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El neofascismo ya ha ganado: ¿qué hacer?

El triunfo de Giorgia Meloni en Italia sacude las bases de un sistema que ha eludido los debates importantes y hace aún más urgente una alternativa de transformación profunda

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Octubre 2022 / 106
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Hermanos de Italia

Tras la negativa a abordar un análisis honesto sobre la profunda crisis de un modelo de desarrollo —y de los sistemas democráticos que han ligado su destino a ese modelo—, el regreso a una visión del mundo defensiva, supremacista y conservadora no puede sorprender. Pero aún  hay posibilidades de cambio.
El final, esta vez, se sabía. Quien corrió para ganar (la derecha) ganó; quien corrió para perder (Partido Demócrata y posibles aliados), perdió. [En las elecciones del 25 de septiembre, la coalición de derechas sumó el 44% de los votos, liderada por el neofascista Hermanos de Italia con el 26%, mientras que el polo de izquierdas encabezado por el Partido Demócrata sumó  solo el 26,3%.]
 
Todo como era de esperar, en las elecciones políticas más evidentes de la historia reciente, en virtud de un sistema electoral no proporcional y de las opciones antes de la votación. Ahora la palabra la tomarán los politólogos, que revisarán los flujos electorales y los nuevos colores de ciudades y regiones. Y los editorialistas, que, como es habitual, asesorarán la línea política a los distintos líderes de referencia. Entonces asumirá el nuevo gobierno, que se calificará —siguiendo los estándares internacionales— como de extrema derecha, en lugar del modesto y conciliador, además de engañoso, de "centroderecha", como le llaman los medios italianos.
 

¿Guerra? ¿Qué guerra?

 
Luego está todo lo demás. O sea, lo más importante, dado que estas elecciones surrealistas han eludido los temas cruciales del momento y del futuro cercano. Se ha votado en medio de una guerra europea y en los días de su escalada. Nadie en la campaña electoral ha hecho mención realmente a ello. Pero mientras se votaba, en Moscú, Kiev y Washington se discutía, con una ligereza desconcertante, el posible —si no probable— uso de armas nucleares "tácticas" en Ucrania por parte de Vladímir Putin y el tipo de respuesta que Occidente (es decir, EE UU) eventualmente elegirá: ¿una bomba "táctica" en una ciudad o capital rusa? ¿Una bomba no táctica o algo más? 
 
Y mientras fingíamos participar en una competición (que nunca existió), entre el llamado centroderecha y el llamado centroizquierda, se contaban todavía muertos y desaparecidos en las inundaciones de la región de las Marcas (centro-este de Italia). Y se activaban alertas meteorológicas cada vez más alarmantes en el centro del país. Obviamente, sin hablar tampoco seriamente de mitigar los efectos del desastre climático en curso o de la urgente necesidad de reorganizar la vida colectiva para reducir el consumo de energía, suelo y recursos escasos.
 
En definitiva, podemos decir que hemos tenido unas elecciones falsas (por el falso debate de una competencia que nunca se llevó a cabo) y también anacrónicas, pues los temas más acuciantes y cruciales de nuestro tiempo han quedado increíblemente fuera del debate. No es de extrañar, en este contexto, que el número de abstencionistas haya superado la tercera parte de los votantes. Ni tampoco que el éxito de las fuerzas políticas ganadoras remitan al nacionalismo del siglo XX, a la eterna fascinación por el fascismo, a una vocación identitaria cercana al supremacismo blanco estadounidense. Todo esto es el resultado de la progresiva desintegración de la cultura democrática, socialista y antifascista, socavada en su interior —desde hace 30 años— por el advenimiento de la ideología neoliberal.
 

Nuevo espacio político 

 
Algunos politólogos proponen una redefinición del espacio político institucional italiano y europeo, según la cual habría, tal vez, tres polos: una derecha neoliberal nacionalista con vetas supremacistas (la derecha en el poder en Hungría, Polonia y ahora en Italia, el partido de Marine Le Pen en Francia, los neofranquistas de Vox en España); un centro igualmente neoliberal, pero proeuropeo con vetas progresistas en derechos individuales (el partido de Emmanuel Macron en Francia; el binomio SPD-Verdes en Alemania; el llamado centroizquierda en Italia), y, finalmente, una izquierda heredera de las ideas socialistas y abierta al nuevo viento ecologista, con venas populistas (aquí se ubicarían las experiencias de la Francia insumisa de Jean-Luc Mélenchon y los españoles de Podemos, mientras que en Italia se espera una posible evolución del Movimiento 5 estrellas o al menos de su electorado, con nuevas organizaciones por construir).
 
Observado bajo esta lente, el resultado electoral de Italia es, en realidad, más claro y puede sugerir una abstención juvenil y de izquierdas debido a la suma de una campaña electoral fuera de la actualidad y a una propuesta política —como el polo de izquierda— todavía opaco e insuficiente.
 
En un cuadro tan bloqueado, vuelve la pregunta de siempre, la inquietud de quiénes quieren dar sentido a su compromiso civil y político mirando a un horizonte de justicia social y de generaciones futuras. La pregunta es: ¿qué hacer? La respuesta es simple y difícil a la vez. Lo que siempre se ha hecho, pero con más fuerza, con más previsión, con la urgencia que imponen hechos impactantes como la amenaza nuclear, la recesión mundial anunciada, los efectos cada vez más inminentes sobre el desastre climático. Por lo tanto: estudiar, organizar, actuar. 
 
Este es el momento de decisiones radicales. Es hora de cuestionar el modelo de desarrollo y los sistemas políticos que lo sustentan, que se han iniciado —como hemos visto— hacia una regresión iliberal. Es hora de esperar que los aparentes maestros de la historia —potenciales aprendices de brujo— indiquen salidas a la guerra en Ucrania antes de que sea demasiado tarde (siempre hay una salida y es increíble que la diplomacia y las instituciones supranacionales hayan sido apartadas). Es hora de poner la justicia climática, que es también justicia social global, en el centro de la escena, politizando la ola ecológica, que se ha mantenido hasta ahora en la superficie de las cosas. Es hora de comprometerse, de impugnar y de participar. Es hora de organizarse, teniendo como horizonte una transformación profunda de las formas de producir, de consumir, de vivir, de estar juntos y una consecuente transformación igualmente profunda de los sistemas políticos que están resultando ser obsoletos, incapaces de afrontar los desafíos de nuestro tiempo.
 
Es un desafío enorme que no debe asustar: cambiar el rumbo aparentemente ineludible de la historia. Ya sucedió y puede volver a suceder.
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Resultados de la cámara de diputados