Explicar la realidad

  • Junio 2018

    Tal como está analizada la sociedad actualmente, muchas veces no se toma en cuenta el género. Es necesario revisar las estadísticas, los indicadores y los estudios económicos para incluir la perspectiva de género.

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    Los números

    17. Revisar las estadísticas e indicadores con perspectiva de género

    Las formulaciones estadísticas sobre pobreza están basadas en promedios que en muchos casos obvian la perspectiva de género, y que no reflejan la realidad claramente. Como lo reconoce Ángel Belzunegui Eraso, director de la cátedra de Inclusión Social y profesor titular de Sociología de la Universidad Rovira i Virgili, “falta una cierta perspectiva de género en la estadística, cuando la mayor parte de las personas que trabajan los números son hombres”. Por ejemplo, “la mayoría de las instituciones construyen las estadísticas familiares con promedios”, lo que hace que sucedan cosas como que en los resultados de las estadísticas oficiales para España del índice de riesgo de pobreza (AROPE, por sus siglas en inglés: At Risk of Poverty and/or Exclusion) no haya diferencia entre la pobreza masculina y femenina, cuando muchos otros indicadores hacen ver que ellas perciben menores salarios y menores pensiones y que son las que tienen cifras mayores de desempleo.

    Como lo explican Margarita Vega Rapun y Juana Lamote de Grignon Pérez, de la Universidad de Barcelona, en la introducción del estudio Los indicadores de bienestar desde una perspectiva de género en España, “los indicadores de género solo han comenzado a tener presencia de manera muy reciente. A principios de la década de 1980 se empieza a tener en cuenta el impacto que las decisiones políticas estaban teniendo sobre la pobreza y sobre las personas y es entonces cuando se pone en marcha un conjunto de indicadores sociales con el objeto de seguir la evolución en áreas como la salud, la educación y el empleo, entre otros. No obstante, estos indicadores no tuvieron en cuenta las diferencias de género hasta bien iniciada la década de los ochenta, cuando comienza una verdadera preocupación por registrar estas diferencias”.

    Según explican, entonces se comenzaron a pedir indicadores desagregados por sexo y la creación de indicadores específicos que muestren las realidades y las necesidades de ambos sexos. Y en 1995, en la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer, en Pekín, se marcaron las directrices para consolidar la igualdad de oportunidades y se recomendó “la recogida y análisis periódicos de indicadores de bienestar desagregados por sexo con el fin de utilizarlos en la planificación y aplicación de políticas y programas”.

    Hasta hace muy poco los indicadores de género no tenían presencia

    La desagregación por sexo se institucionalizó en la Conferencia de Pekín, en 1995

    Los primeros pasos en la producción de indicadores sensibles al género se produjeron, según las autoras, de la mano de organismos internacionales como el Banco Mundial (BM), la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) y las Naciones Unidas. A partir de 1995 se promovieron indicadores como el Índice de Desarrollo de Género (IDG), que ordenan a los distintos países en función de la situación de desigualdad entre sexos. El IDG España sacó un 53,6 sobre 100 en el último estudio de la Unión Europea de 2015.

    Todavía falta mucho camino por recorrer, tanto en Europa como en el resto del mundo. El propio PIB, con el que se sacan la mayor parte de las conclusiones sobre la salud de las economías del mundo, no incluye la perspectiva de género, en el sentido de que no incluye, entre otras cosas, el trabajo no remunerado. 


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    Estudios de la economía

    18. Revisar los estudios económicos (macro y micro) con perspectiva de género

    Así como en las estadísticas faltan todavía indicadores con perspectiva de género, también evidentemente sucede lo mismo en los estudios económicos. Por ello, las economistas feministas recomiendan una revisión de los estudios, tanto a nivel macro como micro, tomando en cuenta la perspectiva de ambos sexos, y de todos los aspectos que atañen al género.

    Ningún estudio es completo si no se tiene en cuenta la perspectiva de género. Por eso, ya las universidades están revisando las metodologías para que la perspectiva de género sea una realidad en la investigación. 

    El Observatorio de Igualdad de la Universidad Autónoma de Barcelona insiste en que “una investigación ciertamente de calidad debería eliminar los sesgos androcéntricos en su diseño, contenido y resultados, ser socialmente inclusiva y garantizar el equilibrio de género en los equipos de investigación y en todos los niveles de decisión”. 

    La perspectiva de género en la investigación es obligatoria a la hora para presentar propuestas de proyectos de las convocatorias del programa Horizon 2020; y la ley española 14/2011, de 1 de junio, de Ciencia, Tecnología e Investigación expone en su preámbulo la perspectiva de género como innovación científica. La inclusión de la perspectiva de género a través de su incorporación en los contenidos de la investigación científica es también uno de los principios básicos de la Estrategia Española de Ciencia y Tecnología.

    “La perspectiva de género asume que hombres y mujeres no son grupos homogéneos, así que no se restringe únicamente a las dimensiones de sexo-género, sino que incorpora múltiples complejidades que afectan al género, como la clase social, la “raza-etnia”, la edad y otros marcadores de diferencia y de desigualdad. Los puntos principales son: la igualdad de género en la composición de equipos investigadores, el género como una dimensión importante en todas las fases de la investigación (diseño, marco teórico, metodología y técnicas, análisis de datos y publicación de los resultados), el interés y el impacto de la investigación para las personas implicadas como sujetos de la investigación y el dar voz a las experiencias de mujeres y de sectores sociales minorizados, facilitando su empoderamiento social.

     

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    Otra riqueza

    19. Usar alternativas al PIB

    Si están mal las estadísticas, pues es normal que sean erróneos los cálculos de la macroeconomía “porque omiten a la mitad de la población”, como dice Katrine Marçal, jefa de opinión de Aftonbladet, el principal periódico de Suecia, en su libro ¿Quién le hacía la cena a Adam Smith?

    En la misma línea de Marçal, el Instituto Europeo de Igualdad de Género, en su estudio Beneficios económicos de la igualdad de género en la Unión Europea, explica que en las cuentas estándar usadas por las naciones para calcular el PIB “se especifica el sector del hogar, solo incluyendo el consumo, las ganancias y los salarios del empleo formal (...). El valor del trabajo de producción no pagado en el hogar no se encuentra en las cuentas nacionales, a pesar de que estas actividades crean valor y contribuyen al bienestar de individuos y familias”.

    Hace ya mucho tiempo que economistas feministas vienen trabajando con estimaciones económicas alternativas al PIB. En la investigación de la UE calculan que en España el valor del trabajo de cuidados no remunerados representa el 25% del PIB. Los números, y entonces las políticas, podrían ser bien distintas si se asumiera la perspectiva de género.

    Un estudio de la Cámara de Comercio de Barcelona concluye que si se contaran los cuidados, el PIB catalán sería un 23,5% mayor. Y en el Plan para la Justicia de Género que el Ayuntamiento de Barcelona aprobó en 2016 se aboga directamente por colocarlos en el centro mismo de la economía, entendida como actividad “que genera valor social y no solo valor de mercado”.

    Por su parte, la Universidad Pablo de Olavide, en una investigación realizada para la Junta de Andalucía, sostiene que si se contabilizara el trabajo no retribuido habría que añadir 132.200 millones al PIB de la comunidad, que casi se doblaría. Según el estudio, que tuvo en cuenta el salario medio dividido por sexos, las mujeres aportarían 86.700 millones adicionales y los hombres, 45.500.

    “Esta cuantía monetaria nos da una idea del valor que tiene este trabajo tanto para los hogares, en cuanto al ahorro que supone no tener que contratar a trabajadores externos para este servicio, como para los propios individuos, pues este es el salario que dejan de cobrar cada año al ofrecer su trabajo gratuitamente a su unidad familiar; como para el Estado, que se ahorra una parte importante del sostenimiento de las personas a través de la transferencia de esta responsabilidad a las familias, lo cual significa mayoritariamente a las mujeres”, explica el documento.

    A pesar de lo apabullante de estas cifras, que muestran que las mujeres contribuyen casi el doble que los hombres a la riqueza (no contabilizada) de Andalucía, desde la economía feminista se ha visto que incluir los trabajos reproductivos en el PIB no es suficiente para lograr avanzar en igualdad. “No se cambia nada”, apunta la economista feminista Carmen Castro. “¿Qué significa contabilizar los cuidados en el PIB? ¿Al final, quién lo remuneraría? Los estudios recientes hablan directamente de cómo variaría el PIB si se incorporase la igualdad”. 

    En este sentido, una de las investigaciones más amplias realizadas ha sido la de la UE. Propone cinco vías políticas: disminuir la brecha en la educación terciaria en ciencias, tecnologías y matemáticas; incrementar la actividad laboral femenina; disminuir la brecha salarial de género; ampliar la tasa de fertilidad como resultado de una mayor distribución del trabajo no pagado de cuidados, y la combinación de todos estos caminos llevados a cabo al mismo tiempo. Si se hicieran efectivas las políticas demandadas por el Instituto Europeo de Igualdad de Género se generarían para 2050 unos 10,5 millones de empleos más (el 70% llevado a cabo por mujeres), y el PIB per cápita aumentaría cerca del 10%.

    Días como el 8 de marzo, en el que las huelgas feministas tienen cada vez más presencia, son especialmente relevantes para difundir este tipo de realidades.


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    Talento femenino

    20. Remarcar el talento y el liderazgo femeninos 

    La apuesta por la igualdad de género no solo contribuye a construir una sociedad justa y respetuosa. Esta es su motivación principal, pero hay otros argumentos que también empujan a favor de las demandas feministas. Entre ellos, el económico: empoderar a las mujeres es un buen negocio. Si ellas se incorporan más al mercado de trabajo y hubiera más igualdad, esto tendría una traducción económica positiva para el resto de la sociedad, según ONU Mujeres. “Cuando el número de mujeres ocupadas aumenta, las economías crecen”, indican. Según estudios efectuados en países de la OCDE y en algunos países no miembros, el aumento de la participación de las mujeres en la fuerza de trabajo —o una reducción de la disparidad entre la participación de mujeres y hombres en la fuerza laboral— produce un crecimiento económico más rápido.

    Si se tiene en cuenta el género en los estudios, se puede mejorar la política

    No sólo hace falta investigar más, sino difundir los resultados

    Es necesario remarcar el talento femenino, que se ve en las cifras

    “Datos empíricos procedentes de diversos países muestran que incrementar la proporción de los ingresos del hogar controlados por las mujeres, procedentes de lo que ganan ellas mismas o de transferencias de dinero, modifica los patrones de gasto en formas que benefician a hijas e hijos”.
    Pero no es solo eso, sino que el techo de cristal de las mujeres hace que se pierdan talentos. Hay en muchas mujeres, como en muchos hombres, grandes talentos, que pierden las sociedades, los Estados y las empresas, cuando no se tienen en cuenta por puro machismo y prejuicios. 

    Christine Lagarde, directora del Fondo Monetario Internacional (FMI), explica: “la labor realizada por el FMI demuestra claramente que empoderar a las mujeres tiene, efectivamente, un irrefutable sentido económico. Y todos —gobiernos, sector privado e instituciones financieras internacionales— tienen un importante cometido”.

    ¿Por qué? “En reiteradas ocasiones he manifestado que el crecimiento mundial ha sido demasiado bajo durante demasiado tiempo, y que, además, ha beneficiado a demasiado pocos. Algunos países afrontan transiciones, como el ajuste a la reducción de los precios del petróleo; otros se enfrentan a la fuerza inmutable del envejecimiento de la población y sus repercusiones sobre la fuerza laboral y el crecimiento de la productividad”, explica Lagarde. “Las mujeres pueden ser la solución a estos problemas, básicamente por tres razones”. La primera, porque “puede impulsar el crecimiento y reducir la desigualdad (...). Los estudios que hemos llevado a cabo muestran que el incremento de la participación de la mujer en la fuerza laboral puede tener beneficios macroeconómicos significativos. Por ejemplo, si los países de América Latina aumentaran la participación laboral femenina hasta el nivel medio de los países nórdicos (que ronda el 60%), el PIB per cápita podría ser hasta un 10% más alto”.

    La inclusión de género no solo respalda el crecimiento, sino que también es capaz de reducir la desigualdad del ingreso. “Una vez más, nuestros estudios demuestran que pasar de un contexto de desigualdad de género perfecta a uno de igualdad de género perfecta equivale a reducir la desigualdad del ingreso de los niveles de Venezuela a los de Suecia”.

    La segunda razón por la cual el empoderamiento de las mujeres supone un punto de inflexión es que puede contribuir a mitigar los efectos de la baja natalidad en, por ejemplo, las pensiones (las mujeres aportan más impuestos y enriquecen el Estado).

    “En Japón, un incremento de la participación de la mujer en la fuerza laboral que la situase en los niveles del norte de Europa podría impulsar el crecimiento del PIB en hasta 0,4 puntos porcentuales durante los años de transición . Como las tasas de crecimiento de Japón se situarán en torno al 0,5% este año y el próximo, los beneficios económicos pueden ser enormes”, agrega.

    “Las consecuencias de dar empleo a un mayor número de mujeres muy calificadas sobre el crecimiento de la productividad en general podrían ser incluso más significativas: hasta 0,4 puntos porcentuales anuales en Canadá”.

    Por tanto, el acceso de un mayor número de mujeres a la fuerza de trabajo ampliaría la reserva de talento del mercado laboral, impulsando la productividad y el crecimiento.

    La tercera razón por la cual, según Lagarde, una mayor participación económica de la mujer es positiva, es que respalda la diversificación.

    “En los países de bajo ingreso y en desarrollo, pasar de la desigualdad de género perfecta a la igualdad perfecta equivale a pasar de una economía muy poco diversificada a otra con una diversificación de las exportaciones normal. ¿Cómo? Cerrar las brechas de género en educación amplía la reserva de capital humano, que es fundamental para la adopción e innovación tecnológicas. Cerrar las brechas de participación laboral incrementa también la capacidad de un país de crear y ejecutar ideas, algo esencial para la diversificación”.

    La tarea es difundir estas realidades, para que la igualdad sea más efectiva.


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    Violencia económica

    21. Mostrar que hay violencia económica en la dependencia de la mujer al hombre

    Hay otro tema que está oculto en las explicaciones y que es necesario remarcar, y es la violencia económica que hay gracias a la dependencia económica de la mujer al hombre. Hay muchas formas de violencia, y algunas son muy sutiles, tanto que están estandarizadas. El 50% de la población femenina entraría en riesgo de pobreza si viviera sola (frente a un 24% de los hombres —véase el artículo de apertura del Dossier ‘Violencia económica de género’, revista número 53 de Alternativas económicas—).

    La violencia económica de género forma parte de un modelo de sociedad en el que el trabajo de la mujer está tan minusvalorado que tiene un valor menor dentro del sistema monetario laboral, y no tiene ningún valor cuando se trata de trabajo reproductivo. O lo que es peor: un sistema que castiga directamente a las mujeres cuando son madres, tanto en el cómputo de su propia pensión como en la falta de ayuda para su independencia y su integración en el mercado laboral, especialmente en los primeros tres años de vida del bebé.

    Todavía hace falta recorrer un largo camino antes de que esta violencia tenga un freno definitivo. Es un mundo contradictorio e hipócrita. Sin ningún tipo de sonrojo, prácticamente la mitad de los europeos, según el último Eurobarómetro publicado el pasado octubre, consideran que el rol más importante de la mujer es cuidar de los hijos y la familia (por supuesto, sin remuneración ni reconocimiento de ningún tipo, aunque la gran mayoría opina que se debería eliminar la brecha).

    Esa desventaja brutal de la mujer, a nivel económico y del rol que ocupa en el sistema, deriva en una falta de autonomía que hace que ellas estén más sometidas a la hora de tomar decisiones en casa, de cualquier tipo.

    La mujer pierde todo poder de negociación dentro del seno familiar cuando baja su jornada laboral o directamente deja de trabajar. Y el riesgo de sufrir más violencia, ya sea física o psicológica, aumenta. La falta de autonomía puede venir de una aparente buena intención, muy ligada a los valores tradicionales y con un envoltorio que podría parecerse al amor: “No te preocupes por el dinero, simplemente tómate el tiempo para los niños. Somos una familia y ya contamos con mi salario”. Es una trampa en la que, ante un desolador panorama laboral, caen muchas mujeres, sin darse cuenta del enorme peligro que ese dejarse llevar puede acarrear. Amor sería apoyar a la mujer todo lo que el hombre pueda para que ella tenga mayores posibilidades de avanzar y mejorar en su carrera profesional, sin miedo a que la mujer prospere fuera, compartiendo las tareas del hogar de igual a igual, y permitiendo la mayor de las libertades económicas, que son, al fin y al cabo, la libertad de decidir vivir sola o en compañía y elegir a la pareja que se desee.

    Es muy importante explicar que existe y cómo existe la violencia económica. Se debe difundir este tipo de violencia tanto como se difunde que existe violencia física.


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    Igualdad en la educación

    22. Establecer la igualdad en los planes educativos de las escuelas de negocios y en las facultades

    Como explican desde el Observatorio de la Igualdad de la Universidad Autónoma de Barcelona, “en la docencia la perspectiva de género implica revisar los sesgos androcéntricos de nuestras disciplinas y cuestionar los supuestos de género y estereotipos de género ocultos, ya que los procesos de producción del conocimiento no pueden desligarse de la cosmovisión de género”. 

    Es importante que la docencia incluya la perspectiva de género

    Se debe hablar de género en las guías docentes y en los programas

    La perspectiva de género en la docencia implica, según este Observatorio “incluir el conocimiento producido por las mujeres científicas y expertas, frecuentemente invisibilizadas en numerosas disciplinas, así como incluir las perspectivas críticas que desvelan conceptualizaciones androcéntricas”. 

    El análisis de sexo y/o de género, para ser considerados perspectiva de género, deben incluir un análisis que desvele las causas y mecanismos sociales y culturales que sustentan las desigualdades de género. 

    El Tercer Plan de Acción entre Mujeres y Hombres de la UAB (2013-2017) visibiliza y fomenta la perspectiva de género en la docencia. Recomiendan “explicitar la perspectiva de género en las guías docentes y los programas de las asignaturas desde un modelo inclusivo”. 

    Dicho Observatorio ha elaborado la Guía para la perspectiva de género en la docencia como instrumento de apoyo teórico a la introducción de la perspectiva de género en los planes de estudio. El documento también es de utilidad para el profesorado que esté interesado en incorporar la perspectiva de género en su docencia. 

     

    *** Este artículo forma parte del número extra 'Economía feminista' de Alternativas Económicas, que incluye 72 propuestas para incorporar la perspectiva de género a la actividad económica

    Este tipo de perspectiva es importante que sea tenido en cuenta en todas las universidades y también en las escuelas de negocio, donde muchas veces los temas de género ni siquiera están en la agenda.

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