Accede sin límites desde 55 €/año

Suscríbete  o  Inicia sesión

Cambiar el turismo es posible

Administraciones, entidades privadas y organismos internacionales buscan un equilibrio, mientras aumenta la consciencia de que es preciso beneficiar también a la gente de los territorios que reciben a quienes viajan

Comparte
Pertenece a la revista
Julio 2024 / 126
Image
Turismo en Bután

Fotografía
Getty images

Cuando se habla de turismo en positivo, muchas veces se muestran experiencias de pequeños lugares remotos (y generalmente pobres) que han logrado atraer algo de turismo y salvar espacios que de otra manera hubieran quedado abandonados. Pero esos ejemplos de turismo rural, regenerativo, no resuelven las dificultades de las grandes ciudades ni los espacios de sol y playa, que en ciertos momentos estallan para convertirse en ciudades fantasma el resto del año.

Muchos centros de las urbes europeas son un ejemplo de concentración humana. Ya de por sí, sin contar con los turistas, las ciudades han crecido notablemente. Según Naciones Unidas, en 1990, el 43% de la población mundial vivía en zonas urbanas. En 2015, esa proporción había aumentado al 54% y se espera que alcance el 60% para 2030.

A ese crecimiento de la urbanización se suma un turismo de ciudades, que ha venido para agregar presión gracias al abaratamiento del transporte, la globalización y, especialmente, una clase media en crecimiento dentro de las economías avanzadas y emergentes. La gente quiere y puede viajar más. Por eso, según los últimos datos de ONU Turismo, el mundo pasó de 25 millones de llegadas internacionales en 1950 a más de 1.300 millones en 2017. Se prevé que la cifra siga creciendo el 3,3% anual hasta 2030, año en que 1.800 millones de turistas cruzarán fronteras.

¿Cómo se puede gestionar esa cantidad de gente para beneficiar a las poblaciones locales? ¿Hay que poner freno o aprovechar el dinero para proporcionar un mayor bienestar a toda la población?

“Es uno de los mayores desafíos que vemos actualmente en la propia secretaría de Naciones Unidas”, reconoce Sandra Carvão, jefa del Departamento de Inteligencia de Mercados y Competitividad de ONU Turismo. ¿Hay casos de éxito que podamos nombrar? Sí, responde Carvão, pero no pueden ser replicados en todos lados por igual, porque cada uno tiene sus propias características. “La situaciones son complejas. Puedes tener la misma cantidad de turistas en dos destinos y el impacto puede ser totalmente diferente. En uno, tal vez, la infraestructura esté hecha para personas que son solo residentes. Pero luego tienes un número de personas que sabes que residen temporalmente en tu ciudad, y cuando eso pasa, no tienes infraestructura para asumirlo (...). Lo que realmente necesitas entender es: ¿Hay un problema con el destino? ¿Cuál es? ¿Cómo se comporta la gente? ¿Con qué infraestructura se cuenta? El éxito, en cualquier caso, dependerá en gran medida de la gestión de una combinación de datos y conocimiento. Necesitas saber qué está pasando y por qué. Y es muy importante que los destinos pregunten a la gente, porque, de lo contrario, siempre tomaríamos decisiones basadas en suposiciones. Y, a veces, las suposiciones no son la realidad. En muchos casos faltan estudios pormenorizados de la situación”.

Ninguna de las políticas puestas en marcha en los lugares examinados para este reportaje está libre de controversia o de gente descontenta. Pero, para la ONU, es muy importante saber lo que piensa la mayoría. Según el estudio ¿Sobreturismo? Comprender y gestionar el crecimiento del turismo urbano más allá de las percepciones, de ONU Turismo, la investigación realizada entre residentes de ocho ciudades europeas —Ámsterdam, Barcelona, Berlín, Copenhague, Lisboa, Múnich, Salzburgo y Tallin— llegó a la siguiente conclusión: “La mayoría piensa que no debería haber limitaciones para el crecimiento de visitantes, y solo un porcentaje muy pequeño considera que el desarrollo y la comercialización del turismo se debe interrumpir”.

Imagen
Cap de Creus
Parque Natural del Cap de Creus en la actualidad, después de la renaturalización. Foto: Getty

Las cifras vuelven a ser difíciles de interpretar, porque no es lo mismo preguntar a personas que viven en el centro histórico de una ciudad que en barrios alejados.

Capacidad de carga

Uno de los temas principales que mencionan las personas expertas consultadas para este reportaje tiene que ver con la capacidad de carga. ¿Cuántas personas puede asumir un territorio determinado sin arruinar el sitio?

Esteve Dot, profesor de Geografía Económica del ámbito de Turismo y Dirección Hotelera de la UAB, lo explica con una metáfora: “En mi casa caben los que caben. Si somos más de cinco, hay un problema, porque solo tenemos un baño”.

Pero, ¿cómo se gestiona esa entrada a tu casa dejando feliz a todo el mundo? Xandra Troyano, experta en turismo y miembro de la cooperativa de transformación turística Som Turisme, con sede en Figueres (Girona), pone el ejemplo del Cap de Creus, en la Costa Brava: “Se ponía imposible. Llegaban coches y aparcaban en cualquier sitio. Desde hace tres años eso se ha limitado: hay que dejar el coche en Cadaqués y desde ahí salen autobuses que te dejan en el Cap de Creus”.

En Costa Rica, hace ya más de 25 años que es necesario reservar para entrar en algunos lugares. Para hacer la excursión al parque natural Chirripó— con una cima de más de 3.800 metros a la que la gente suele querer subir, quedarse a dormir en el refugio o acampar antes de bajar— tiene una lista de espera de seis meses. Solo puede entrar la cantidad de gente que la naturaleza sea capaz de asumir. Aunque no ha sido así en todas las playas o sitios de Costa Rica, que ha perdido naturaleza a favor de grandes inversiones inmobiliarias.

Uno de los ejemplos de renaturalización puede verse también en la Costa Brava. “El Pla de Tudela es un lugar pequeño dentro del parque natural del Cap de Creus”, explica Xandra Troyano. “El sitio es especialmente interesante porque es precioso y era donde iba Dalí a inspirarse para hacer muchos de sus cuadros más famosos. Durante unas décadas estuvo convertido en un resort del Club Med francés. En un principio, la intención era que la gente estuviera en contacto con la naturaleza. Habían hecho 400 casitas. Y llegó a degenerarse hasta el punto en que había ya una discoteca en un espacio natural tranquilo. El Estado lo compró, lo desmanteló y lo ha renaturalizado. Lo único que se conservó fue un pequeño camino, que sirve para que puedan transitar personas con movilidad reducida”.

Ciudades

Ciudades como Venecia, donde apenas se podía caminar por la calle (la UNESCO amenazó con añadirla a la lista de patrimonios en peligro), están siendo examinadas con lupa. Venecia había intentado antes bajar la cantidad de cruceros que la visitaban, y no fue suficiente. Desde abril pasado, cualquier turista que entre en la ciudad debe pagar cinco euros de tasa. No es lo mismo que Barcelona, que cobra cinco euros por noche de tasa turística. En Venecia, los turistas deben pagar solo por el hecho de entrar, aunque no se queden a dormir. ¿Será suficiente? ¿Deberán aumentar esa tasa? Está por ver.

El ejemplo más extremo de cobro de tasas turísticas es el de Bután, que ha hecho un gran esfuerzo por mantener su cultura y su naturaleza a salvo. El pequeño reino del Himalaya ha subido y bajado la tasa turística varias veces, dependiendo de la oferta y la demanda. Hoy, los turistas que quieran viajar allí tienen que pagar 200 dólares por noche (sin contar el alojamiento). Es una prueba para ver cuánto está dispuesta a pagar la gente y tener una cantidad de turistas que consideran apropiada.

“El caso de Bután es muy particular”, dice Carvão, de ONU Turismo. “No se puede extrapolar a otros sitios porque, entre otras cosas, es un país muy pequeño”. Entre las buenas prácticas identificadas por su organización, pone como ejemplo Ámsterdam. Desde 2009, a través del proyecto Visit Amsterdam, See Holland, parte de la presión turística sobre el centro de la ciudad se está extendiendo a un área más amplia, y se está beneficiando. El proyecto ha recibido el premio Ulises por dar la posibilidad a un número mayor de población de beneficiarse del dinero que llega de fuera.

Combinación de factores

Otra de las dudas, cuando se cobra una tasa turística, es qué se hace con ese dinero. “Es importante que se utilice para mejorar la situación de la gente en el destino”, agrega Carvão. Cada espacio decidirá, según sus propios problemas, a qué quiere destinar el dinero de las tasa turística. Tal vez algún gobierno podría destinarlo a la creación de infraestructuras que mejoren la vida de la gente que recibe al turismo y otro podría  generar una renta básica, como hace Alaska con el petróleo. Pero hasta ahora, en muchos sitios las tasas turísticas solo se utilizan para atraer más turismo.

Los estudios de ONU Turismo concluyen que las políticas de turismo no pueden trabajarse solo desde las oficinas encargadas de gestionar el turismo. Deben coordinarse con las personas responsables de urbanismo, transporte y otros aspectos económicos y sociales de las localidades, ya sean grandes ciudades o pequeños pueblos. Esa cooperación debe incluir diferentes niveles, desde lo nacional hasta los barrios, tomando en cuenta siempre a las comunidades locales, el sector privado y los propios turistas. Esto implica, por descontado, los temas medioambientales.

Para Francisco Rodríguez, responsable de turismo de la consultora Ideas for Change, que trabaja en Fitur Next, hay cada vez más Administraciones preocupadas por cambiar la forma de gestionar el turismo. Pero ¿cómo se convence a un inglés que está cansado de la lluvia diaria de Londres para que se pague un pasaje a España y pase sus vacaciones lejos del sol y playa que anhela? “El cambio es muy lento y muy difícil”, reconoce. “Por eso estamos trabajando en la España despoblada que tiene sed de turismo. Hay 8.000 municipios que si se ponen las pilas pueden ser parte de esa atracción”.

Imagen
Venecia
Calles de Venecia, donde entrar en la ciudad tiene un coste de 5 euros. Foto: Getty

La politóloga Mariana Balestrini, presidenta de la Fundación Yetapá, ONG dedicada a acompañar a las comunidades para tener un turismo sostenible, impulsó junto con otros actores, como parte de una política pública integral, el desarrollo del Gran Parque Iberá un área protegida de 800.000 hectáreas en Corrientes (Argentina). Iberá era una zona muy deprimida y actualmente se ven beneficiados ocho municipios. Balestrini, que hoy reside en Barcelona, considera que también en las grandes ciudades hay recorrido posible y que lo primero que habría que hacer es ir a los barrios y preguntar a la gente si les gustaría recibir turistas. Y luego ayudarles a construir el barrio como destino. “Cuando trabajo en un municipio les doy herramientas para que sean ellos los que se beneficien del turismo, que se organicen ellos y no un extranjero que viene a un barrio o a un pueblo. En la Verneda i la Pau, en Barcelona, por ejemplo, no hay nada de turismo. Sin embargo, la ciudad construyó allí, la mejor biblioteca pública del mundo, la Gabriel García Márquez. Eso es un atractor turístico. Es una oportunidad para que la gente del barrio se organice”.

Lo que dice Balestrini va en concordancia con algunas de las 11 estrategias que recomienda ONU Turismo para gestionar los flujos de visitantes en las zonas urbanas: 

  1. Promover la dispersión de visitantes dentro de la ciudad y más allá 
  2. Promover la dispersión temporal de los visitantes 
  3. Estimular nuevos itinerarios y atractivos 
  4. Revisar y adaptar la regulación 
  5. Mejorar la segmentación de visitantes 
  6. Garantizar que las comunidades locales se beneficien del turismo 
  7. Crear experiencias de ciudad para residentes y visitantes 
  8. Mejorar la infraestructura y las instalaciones de la ciudad 
  9. Comunicar e involucrar a los actores locales y las partes interesadas 
  10. Comunicarse e involucrar a los visitantes 
  11. Establecer medidas de seguimiento y respuesta.

Los destinos ya están trabajando en ello.