Las cooperativas avanzan hacia la igualdad de género
El cooperativismo se consolida en España como alternativa para crear empresas, con más entidades, cada vez más pequeñas, que pesan sobre todo en los servicios y se muestran capaces de incorporar a personas trabajadoras con mayor riesgo de exclusión.
Mucho ha llovido desde el peor momento de la crisis financiera, cuyo impacto en España cristalizó en 2013 en un desempleo récord del 26,9% sobre la población activa. Costó años y muchos sudores salir del bache, y la lenta recuperación producida en la década posterior tuvo que encajar, además, el desbarajuste de la pandemia, en 2020. En todo este periodo, a menudo en modo hormiguita, el cooperativismo —en particular, las cooperativas de trabajo asociado (CTA)—, se ha consolidado como un actor resistente del sistema productivo, especialmente en los servicios. No solo ha progresado con su fórmula de autoempleo colectivo con una filosofía distinta de empresa, sino que puede presumir de capacidad para integrar a personas de colectivos que suelen registrar más dificultades de inclusión: los jóvenes y, sobre todo, las mujeres, especialmente las mayores de 55; más aún, en zonas rurales.
El peso de las mujeres entre las personas socias de cooperativas en España ha dado un salto. Si en 2014 representaba, de media, el 36% del total de cooperativistas, ha aumentado hasta suponer el 42% (el 45% en el caso de las cooperativas...