Enric González

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    En España, y en otros países europeos, ciertos gremios han perdido mucho empleo y mucho fuelle. Se me ocurren, como ejemplos, los sectores de la confección textil, las academias de rigodón, el alquiler de vídeos, la cría de burros o la prensa, por citar sólo algunos. 

    A las personas nos gusta creer que la vida es comprensible. Y si la vida no lo es (y no lo es), nos empeñamos en que la historia, ese desorden cotidiano que los años transforman en relato, sí ha de serlo.

    Hace ya diez años que lo descubrimos: vivíamos, gastábamos y nos tocábamos las narices muy por encima de nuestras posibilidades. Hemos pagado aquella juerga inenarrable (que a mí se me pasó trabajando, pero que ustedes seguramente disfrutaron mucho) con una devaluación salarial y una precariedad que nos teníamos bien merecida.

    Quizá hayan visto alguna pintada contra los turistas. Habrán oído hablar de ellas, en cualquier caso. Lo esencial de esa campaña es que no se dirige contra quienes se alojan en hoteles de cinco estrellas y comen en restaurantes de lujo, sino contra quienes alquilan pisos por días.

    A veces me pregunto para qué sirven los bancos. Me refiero a la banca comercial, esa que tiene oficinas en cada esquina. Mis dudas no están relacionadas con los 60.000 millones del rescate que pagaremos durante generaciones, aunque facturas como esa hacen pensar con la función que desempeñan.

    A estas alturas, casi todo el mundo es consciente de que el drama económico europeo surge de una simple palabra: schuld. En alemán, ‘deuda’ es schuld. Y ‘culpa’ es también schuld

    Ser de izquierdas siempre tuvo sus complicaciones. Hubo una época en que la militancia comunista parecía fácil: consistía en obedecer al partido, que a su vez obedecía al mandato inexorable de la historia. Qué cosas.

    Benoît Hamon, el candidato socialista a la presidencia de Francia, propone un subsidio universal para todos los ciudadanos. Los sondeos le auguran un descalabro en las urnas, pero al menos plantea la única idea nueva de una campaña electoral descorazonadora. 

    El lector recuerda, seguramente, la película La vida de Brian y el vigor ideológico del Frente Popular de Judea: “Vale, pero aparte de la limpieza, la medicina, la educación, el vino, el orden público, la irrigación, las carreteras, el agua potable y la sanidad, ¿qué han hecho los romanos por nosotros?”.

    La religión y su alternativa laica, la moral (que viene a ser una religión desprovista de rango apocalíptico), son fundamentales en algo tan prosaico como la economía. A estas alturas sabemos ya que Max Weber tenía razón en general y que el capitalismo moderno es fruto de la reforma protestante.

    La economía aspira a ser una ciencia. Los economistas dicen que lo es porque en sus manuales hay muchas fórmulas matemáticas. Podría discutirse sobre el asunto. Lo que no admite discusión alguna es la calidad artística de la política económica. 

    Esta temporada se habla mucho de las cosas británicas, generalmente para criticarlas. Lo que ocurre parece feo. A veces lo es. El referéndum, la retirada de la Unión Europea, los episodios de xenofobia y cierto auge del borrachuzo nacionalista que grita, pinta en mano, himnos patrióticos y obscenidades se mezclan en una estampa poco reconfortante.

    La palabra titulización es cada vez más frecuente en la jerga financiera. Y tal vez quede alguien que no haya pillado aún el concepto. Intentaremos explicar en qué consiste la titulización y para qué sirve, porque la información es útil: el banco nos va a engañar de todas formas, pero al menos sabremos por dónde nos la han metido.

    Richard Feynman fue uno de los grandes patriarcas de la física teórica en el siglo XX. Sobre otras cosas sabía más o menos lo que todo el mundo, es decir, poco, pero los puntos de vista de un cerebro privilegiado siempre resultan interesantes.

    La economía es ciencia y es ficción. Más ficción que ciencia, a veces. ¿Quieren ejemplos? Muchísima gente considera que si Adolf Hitler se hubiera retirado en 1939, antes de la guerra y el genocidio, sería aún hoy el mayor héroe de Alemania. 

    Hace tiempo hablamos aquí de la prima de riesgo. Se trata de un concepto fácil: cuanto más pobre o endeudado está alguien, más caro se le presta el dinero. El acreedor trata de compensar con unos intereses altos el peligro de no recuperar el crédito. La cosa tiene su lógica.

    Pensemos, por una vez, en grande. En los mismos términos que propone Sapiens, de Yuval Noah Harari, un libro extremadamente interesante. ¿Cuál es el objetivo primordial de nuestra especie? Suele decirse que la reproducción y la perpetuación. Pero no. 

    Dentro de una disciplina tan errática y subjetiva como la economía, el elemento menos predecible es el humano. Aunque son las personas, con su talento y sus mitos religiosos y culturales, las que fabrican (o destruyen) los sistemas sociales, la riqueza y el bienestar, nunca es posible adivinar qué tipo de gente le conviene a un país.

    La libertad y la justicia nos parecen, en general, valores absolutamente positivos y complementarios. Pero, puestos en práctica, no son ni lo uno ni lo otro. La práctica es la economía, un terreno mundano y bastante lioso en el que los conceptos abstractos sirven de poco. Veamos. 

    La economía es considerada una ciencia. Pero no se me alarmen: incluso el periodismo y la publicidad han llegado a ser calificados, universitariamente, como Ciencias de la Información. La economía es tan científica como la política o la sociología. 

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