Albert Recio

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    Economista y profesor de la UAB
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    En tiempos de pandemias proliferan las teorías conspirativas. Las tenemos de todos los colores para consumo de los diferentes bandos. La gente de derechas se apunta a la tesis de Trump de que el virus ha sido una faena china para hundir al imperio del bien. Los chinos sugirieron la tesis contraria: una manipulación norteamericana para hundir el avance tecnológico chino. Se la creen algunos amigos de izquierda con cultura de Tercera Internacional, la que reducía toda la geopolítica a una peli de buenos y malos. Y hasta corre una visión centrista de que todo ha sido un escape involuntario de un centro de investigación.

    Durante el confinamiento las calles han estado vacías. Ahora vuelven a llenarse. Y reencontramos un permanente conflicto por el uso del espacio.

    Hoy he salido a pasear por primera vez en casi dos meses. Confinado en el radio de 1 km. Lo peor del paseo es saber que durante unos días el paisaje será siempre el mismo, un paisaje cotidiano, conocido. Aunque hoy era diferente. La gente con mascarillas da un cierto tono irreal, de distopía, de película de ciencia ficción de mundos indeseables. Hay miedo. En teoría, el enemigo es un virus invisible, pero en la práctica el miedo es al vecino, al potencial portador del mal.

    Llevamos meses adictos a las pantallas. En este confinamiento las pantallas y las telecomunicaciones nos han ayudado a pasar el tiempo y nos han permitido mantener un cierto nivel de relación con gente que estaba lejos.

    Una de las justificaciones más utilizadas de las desigualdades salariales es la productividad. Cobra más quien es más productivo. A los estudiantes de Económicas se les inculca esta idea, pero su base real es más que discutible. Lo es el propio concepto de productividad. La pretendida ciencia económica suele utilizar conceptos vagos que no sirven para trabajar con precisión. Hicks, un importante economista neoclásico, llegó a decir que si para un empresario alguien resultaba molesto (o sea, un o una sindicalista demasiado reivindicativo), esto se tenía que considerar menos productivo. Si un pope utiliza los conceptos con tanta manga ancha podemos temer lo peor de sus discípulos.

    Una jornada devaluada desde hace tiempo. Empezó a hacerlo el franquismo al inventarse lo del San José Obrero para despistar. Quizás sería preferible que no fuera festivo, como el 8 de marzo, que acaba siendo una jornada verdaderamente reivindicativa.

    A pesar del confinamiento, en los barrios han funcionado redes de apoyo solidario, la mayoría construidas a partir de colectivos y personas con experiencia de trabajo vecinal. En algunos casos como una alternativa a la Administración, de la que siempre se recela; en otros, en colaboración. Y en muchas a medio camino. Como en todas las crisis sale lo mejor y lo peor, aunque parece que lo solidario abunda.

    Hoy se han anunciado medidas que anuncian el fin del confinamiento. No de la vuelta a la normalidad, o lo que considerábamos por tal. Sabemos que la pandemia no tiene fecha de caducidad. Al menos hasta que no haya una vacuna segura y que sea accesible a todo el mundo. Por eso, en el mejor de los casos nuestra vida cotidiana estará constreñida por normas diversas.

    Estos días hemos conocido a mucha gente honrada, que haciendo su trabajo, a veces poniendo en peligro su salud, a menudo con salarios bajos y pésimas condiciones, han servido para salvar vidas y permitirnos mantener una cierta normalidad. También nos hemos encontrado con mucha gente dispuesta a echar una mano para ayudar a sus vecinos.

    Estos días vuelve a ser habitual despotricar de los políticos, sugiriendo que su sueldo es un gasto inútil que podría utilizarse para otros fines. Está bastante extendida la idea de que es un colectivo donde abundan los corruptos, los vagos y los farsantes. Quien así opina de buena fe piensa que todo sería más fácil con un Gobierno de técnicos y científicos. 

    Somos el producto de un elaborado proceso de socialización, en el que intervienen diversos actores: familia, escuela, instituciones públicas, religiones, partidos, medios... Todos conspiran para que aceptemos formar parte de alguna tribu y veamos a la gente de otras tribus como inferiores y potencialmente peligrosos. Esta mañana en la Ser un corresponsal comentaba que el Irán de los ayatolás también había decidido suspender ritos religiosos y en caso de necesidad se podía incumplir el ayuno del Ramadán.

    Ante la perspectiva de la vuelta a una cierta normalidad, las fuerzas vivas de la riqueza se están moviendo. Nunca han dejado de hacerlo, pero ahora empiezan a mostrarse en público. En lo más duro del confinamiento les interesaba estar callados o hacerse ver con obras de caridad. Pero ha llegado el momento de tomar posiciones. Lo que van a pedir todos es un rescate: que el Estado les compense por lo que han dejado de ganar.

    Comienza el fin de la hibernación. Los niños, primero. Con los niños se ha jugado otra batalla política. Los que hace 15 días acusaban al Gobierno de irresponsable criminal por no decretar la clausura total de la población esta semana se habían convertido en paladines del recreo infantil. Y el Gobierno, con sus torpezas, les ha echado un capote.

    El día de Sant Jordi en Cataluña es muy particular. Festivo sin dejar de ser laborable. Sorprende la cantidad de gente que cada año pulula por el centro en una sociedad tan fanática con el trabajo. Podría pensarse que hay una huelga no declarada. O sea, un festivo producto de la autogestión y la autonomía individual, quizás un resto del pasado anarquista del movimiento obrero catalán. Una cultura que en muchos casos generaba personas capaces de tomar decisiones y responsabilidades (siempre recuerdo a un amigo de mi padre, obrero del ramo del agua, que iba cada día andando al trabajo porque “era lo único que el régimen franquista le permitía decidir: ir a pie o tomar el tranvía”).

    De golpe, el virus ha alimentado un sentimiento de fragilidad. Las sociedades occidentales se sentían seguras. En los últimos 70 años las guerras han tenido lugar en países externos (aunque el conflicto yugoslavo estaba ahí al lado), la tecnología y los avances científicos nos daban seguridad, aunque ya hacía tiempo que el paro, la precariedad y la vivienda estaban generando grandes espacios de inseguridad. Pero como son cuestiones que afectan a grupos desfavorecidos, para muchos eran preocupaciones lejanas.

    La vacuna es lo que garantizaría el fin de esta pesadilla global. Por desgracia, no es la única pesadilla con la que tenemos de lidiar, pero ahora es la que más nos preocupa, al menos en nuestro espacio de proximidad. A menudo, los medios lo presentan como una especie de competición deportiva, a ver quién es más rápido en lograrla. La mayor parte de estas noticias son engañosas y nos hacen perder de vista lo esencial. En primer lugar, que la vacuna tardará un tiempo.

    La derecha insiste en bajar impuestos para salir de la crisis, que suele ser la medida económica estrella de muchas campañas electorales.

    El Gobierno ha decretado que mientras dure el encierro no se pueden cortar los suministros básicos —agua, luz, gas— por impago. Es una orden lógica para evitar que el encierro, que para mucha gente ha significado una caída vertical de ingresos, se convierta en tragedia. Ahora la patronal del sector exige que se acote esta orden para impedir que con la excusa del encierro haya una fuga masiva de pagos y, por tanto, que se les permita hacer cortes cuando sea necesario.

    Desde el inicio del confinamiento los políticos y los medios han utilizado la imagen de la guerra contra el virus. Una guerra entre el bien y el mal, en la que debemos estar unidos para ganar. Como todas las metáforas, la imagen utilizada tiene alguna similitud con lo que quiere representar. Pero ni es una representación exacta ni deja de tener riesgos utilizarla.Las similitudes son obvias: hay un parte cotidiano de bajas, las informaciones a veces están distorsionadas, los rumores se propagan, se intenta condicionar desde arriba el comportamiento de toda la colectividad, el Estado acepta gastos extra que acabarán en deuda pública, hay sectores expuestos cotidianamente al peligro... 

    Posiblemente nunca tanta gente había estado tan pendiente del parte diario de datos que suministran las autoridades. Al menos, tienen que ver con nuestras vidas, nuestra salud, a diferencia del parte diario de la Bolsa.

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