Ricard Ruiz de Querol

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    Alec MacGillis, colaborador habitual de la agencia de noticias independiente ProPublica, vertebra este relato en torno a las desventuras de personajes forzados a malvivir en un trasfondo sórdido de la actividad digital que no aparece en la propaganda del sector tecnológico. 

    Resistencia: Estamos a tiempo de rechazar el modelo de sociedad digital que trata de imponer el 'establishment' económico y tecnológico.

    Langdon Winner, un lúcido pensador sobre las consecuencias sociales de los avances tecnológicos, constató hace tiempo que "apenas se introduce una nueva invención, alguien se ocupa de proclamarla la salvación de la sociedad libre" (La ballena y el reactor, 2008). En el caso de la inteligencia artificial (IA), Eric Schmidt, ex CEO de Google, va más allá.

    Obstáculos: El descenso de la confianza en las instituciones y la escasa participación ciudadana hacen difícil afrontar retos sociales como el acceso a una vivienda digna.

    Lo que Carissa Véliz defiende en este libro se resume en tres frases: (1) Los datos personales son tóxicos y deberían regularse como tales. (2) Quienes se dedican a la recogida y al mercadeo sin control de información acumulan cuotas inauditas de poder. (3) Lo anterior era inevitable y lo actual, intolerable. 

    Este libro contiene los resultados de una investigación de campo sobre sistemas de ayuda a personas desfavorecidas en EE UU, pero sus conclusiones bien pueden extrapolarse a otros entornos; quizá también a los nuestros.

    Un mensaje a emprendedores y directivos sobre las oportunidades de negocio que traen los cambios tecnológicos.

    El enaltecimiento del mérito casa mal con la solidaridad y las políticas orientadas al bien común.

    El triunfo judicial de Apple e Irlanda sobre la Comisión pone de relieve la necesidad de mejorar la gobernanza del sector tecnológico.

    Lo digital y lo político están cada vez más mezclados. La cuestión a dirimir es si la sociedad tendrá que adaptarse a las condiciones que impongan los gigantes de la red.

    La comunicación digital está siendo como un bote salvavidas durante el confinamiento masivo que ha provocado la covid-19. Los bits han reemplazado a muchos átomos; lo virtual, a lo presencial. Hay quien ya aprovecha la circunstancia para proponer una nueva normalidad basada en lo digital, convirtiendo en normales prácticas adoptadas en el estado de emergencia.

    Refugiarnos en las redes nos hace potencialmente más vulnerables en lo personal y en lo social.

    Dicen que son los momentos de crisis o incertidumbre los que ponen al descubierto las virtudes y carencias de los humanos, los colectivos y las instituciones. Es mucho, pues, lo que podemos aprender observando con una lente de gran angular el desarrollo de la emergencia de la covid-19 desde que China dio la primera señal de alarma el 31 de Diciembre.

    La industria digital está demostrando que es capaz de mantener las redes en funcionamiento en estos momentos de demanda multiplicada, pero al mismo tiempo está presionando para que la regulación de la privacidad se siga posponiendo y los abusos de posición dominante no sean corregidos. De la pandemia saldrá un mundo más digitalizado, pero no resultaría aceptable que eso fuera una imposición ni que los digitalócratas pidan un cheque en blanco.

    La crisis del coronavirus motivará muchas reflexiones sobre lo que debería de ser la new normal, el conjunto de creencias, políticas y prácticas que, en función de lo que hayamos aprendido, servirían para una mejor sociedad post-virus. Propongo, por ejemplo, reconsiderar la valoración de dos conceptos que la industria tecnológica, con el apoyo de sus seguidores y su aparato de propaganda han contribuido mucho a poner de moda últimamente: la exponencialidad y la viralidad.

    Se atribuye a Peter Drucker la afirmación de que hay sólo tres cosas que ocurren espontáneamente en una organización, y por extensión en un colectivo o una sociedad: desorientación, fricción y resultados por debajo de lo esperado. Lo que se espera pues de los líderes, más aún en tiempos difíciles, es que proporcionen orientación, faciliten la resolución de las fricciones y que su actuación produzca los resultados deseados.

    Es cada vez más evidente que la crisis del Covid-19 nos está cambiando la vida hoy y que tendrá consecuencias para el futuro.

    Las empresas socialmente responsables no deberían funcionar con compartimientos estancos. La ley de información no financiera es clave para avanzar.

    Si el impacto de las tecnologías emergentes se asimila al de un tsunami, ¿será porque su efecto destructivo, cuando menos a corto plazo, resulta más verosímil que el de sus beneficios potenciales?

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