Enric González

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    La macroeconomía es un gran juego intelectual cuyas reglas se reducen a una sola: se puede ganar una mano, pero nunca la partida. A largo plazo, todos los jugadores pierden. Incluso el campeón más brillante, John Maynard Keynes, sufrió un revolcón hará cosa de medio siglo.

    ¿Se acuerdan de Silvio Berlusconi? Qué payaso nos parecía, ¿verdad? Cuando irrumpió en el escenario político italiano, hace 20 años, pensamos que se trataba de una anomalía grotesca, generada por un colapso institucional.

    La derecha ecuestre y reconquistadora, también llamada ultraderecha, le tiene ganas al sistema autonómico. Y no son pocos quienes desde la izquierda proclaman abiertamente sus preferencias jacobinas.

    Dice un estudio de la Universidad de Washington que, hacia 2040, los españoles serán los tipos más longevos del planeta. Nacerán con una expectativa de vida de casi 86 años. Mejor no creérselo demasiado, porque ningún estudio es del todo fiable y jamás se cumplió una previsión a tan largo plazo.

    Hay que ir pensando en algún tipo de programa público para curar estas adicciones, porque las víctimas deben sufrir una ansiedad espantosa. La sociedad no puede permanecer impasible ante el problema. Afecta a una minoría, cierto.

    El negocio del miedo siempre ha sido rentable en política. La vía más segura para alcanzar el poder, y mantenerlo, está pavimentada con enemigos inventados o exagerados. El ejemplo más académico es el uso que los nazis hicieron de los judíos como amenaza existencial, pero la lista sería interminable. 

    Devaluación externa o devaluación interna. ¿Se acuerdan? No, probablemente no: hace ya casi 10 años de aquello, para qué acordarse. En realidad, en España nunca existió debate sobre eso. Muy pocos propusieron seriamente abandonar el euro y salir a la intemperie.

    Nos quejábamos, no hace tanto, del dominio que la economía ejercía sobre la política y sobre nuestras vidas. El debate público era fundamentalmente económico.

    El libro Océano África, de Xavier Aldekoa, es ya un clásico. El reportero viaja por el continente y lo retrata tal como es, sin tópicos ni cursilerías. Algunos pasajes son terribles. El del gigantesco campo de refugiados de Dadaab, por ejemplo, creado en Kenia para acoger a los fugitivos de Somalia, es uno de ellos.

    Hay que tener mucho cuidado con la inmigración. No porque sea mala en sí: la experiencia y la razón nos dicen que, en general, es buena para la economía y para la sociedad. Pero tiene efectos secundarios.

    Lo urgente, es bien sabido, va antes que lo importante. Cuando a uno se le queman las empanadillas está por las empanadillas, no por los imperativos kantianos o por el cambio climático, aunque mientras bracee en la humareda sea perfectamente consciente de que la ética y el planeta tienen muchísima más relevancia que la fritanga en la sartén.

    Casi todos los desastres humanos nacen con buena intención. Fijémonos en el coche eléctrico, por ejemplo. Es silencioso y no contamina. Casi todos los fabricantes preparan el salto a la electricidad. Nuestras ciudades serán más limpias y tranquilas. Está bien, ¿no?

    Los sistemas económicos enloquecen antes de morir. Ocurre siempre.

    Estoy mirando un billete de 10 euros. Lo que veo es el dibujo de un puente de tres arcos, el dibujo de un pórtico, delicadas filigranas y transparencias, varios dieces muy visibles, la palabra euro y las siglas BCE en tres alfabetos, un número de serie, un año de emisión (2014), una banderita europea y la firma de un tal M. Draghi.

    En esta revista nos afanamos en servir a los lectores. Para que sepan en qué año se meten, anticipamos algunas noticias del año 2018.

    En España, y en otros países europeos, ciertos gremios han perdido mucho empleo y mucho fuelle. Se me ocurren, como ejemplos, los sectores de la confección textil, las academias de rigodón, el alquiler de vídeos, la cría de burros o la prensa, por citar sólo algunos. 

    A las personas nos gusta creer que la vida es comprensible. Y si la vida no lo es (y no lo es), nos empeñamos en que la historia, ese desorden cotidiano que los años transforman en relato, sí ha de serlo.

    Hace ya diez años que lo descubrimos: vivíamos, gastábamos y nos tocábamos las narices muy por encima de nuestras posibilidades. Hemos pagado aquella juerga inenarrable (que a mí se me pasó trabajando, pero que ustedes seguramente disfrutaron mucho) con una devaluación salarial y una precariedad que nos teníamos bien merecida.

    Quizá hayan visto alguna pintada contra los turistas. Habrán oído hablar de ellas, en cualquier caso. Lo esencial de esa campaña es que no se dirige contra quienes se alojan en hoteles de cinco estrellas y comen en restaurantes de lujo, sino contra quienes alquilan pisos por días.

    A veces me pregunto para qué sirven los bancos. Me refiero a la banca comercial, esa que tiene oficinas en cada esquina. Mis dudas no están relacionadas con los 60.000 millones del rescate que pagaremos durante generaciones, aunque facturas como esa hacen pensar con la función que desempeñan.

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