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Ariadna Güell: “El uso del tiempo es un asunto político, no individual”

Ariadna Güell es cocoordinadora de la Barcelona Time Use Initiative for a Healthy Society, la asociación europea que promueve el derecho al tiempo. Además asesora al Gobierno de España para dar forma a la futura ley de los usos del tiempo. 

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Diciembre 2022 / 108

Fotografía
Andrea Bosch

La entrevistada llega a la redacción de Alternativas económicas con paso distendido. La organización del tiempo, de eso que llaman oro, es lo suyo. Considera que un buen uso del tiempo es más eficiente y más saludable. Se la ve tranquila, y con esa tranquilidad contesta a las preguntas. 
 
Tener tiempo para tener hijos, hacer ejercicio, ir al médico, meditar, limpiar, cocinar, estudiar, trabajar... ¿Cuántas horas al día se necesitan para eso?
Las horas no las podemos cambiar. Lo que hay que ver es cómo tenemos distribuidas todas estas tareas. Y te has dejado una superimportante: dormir.
 
Clave. Ya ni dormimos.
Es una de las pandemias. Se necesitan de media de 6 a 8 horas. Cada uno debería poder escuchar su cuerpo y decidir cuándo ha dormido bien, cuándo te levantas sin sensación de cansancio, con energía.
 
A veces todo ese estrés de lo que hay que hacer duerme contigo ocho horas.
Todos hacemos eso de estar con la pantalla antes de dormir. Para poder dormir bien es necesario estar a oscuras después de un rato de descanso, un espacio tranquilo para leer, para charlar, de reposo. Cuesta mucho, especialmente con el móvil, la tele... Y hace que nuestra calidad del sueño no sea la que nos gustaría. Tan importante es el tiempo como la preparación que nos ayuda a descansar.
 
Pero en España se cena a las 10 de la noche. Y se almuerza a las dos. 
Eso tiene distintas explicaciones. Una es histórica. Aquí en España, cuando en los años 60 empieza el desarrollismo franquista, la gente, para ganar más dinero, empieza a tener dos o tres trabajos. Y  empieza a hacer una jornada larguísima, con grandes pausas al mediodía. Mucha gente aprovechaba para hacer otro trabajito: llevar los números de una empresa, ir a limpiar una casa, etc. También retrasamos un montón la hora de comer porque juntamos dos o tres jornadas de trabajo. Se instala como normalidad. En España antes de esto seguíamos un horario mucho más alineado [con los demás países europeos]. Esto se junta con el hecho de que estamos en una zona horaria con muchas horas de sol, pero a la vez nos levantamos a la misma hora que otros. Retrasamos todo menos la hora de levantarnos. Conclusión: no dormimos suficiente. Un estudio calcula que los españoles duermen 20 minutos menos que la media europea. Hay que empezar a avanzar los hábitos. Es decir, comer hacia la una y cenar hacia las ocho para tener espacios de reposo antes de dormir.
 
Hábleme de la “pobreza de tiempo”.
Es un concepto que desarrolló Naciones Unidas junto con una universidad americana. Es la idea de que la pobreza es multidimensional de que no solo se mide en dinero. Una de estas dimensiones es la falta de tiempo. Una persona es pobre de tiempo cuando una vez ha hecho todas las cosas que debe hacer por obligación — dormir, comer, la higiene personal, el trabajo y el cuidado de otros...—,  le quedan menos de dos horas del día para sí. Es un factor superimportante a la hora de pensar en políticas para atajar la pobreza, porque si solo piensas en el factor dinero, te estás saltando una parte. Además, esa pobreza de tiempo es claramente femenina y de una determinada clase social. Cuanto más dinero tienes —y especialmente si eres hombre—, de más tiempo dispones para ti mismo. Puedes externalizar muchas de tareas que para otros son obligatorias, como las tareas domésticas. Otra característica de la pobreza es que no se tiene autonomía para decidir cuándo hacer las cosas. Por ejemplo, mujeres que limpian casas y van de una a otra con horas muertas en medio. 
 
El mundo new age habla de aprovechar el tiempo, el ahora, sin tener en cuenta que para mucha gente el tiempo es trabajar y trabajar, porque, si no, no paga el alquiler de una habitación.
El uso del tiempo es un asunto político, no individual. Por eso nosotras apostamos por defender el derecho al tiempo propio como un derecho de ciudadanía. No es que uno deba encontrar tiempo para sí mismo, para meditar... Hay unas condiciones sociales que marcan el poder encontrar este tiempo. Hay una parte de sensibilización, para que la gente sea consciente de que es un problema que trae consecuencias en la salud, en igualdad, productividad y eficiencia. Entre otras cosas, hay que construir infraestructuras que permitan acortar el tiempo dedicado al trabajo. El transporte público es un claro ejemplo de infraestructuras que arreglan esta pobreza de tiempo. Políticas como la de la ciudad de 15 minutos, donde todo puedas hacerlo a menos de 15 minutos de distancia. Eso implica pensar en los servicios, los colegios, el trabajo, etc. 
 
Se está hablando de la jornada de 32 horas. ¿Cómo lo ve?
La reducción de la jornada laboral es la evolución lógica. Lo que hay que asegurar es que esta reducción llegue a las personas que más lo necesitan. 
España fue el primer estado en introducir, por ley, la jornada laboral de ocho horas a todos los sectores laborales (1919). Pero desde entonces la sociedad se ha transformado y el malestar horario vuelve a ser una preocupación. Ahora puede ser el primer país en hacer una Ley de usos del Tiempo.
Pero no se ve que muchas empresas estén por la labor...
Desde las 60 horas que se trabajaban en la Revolución Industrial, sí; estamos a 40. Lo que pasa es que cada vez hay más disparidad de horarios: ya no hay un horario marcado por la agricultura o por industrias fabriles u oficinas. Los riders son un ejemplo. Por otro lado, tenemos la sensación de estar más conectados con el trabajo 24 al día y siete días a la semana. Eso tiene su origen en las herramientas para el teletrabajo, el móvil. Por otro lado, en España somos de los países europeos con una jornada laboral que termina más tarde. Soy partidaria de compactar la jornada laboral antes de reducirla. O sea: empecemos por eliminar estas pausas largas de mediodía. Y flexibilicemos la jornada para que se adecue a cada circunstancia personal. Si tienes hijos, personas mayores, o una afición que requiere estar en un sitio, ser flexibles.
 
¿Esa flexibilidad al final no va en contra de las mujeres? Las encuestas de uso del tiempo ya dicen que las mujeres ponemos mucho más trabajo en la casa.
Cualquier tipo de flexibilidad o cambios en la jornada laboral en general lo toman las mujeres. Es un peligro real. Hay que hacer un trabajo de sensibilización porque, al final, es un cambio cultural.
 
Vamos hacia una sociedad más envejecida, con una crisis de cuidados en puertas. ¿Cómo se puede abordar esa crisis con relación al uso del tiempo? 
En nuestra organización colaboramos con una red de expertas en temas de cuidado. En Alemania, por ejemplo, han hecho unas propuestas muy interesantes: un modelo en el que durante la vida laboral de cualquier persona, esta deba dedicar un tiempo a cuidar de otros de la familia si tiene familiares mayores o niños. O si no tiene ninguna persona dependiente, hacer voluntariado o cuidado de otros, aunque no sean su familia.
Esto serían cuatro años a lo largo de la vida laboral de la persona, de los que tres estarían dedicados al cuidado,y uno a la formación. Han hecho un modelo económico de cómo podría funcionar esto dentro del sistema de Seguridad Social.
 
¿Cómo hará el mundo de los autónomos y las autónomas con estos cambios de usos del tiempo?
No está completamente resuelto. Es indirecto. Si la Administración pública entra en esta dinámica, si las empresas grandes entran en esta dinámica, automáticamente los autónomos ya viven mejor. Si tú tienes un comercio sola, o un restaurante o un bar, o eres obrera de la construcción, y resulta que la persona a la que atiendes llega a casa a las cuatro y media de la tarde en vez de las siete, tu vida ya ha mejorado. Quiere decir también que la gente va a cenar antes, va a  tomar las cañas antes. Es una cadena. La Administración pública puede hacer de tractor porque tiene más facilidad para introducir horarios más racionales. Las grandes corporaciones también.
 
A las medianas empresas, ¿cómo les convence?
Hemos trabajado mucho con patronales que representan a Pymes. Les explicamos que cuando no estamos descansados no somos productivos. Las empresas que han hecho un estudio serio con semanas de cuatro días, reduciendo la jornada, aumentando el tiempo de descanso, para hacer encargos, cuidar de otros, etc., ven un aumento de la productividad. Este es el punto clave.
 
Ustedes tienen los datos concretos.
Tenemos datos de reducción de la jornada, pero también muchos neurobiólogos que han estudiado el sueño. Recientemente el World Economic Forum confirma la relación positiva entre dormir las horas necesarias y ser un país más productivo. Además, dar mejores horarios permite a las empresas retener el talento.
 
Dicen que hay un montón de trabajos que van a desaparecer. Y que eso nos daría más tiempo, pero no está tan claro.
En los años 50 la gran preocupación era: ¿qué haremos con todo este tiempo libre que nos darán las máquinas? Pero ha pasado lo contrario, aunque tuvimos millones de máquinas más. El problema va a ser cómo distribuimos este tiempo. Como sociedad, debemos encontrar la manera de redistribuir las tareas entre todos los grupos sociales.
 
¿Hay algún ejemplo de país que haya llevado a cabo buenas prácticas?
No hay un país solo que lo haga todo bien, sino que cada uno es fuerte en ciertos temas. Por ejemplo, a nivel municipal Barcelona es referente. También varios municipios de Italia y Francia. A nivel de igualdad y corresponsabilidad, probablemente los países nórdicos. También en Latinoamérica está empezando a haber políticas muy interesantes. En Bogotá, por ejemplo, están proveyendo infraestructuras del cuidado que permiten a las cuidadoras un tiempo para ellas y para desarrollarse laboralmente. La semana de cuatro días se ha desarrollado un montón en países anglosajones: en Reino Unido, Nueva Zelanda, Australia,  con experimentos liderados por empresas. 
 
Ustedes tienen una página web en la que recomiendan cientos de buenas prácticas. ¿Podría hablarnos de las tres más destacadas? 
Todas las que tienen que ver con el concepto de proximidad o de la ciudad de 15 minutos. Son sistemas de urbanismo pensados para estar más cerca de la persona, especialmente aplicable a ciudades grandes. Por ejemplo, en Milán han empezado a implementar zonas de coworking de empresas o municipal en los barrios para que la gente no tenga que ir hasta el centro. También es destacable el uso de espacios multidisciplinares: dependiendo de la hora, el mismo espacio se utiliza para una cosa u otra. Así puedes ofrecer ese servicio en este barrio y no hay que moverse a otro. En temas de cuidados, las experiencias más interesantes tienen que ver con la centralización de los servicios. Para las personas cuidadoras, por ejemplo, que tengas espacios de respiro donde puedas dejar durante una hora o dos a quien cuidas para tener este tiempo libre. En el mismo espacio hay formación o acompañamiento psicológico. 
 
¿También tendría que reestructurarse el tiempo en las escuelas?
Nuestro ritmo circadiano varía con la edad. Los niños tienen más capacidad cognitiva por la mañana, y es ahí donde se deberían concentrar las clases más duras. Después de comer hay una bajada. Y la tarde es el momento para hacer deporte. El ritmo cambia en los adolescentes, se vuelven nocturnos. Tenemos un sistema de institutos que hace que se levanten a las siete y entren al cole a las ocho. Y las siete para un adolescente es igual a sueño profundo. Sería ideal acomodar el horario lectivo a ese cambio. Podrían, por ejemplo, entrar a la escuela a las 10. Los padres deberían saber también que si se queda despierto hasta muy tarde es normal. Dicho esto, obviamente, lo ideal sería que compactáramos la jornada, que terminásemos antes.
 
En el Parlamento Europeo se hizo una propuesta para que no se cambie la hora cada temporada, pero quedó paralizada. ¿Qué pasó?
La Comisión aceptó que dejemos de cambiar los relojes. El Parlamento dijo que también. Pero los dos dijeron que cada Estado decidiera en qué hora se quería quedar. Y ahí estamos. No hay un consenso. Para ayudar a tomar una decisión, creamos un grupo de trabajo con algunos de los firmantes de la Declaración de Barcelona en Políticas del Tiempo, expertos en este tema: médicos, cronobiólogos, activistas. Hicimos una propuesta según la evidencia científica sobre cuál sería la mejor zona horaria para cada uno. Aquí lo han avalado la Sociedad del Sueño y la Asociación de Pediatría, porque estos cambios son especialmente fuertes para gente mayor y niños. Buscamos que nuestra hora esté lo más alineada posible con nuestros ritmos circadianos. 
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Ariadna Güell

¿Quién es?

Licenciada en Sociología y con un máster en Políticas Públicas, Ariadna Güell es cocoordinadora de la Barcelona Time Use Initiative for a Healthy Society, la asociación europea que promueve el derecho al tiempo. Además asesora al Gobierno de España para dar forma a la futura ley de los usos del tiempo. Güell tiene un interés tanto personal como profesional en las políticas públicas, con un enfoque especial en la mejora de la eficiencia. Desde 2019 impulsa la implementación de políticas de uso del tiempo a nivel regional, nacional e internacional. Cuenta con más de ocho años de experiencia como consultora del sector público para instituciones españolas e internacionales, entre ellas, Naciones Unidas.