de la izquierda. En 2011, José V. Sevilla, en el libro El declive de la socialdemocracia (RBA), hacía un análisis bastante completo de las causas que lo han motivado. Este declive comenzaría a partir de la década de 1970. En esta década se produjo una crisis estructural cuya salida se hizo con la progresiva implantación de las políticas neoliberales. Con el avance del neoliberalismo y la creciente influencia del ámbito de la economía sobre la política, los márgenes para esta última se fueron haciendo cada vez más estrechos.

Por su parte, Ignacio Sánchez-Cuenca, en La izquierda: fin de (un) ciclo (Catarata, 2019), plantea una visión pesimista desde la perspectiva de la izquierda. El desgaste del keynesianismo y su reemplazo por los modelos neoclásicos de gestión de la economía han supuesto la culminación de un proceso de cambio en el que la economía, por primera ocasión en la historia, desempeña un doble papel, siendo a la vez determinante en última instancia e instancia dominante. La política, por supuesto, sigue existiendo, pero ahora subordinada con respecto a la economía. 

Los dos análisis, como se ve, conceden la primacía a la economía sobre la política, y esto ha provocado un ciclo político descendente para la izquierda. Esto no quiere decir ni mucho menos que desaparezca del mapa político, pues desde entonces gana elecciones y, en la actualidad, gobierna en varios países de la Unión Europea, bien en coalición (Alemania, España) o bien en solitario (Portugal). Lo que sí ha perdido es parte de su esencia como reformista y distribuidora de la renta. Se ha adaptado a las corrientes económicas dominantes y a las tendencias de la economía mundial, caracterizadas por las políticas neoliberales, globalización y hegemonía de las finanzas. La desigualdad ha crecido en los países desarrollados y el mercado de trabajo se ha flexibilizado, con lo que ello significa de un aumento de la precarización. Dentro de este ciclo largo de declive se producen ciclos más cortos que hacen que la izquierda se recupere electoralmente en varias ocasiones, pero ha perdido varias de sus señas de identidad, al tiempo que no ha conseguido evitar los males que esta fase del capitalismo ha traído consigo.

Desde la década de 1980, el ciclo político y económico no es que converjan o diverjan, sino que el político está dominado en gran parte por el económico. Sin embargo, Sánchez-Cuenca, en una obra reciente, El desorden político (Catarata, 2022), señala que las nuevas formaciones políticas que más crecen, entre ellas la derecha nacional populista, no responden a motivaciones económicas. Por las razones que da, cree que los factores económicos pueden haber acelerado ciertas tendencias, pero no son necesariamente las causantes de estas. Una de las razones que proporciona es que algunos casos notables de populismo son, desde luego, previos a la Gran Recesión, que se desencadena en 2008. 

No obstante, considero que si bien esto es cierto,  antes de la recesión ya iban las cosas mal, como la desigualdad, la precariedad y el paro. No creo que las razones del avance de la extrema derecha se puedan explicar solo por razones económicas, pero sí que estas han desempeñado un papel relevante en el malestar de las sociedades de los países desarrollados. De hecho, Olivier Blanchard y Dani Rodrik, en la introducción al libro que ellos coordinan, Combatiendo la desigualdad (Deusto, 2022), ponen de manifiesto lo siguiente: “Una de las conclusiones fundamentales fue que, tras décadas de disminución, la proporción de ingresos del 1% más rico de Europa Occidental y EE UU pasó aproximadamente del 8% en las décadas de 1970 y 1980 al 20% en la actualidad. En 1980, la proporción de ingresos del 50% inferior se mantuvo en el 20% en ambas regiones. A lo largo de las tres décadas y media siguientes, esta cifra se desplomó hasta el 12,5% en EE UU y el 18% en Europa”.

Menos crecimiento, más desigualdad

Se ha tenido en cuenta este proceso de largo plazo, pues considero que un enfoque histórico estructural permite profundizar más en la comprensión de lo que ahora sucede que un planteamiento meramente coyuntural, debido a que los males vienen de lejos. El ciclo económico que comenzó en la década de 1980 y duró hasta 2008 supuso una tendencia creciente hacia la desigualdad, y si no aumentó en la primera década fue porque aún no se habían notado las consecuencias del neoliberalismo en los comienzos de esta nueva fase del desarrollo del capitalismo. En este periodo las economías de los países desarrollados crecieron menos que en el ciclo largo anterior, que fue desde la posguerra hasta la década de 1970. Un crecimiento menor con una desigualdad creciente, mayor precarización en el trabajo, salarios estancados y el fin del pleno empleo van sembrando las semillas del descontento social. Además de la desindustrialización que sufren los países desarrollados con la deslocalización hacia los países de Europa Oriental y, sobre todo, hacia Asia.

Objetos

La crisis financiera que se desencadenó en 2008 fue un cuestionamiento del capitalismo no regulado, sobre todo en este sector. La caída en cadena de bastantes bancos requirió la intervención del Estado para evitar que se fuera hacia el abismo. Las políticas de ajuste puestas en marcha como una salida de la crisis tuvo unos elevados costes sociales que recayeron sobre las clases medias y de ingresos bajos. La desigualdad creció aún más. Las políticas sociales sufrieron recortes. El creciente malestar social favoreció la aparición de nuevos movimientos de protesta que se concretaron en varios casos en partidos políticos: Podemos, En Marche!, Francia Insumisa, Forza Italia, Ciudadanos, Movimiento 5 Estrellas y Vox, por poner algunos ejemplos. Bastantes de ellos tuvieron un auge y un declive rápido, pero los que han ido aumentando su presencia en las instituciones democráticas han sido los de extrema derecha. El voto se ha hecho más volátil en un  periodo de incertidumbre y desconcierto.

Los objetivos principales 

La pandemia de coronavirus llegó en un momento de cierta recuperación económica, pero con un estado del bienestar debilitado y con grandes desigualdades. La respuesta en este caso fue muy diferente de la que se produjo con las políticas de ajuste. La permisividad con el déficit público y los fondos europeos que se arbitraron posibilitaron que no tuviera lugar un derrumbamiento de la economía y que se establecieran unas condiciones que sentaron las bases para la recuperación tras el confinamiento. 

Posteriormente vino la inflación. La economía volvió a sufrir. Se vive en un momento de una economía en tiempos de crisis. En un contexto tan complicado resulta muy difícil saber hasta qué punto la economía influye en las elecciones. 

El resultado de las elecciones autonómicas y locales del 28 de mayo desdice precisamente que la marcha de la economía haya beneficiado al partido gobernante, si realmente se ha votado en clave nacional, como señalan tantos expertos. Dentro de un contexto marcado por tantas dificultades, la economía española marcha razonablemente bien: crece más que la media de la eurozona, se crea empleo que alcanza récords sobre periodos anteriores, se ha logrado mejorar las condiciones de trabajo y se ha ahuyentado el peligro de recesión, que tantos agoreros anunciaban. 

Las medidas tomadas por el Gobierno han sido un acierto, y ahí están sus frutos.  Los ERTE, la subida del salario mínimo, el establecimiento de un ingreso mínimo vital, la reforma laboral y la revalorización de las pensiones han influido en la buena marcha de la economía y han actuado sobre la demanda de un modo positivo. Estos resultados, que nadie había sido capaz de pronosticar, es cierto que se ven nublados con la inflación, sobre todo en los alimentos, aunque ya se ha conseguido frenar la subida e iniciar un descenso. Es  lo que ocurre con el problema de la vivienda, que viene de lejos y tiene un carácter estructural.  

En todo caso, el balance es muy favorable. ¿A qué se ha debido entonces el sentido del voto el 28M? No hay una respuesta única para ello, pero no se puede descartar la intoxicación que bastantes medios de comunicación y redes sociales llevan a cabo con noticias falsas. 

La falta de conciencia de clase, la deseducación y desinformación han resultado más poderosas que el devenir de la economía. Ante tantos despropósitos, la izquierda tiene mucho que decir con proposiciones positivas e iniciar, así ,un nuevo ciclo que responda a las necesidades sociales con el fin de superar las miserias del presente. Las luchas contra el cambio climático, la desigualdad, la pobreza, la defensa del derecho de los refugiados y emigrantes, el construir un parque social de viviendas, el fortalecimiento de la sanidad pública y la investigación deben ser sus principales objetivos.