Enric González

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    Algo de razón tiene, creo, Fintan O'Toole. En su libro Un fracaso heroico sostiene que la razón última del brexit es una crisis de autocompasión. Los ingleses (no cabe hablar de los británicos, porque tanto escoceses como norirlandeses votaron a favor de quedarse en la Unión Europea) se sienten víctimas y se refocilan en el sentimiento.

    Las grandes crisis económicas generan una asombrosa onda expansiva. Aunque a veces exageramos y atribuimos al Crac de 1929 casi todas las desgracias inmediatamente posteriores (Benito Mussolini había llegado ya al poder en 1922 y su copia barata en España, Miguel Primo de Rivera, gobernaba desde 1923), es cierto que el colapso del comercio internacional tuvo consecuencias horribles.

    Somos gente crédula. Han conseguido convencernos de que cuando los más ricos tienen que pagar muchos impuestos, los ricos se fugan del país. Y dejan de invertir. Y se frena la creación de riqueza. Y todo se va al garete.

    El planeta está lleno de bronca. De Hong Kong a Santiago de Chile, de Bogotá a Hong Kong, de La Paz a Bagdad, millones de manifestantes chocan contra las policías antidisturbios.

    Conversé con el alcalde de una importante ciudad latinoamericana. Era rico, conservador e inteligente y llevaba años esforzándose por sanear los miserables asentamientos urbanos bajo su jurisdicción. Había construido alcantarillas, había asfaltado, había instalado escuelas públicas y había invertido gran parte de su presupuesto en un segmento de la población que raramente vota a la derecha.

    En abril de 1815 el volcán Tambora, situado en la actual Indonesia, reventó literalmente: fue la mayor erupción en casi 20 siglos. Las cenizas que arrojó hacia los niveles altos de la atmósfera circularon en torno al planeta, lo protegieron del Sol e hicieron que 1816 fuera el famoso año sin verano.

    Llevamos ya mucho tiempo dándole vueltas al asunto del populismo. No es un fenómeno nuevo, por supuesto. Ni es fácilmente definible, porque lo hay de todos los colores y cataduras. Para discernir en qué consiste resulta útil un proceso de eliminación.

    Nos hemos habituado a eso que llamamos “cumbres”. Dirigentes políticos más o menos poderosos se reúnen en algún  lugar para ponerse de acuerdo en tal asunto o tal otro. Damos por supuesto que cada uno de ellos acude con un objetivo o una idea e intenta convencer a los demás.

    Raramente se puede ver el cometa Halley más de una vez en la vida, porque su órbita alrededor del Sol dura unos 75 años. Mucho más insólito es asistir al relevo de un imperio planetario. La humanidad ha contemplado este fenómeno solo  tres veces: al final del siglo XVI (declive del imperio español), al final del XVII (declive del imperio de las provincias holandesas) y a principios del XX (declive del Imperio británico).

    Las hegemonías ideológicas, o culturales, concluyen a veces con una gran traca final, como las fiestas de los pueblos. Quizá no recordamos tanto como debiéramos la verbena de furor y violencia con que terminaron esos años (1945-1973) que en muchos países fueron calificados de gloriosos y que en España, que llevaba cambiado el paso de la historia, resultaron bastante miserables.

    La macroeconomía es un gran juego intelectual cuyas reglas se reducen a una sola: se puede ganar una mano, pero nunca la partida. A largo plazo, todos los jugadores pierden. Incluso el campeón más brillante, John Maynard Keynes, sufrió un revolcón hará cosa de medio siglo.

    ¿Se acuerdan de Silvio Berlusconi? Qué payaso nos parecía, ¿verdad? Cuando irrumpió en el escenario político italiano, hace 20 años, pensamos que se trataba de una anomalía grotesca, generada por un colapso institucional.

    La derecha ecuestre y reconquistadora, también llamada ultraderecha, le tiene ganas al sistema autonómico. Y no son pocos quienes desde la izquierda proclaman abiertamente sus preferencias jacobinas.

    Dice un estudio de la Universidad de Washington que, hacia 2040, los españoles serán los tipos más longevos del planeta. Nacerán con una expectativa de vida de casi 86 años. Mejor no creérselo demasiado, porque ningún estudio es del todo fiable y jamás se cumplió una previsión a tan largo plazo.

    Hay que ir pensando en algún tipo de programa público para curar estas adicciones, porque las víctimas deben sufrir una ansiedad espantosa. La sociedad no puede permanecer impasible ante el problema. Afecta a una minoría, cierto.

    El negocio del miedo siempre ha sido rentable en política. La vía más segura para alcanzar el poder, y mantenerlo, está pavimentada con enemigos inventados o exagerados. El ejemplo más académico es el uso que los nazis hicieron de los judíos como amenaza existencial, pero la lista sería interminable. 

    Devaluación externa o devaluación interna. ¿Se acuerdan? No, probablemente no: hace ya casi 10 años de aquello, para qué acordarse. En realidad, en España nunca existió debate sobre eso. Muy pocos propusieron seriamente abandonar el euro y salir a la intemperie.

    Nos quejábamos, no hace tanto, del dominio que la economía ejercía sobre la política y sobre nuestras vidas. El debate público era fundamentalmente económico.

    El libro Océano África, de Xavier Aldekoa, es ya un clásico. El reportero viaja por el continente y lo retrata tal como es, sin tópicos ni cursilerías. Algunos pasajes son terribles. El del gigantesco campo de refugiados de Dadaab, por ejemplo, creado en Kenia para acoger a los fugitivos de Somalia, es uno de ellos.

    Hay que tener mucho cuidado con la inmigración. No porque sea mala en sí: la experiencia y la razón nos dicen que, en general, es buena para la economía y para la sociedad. Pero tiene efectos secundarios.

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