Albert Recio

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    Economista y profesor de la UAB
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    Reabrir los centros productivos implica plantearse el tema del transporte. Ayer las autoridades recomendaban el uso del vehículo privado. Preocupa que la aglomeración en el transporte colectivo reactive la epidemia. La recomendación, por lógica que sea, puede ser otro efecto colateral negativo de la covid-19. 

    Mañana, 14 de abril, es el aniversario de la proclamación de la Segunda República. Este año en mi distrito, en Barcelona, no podemos celebrar la marcha anual que cada año culmina en la plaza de la República, donde está instalada la bella estatua de Viladomat que conmemoraba el evento. Que la estatua esté en Nou Barris, el distrito más pobre de la ciudad, explica mucho sobre cómo funcionan las instituciones. La estatua estaba en algún almacén municipal y nos la mandaron porque era una zona alejada del centro y sabían que la gente activa del distrito la iba a aceptar con alegría. De haberla reinstalado en su lugar original, en el paseo de Gràcia- Diagonal, seguro que habría habido revuelo.

    Entramos en una semana de gran incertidumbre. Hasta hoy el confinamiento parece haber dado frutos: se ha frenado el ritmo de crecimiento de casos y se ha evitado la saturación de las UCI. Era lo que más preocupaba: que una súbita concentración de casos provocara el desmoronamiento de todo el sistema sanitario.

    El debate de hoy es la necesidad de un gran pacto de Estado. Todos los comentaristas han sacado el Pacto de la Moncloa como referente. No hay duda de que estamos ante una situación muy difícil y que vamos de cabeza a una situación económica que puede generar una grave crisis social, con todas las posibilidades de que los problemas ecológicos y el modelo económico vigente generen otras crisis. Sin duda, sería deseable que ante una situación así todas las fuerzas políticas y los agentes sociales se pusieran de acuerdo en adoptar unas medidas que permitieran hacer frente a estos problemas. Pero ni el Pacto de la Moncloa es un buen referente ni es probable que un pacto de estas características se produzca.

    Las palabras no son neutras, están llenas de connotaciones. Y según como se digan las cosas estas adquieren un significado particular.

    Esta semana hemos asistido al rifirrafe europeo para decidir qué tipo de ayuda se concede a los países que van a tener que endeudarse para hacer frente a la crisis sanitaria y sus efectos económicos. Al final la noticia es que se dota un fondo de 540.000 millones de euros. Para alguien no ducho en economía o en cuestiones comunitarias el debate puede resultar esotérico. Si al final llega el dinero, qué más da. Pero la cuestión es más importante de lo que puede parecer a simple vista.

    Hay casi certeza de que el curso escolar está perdido y que los niños no volverán a la escuela hasta septiembre. Otra de las desgracias que ahora no se discuten porque el tema sanitario pasa por delante.

    Los pasaportes han transformado la política de los países ricos. En tiempos en los que las fronteras se han abierto a los movimientos de mercancías y capitales, las fronteras se han cerrado para las personas sin dinero. Los extranjeros pobres provenientes de países extracomunitarios son vistos como un peligro. Sobre el miedo al extranjero se ha centrado el crecimiento de la extrema derecha. Y este supuesto del peligro de ser invadidos ha servido para justificar políticas inhumanas, como el encarcelamiento en CIES, la brutal acción militar en el Mediterráneo, el trato indecoroso a los demandantes de asilo o de papeles. Son políticas que han tenido su complemento social en prácticas xenófobas y racistas.

    Hoy había una convocatoria para colocar sábanas blancas en los balcones en defensa de la sanidad pública. Para una inmensa mayoría de la población, el sistema sanitario público se ha convertido en su mayor motivo de esperanza. Todo el mundo es consciente de que sin buen equipamiento sanitario, sin personas eficientes, abnegadas y, en lo posible, empáticas, estaríamos viviendo un auténtico desastre. Y nos reconforta saber que, a pesar de las limitaciones, esto es así.

    Hay un gran movimiento sobre la tragedia de las residencias. Desamparo, falta de medios, desinformación, contaminación... Es una suma de problemas que se abaten sobre unas personas en estado precario de salud, víctimas propiciatorias del virus.

    Viajar, ir de vacaciones, de fin de semana, es una de las actividades con más atractivo social. El primer día que pasé por el banco tras mi jubilación, el director me preguntó si había planificado hacer unos cuantos viajes. Es lo habitual entre la gente que tiene unos ingresos por encima de la subsistencia. Los pobres no viajan. A lo sumo vuelven de vez en cuando a su pueblo o país de origen. 

    Aun por esperada, la caída de los cotizantes a la Seguridad Social nos da una magnitud de la tragedia. Sobre todo porque no se trata de personas a las que se ha aplicado un ERTE y, por tanto, van a cobrar una modesta pensión mientras dure el confinamiento, sino que lisa y llanamente se han quedado sin contrato. Muchos no cobrarán nada, a menos que se ponga en marcha otro tipo de subsidios, porque no tendrán el tiempo de cotización requerido para cobrar el desempleo. 

    Llevamos días encerrados. Al principio, resignados, con ánimo solidario y espíritu cívico. Pero el paso del tiempo todo lo deteriora y más sin saber ni cuándo acabará ni qué vendrá después. No todo el mundo tiene ni los mismos medios materiales, culturales, sociales ni psicológicos para encarar la situación. Ya empiezan a aparecer informes que hablan de problemas psicológicos. Y uno de los males que acabará por aparecer es la ira.

    En el mar de incertidumbres en el que estamos, hay algo sobre lo que podemos estar bastante seguros: el aumento de la deuda. Especialmente, de la deuda pública generada por una caída de ingresos fiscales y un aumento del gasto público. Es totalmente necesario para impedir que la tragedia se convierta en catástrofe. Endeudarse es, de momento, la única opción realista. Lo malo es que después hay que ver cómo se paga.

    Hace unos días aceptamos la orden gubernamental de aislarnos. Nos adentramos en una experiencia nueva, excepto para religiosos, que no sabemos ni cuándo ni cómo acabará. Vivimos en un mundo de incertidumbre y pensamos que quienes están al mando tienen un plan claro del camino a seguir.

    Hoy me escribe un amigo desde Chile. Allí la epidemia es de momento suave, pero si arrecia será mucho peor. El 90% de la sanidad está privatizada, lo que significa que para la mayoría de la población acceder a una sanidad decente es una entelequia. En Chile empezó el neoliberalismo. En 1973 el golpe de Pinochet contra Allende abrió el primer experimento mundial de privatización de lo público. Lo pilotaron economistas estadounidenses seguidores de Milton Friedman.

    Cada tarde a las ocho estamos convocados a un ritual. De agradecimiento a la gente que está haciendo un sobreesfuerzo y exponiendo más su salud. También para dejar por unos minutos de sentirnos solos. De reconocernos como parte de una comunidad. 

    Juanjo Millás comentaba hoy en el Hoy por hoy que quien está salvando el país es la clase trabajadora. Y que una huelga de ricos no se notaría. Realmente si alguien puede hacer una huelga indefinida sin que tenga ningún efecto social son los ricos. A menos que hagan una huelga de capitales (una evasión masiva de dinero) y obliguen a un nuevo ajuste social.

    Hoy hemos tenido acceso a los datos sobre afectación de la covid en las distintas áreas de salud. Como todo dato estadístico es, a la vez, útil y limitado. Sirve para dar pistas de por dónde van las cosas. En este caso vuelven a confirmar lo que hace años cuentan los especialistas en salud pública. Que la salud va por barrios, y que las desigualdades de renta y salud van de la mano.

    Las élites siempre tratan de hacernos creer que su posición se debe a su superioridad moral, a su mejor comprensión de la realidad. Circunstancias como las que vivimos ponen a prueba su capacidad para demostrar sus méritos y estos días algunos se están empleando a fondo. Son toda esta serie de famosos que anuncian donaciones millonarias y campañas de recogida de fondos.

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