Albert Recio

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    Economista y profesor de la UAB
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    La crisis sirve para hacer evidente cosas que estaban ahí pero que resultaban invisibles para muchos. De golpe se han visualizado los efectos de los recortes sanitarios, las condiciones de muchas residencias, qué tipo de empleos son esenciales para nuestro bienestar... Ni la Casa Real ha podido esconder sus vergüenzas. Y también le ha tocado el turno a la Unión Europea.

    Llevo días preguntándome por el papel que está teniendo la red hospitalaria privada en la epidemia. Las informaciones en los medios solo hablan de sobrecarga en la red pública. Con lo que les gusta a las empresas privadas lucir sus compromisos sociales es sospechoso que no se estén dejando ver. He intentado indagar qué ocurre y he recibido alguna información de que algún hospital público ha empezado a derivar enfermos a centros privados.

    La falta de equipos de protección, de test de detección, de respiradores y de material higiénico se está convirtiendo en un grave problema. Seguramente no hay suficientes materiales y lo fácil es pensar que ha sido una falta de previsión, pero lo interesante es entender por qué ocurre esto. Hacerlo nos permite detectar una de las múltiples fallas del sistema económico.

    Las residencias de ancianos se han convertido en una trampa mortal para muchas personas. Lo que debería ser un espacio de protección se ha convertido en uno de los territorios más peligrosos. Que esto ocurriera era algo previsible dado el modelo asistencial del país.

    Una de las cuestiones más duras en estos días de encierro es la de los enterramientos. Despedir a un ser querido es siempre doloroso. Y los ritos fúnebres ayudan a pasar el primer impacto. Por eso, todas las sociedades cuentan con algún tipo de fórmula que ayude en este paso. Gran parte del poder social de las religiones se sustenta en la capacidad de las iglesias en saber organizar estos ritos. Y por eso es tan importante que la gente laica sea capaz de saber crear ceremonias decentes y emotivas. 

    Esta semana casi todos los comentaristas celebran la vuelta a Keynes y el fin del neoliberalismo en las respuestas económicas a la crisis. Los que tenemos memoria nos suena algo parecido a lo que oímos allá por 2008, cuando “había que refundar el capitalismo”. Esta semana los comentarios venían a raíz de medidas orientadas a proteger a la gente de a pie y salvar el tejido empresarial. 

    La noticia, penosa, del día es que en EE UU estos días lo que más se vende son armas y municiones. Es fácil reírse de los yankees si creen que los virus se matan a tiros (aunque lo de matar bichitos a cañonazos está más extendido de lo que pensamos). Para los de Vox puede ser una noticia decepcionante, si lo comparan con España, donde lo más vendido ha sido el papel de WC.

    Estos días nos recuerdan insistentemente que nos cuidemos. Cada día mucha gente agradece los cuidados que recibe, especialmente de los profesionales de la sanidad. Pero empieza a ser indignante que tanta preocupación por los cuidados no llegue a todas las cuidadoras: las formales, las que trabajan en servicios a domicilio o en residencias, para empresas privadas o subcontratas públicas, y las informales, las que atienden a muchas personas en sus domicilios.

    Hoy se ha hecho público el plan de choque del Gobierno, bastante sensato dada la situación: trata de garantizar rentas a quien pierda el empleo (aunque llevara pocos meses contratado) y aportar financiación a las empresas. Su coste y su viabilidad dependen de algo incierto: cuánto durará la situación. La presunción del Gobierno es no dejar a nadie fuera, pero en las circunstancias actuales es más un buen deseo que una realidad.

    En los últimos meses mi experiencia de activismo ha experimentado una enorme variabilidad de temas: vivienda, contaminación, inseguridad, convivencia, pobreza, derechos de las personas inmigradas, feminismo, etc. Pero en toda esta trayectoria hemos tenido alrededor la presencia de un movimiento social y un discurso monocorde, casi exhaustivo en algunos medios, solo preocupado por la cuestión de la independencia. O lo demás no les interesa o algunos son tan ingenuos que piensan que todo tendría solución con un mero cambio de poder estatal. 

    Para evitar el contagio la medicina aboga por el aislamiento. Técnicamente es consistente. Pero, como ocurre a menudo, una solución temporal da pie a otros problemas. El impacto del encierro afecta de forma muy desigual a la gente. No es lo mismo una casa con gente adulta y dotada con Internet, una buena biblioteca y buena música que un hogar con pocas dotaciones.

    La pandemia obliga a todo el mundo a sacar lo mejor. Estos días abundan los comentarios en la red de apoyo al personal sanitario, que está en primera línea en la lucha por impedir que la epidemia se convierta en tragedia de enormes proporciones. Cuando las cosas van mal nos acordamos que estos servidores públicos, muchos de ellos en condiciones laborales precarias (por cierto: no parece que la privada actúe con la misma dedicación y nadie confía en que el mercado resuelva el problema), reconocemos su esfuerzo y su disposición a trabajar allí donde más peligro hay.

    Los malos datos se han asociado al alza del salario mínimo o al inicio de un periodo recesivo. Conviene hilar más fino.

    Derechos laborales El sistema de externalización dificulta las posibilidades de los trabajadores

    Resolver un paro que afecta al 26% de la población no es ni fácil ni rápido. Especialmente, en un contexto en el que se impide a los gobiernos  utilizar muchos de los mecanismos que podrían empezar a resolver el (...)

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